domingo, 28 de diciembre de 2008

ARENA SILENCIOSA


Para Nébula, hoy, 28 de diciembre



Una ola hambrienta,
una sola y la misma desde el instante primero,
lame arenas doradas, silenciosas.

Una ráfaga más, ni una menos,
compone esa eternidad sin tiempo.
Un estío más, siempre uno más,
es la prueba de la inmortalidad del cuerpo.

La arena yace queda
bajo el abrazo patético de aquel mar,
dinosaurio herido de muerte
que gime, que quiere amar por última vez, matar,
todo menos quedarse solo.

La vida late con los astros, allá arriba,
en íntima consumación o agonía;
todo excepto esa estela callada de arena
que ya contemplaba las estrellas cuando no tenían un nombre.

Acaso un pálido bostezo
o una sutil reverberación ante el ocaso
os hagan esperar una palabra, un gesto;
pero pasa y es sólo un espejismo.

domingo, 21 de diciembre de 2008

MÚSICA CON HISTORIA (5)

FRÉDÉRIC CHOPIN
Estudio op. 10, número 3, en Mi mayor ("Tristesse")

Los Estudios son piezas musicales de marcado carácter pedagógico. O eso eran hasta que el mundo conoció a Chopin.

"Tristesse" es un buen ejemplo de cómo una pieza sin otra pretensión aparente que servir como ejercicio de carácter técnico para los estudiantes de piano puede convertirse en una auténtica obra maestra.

Chopin tenía 23 años cuando compuso los Estudios que integran el opus 10. Los dedicó a otra figura culminante del romanticismo musical e igualmente virtuoso del piano: Franz Liszt.

Valentina Igoshina. Vosotros sabéis.




domingo, 14 de diciembre de 2008

MÚSICA CON HISTORIA (4)

CAMILLE SAINT-SAËNS
"El cisne"

Además de una de las más destacadas figuras de la música francesa, Camille Saint-Saëns, nacido en el Barrio Latino de París en 1835, fue un espíritu inquieto y lleno de curiosidad por el mundo que le rodeaba. Gran viajero, interesado por la filosofía, la geología, la botánica, la astronomía, la matemática, la arqueología, escribió buen número de tratados sobre algunas de estas materias y partició en doctas discusiones con renombrados científicos del momento.

Un bello ejemplo de ese talante humanista e integrador, son los conciertos que Saint-Saëns programó coincidiendo con determinados acontecimientos astronómicos.

Tan importante como su aportación creativa fue su labor como pedagogo o su apoyo a las tendencias musicales que luchaban por abrirse camino en la Europa de las postrimerías del siglo XIX.

Niño prodigio, virtuoso, organista en la Madeleine, genial improvisador, Saint-Saëns suele ser etiquetado, no sin cierta mala intención, como "ecléctico" y "academicista", y lo es sin duda. Demasiado apasionado por la música para renunciar a ninguna tendencia, domina los aspectos y recursos técnicos con un innegable virtuosismo.

Murió en Argel en 1921. Trasladados sus restos a París, el día de Nochebuena se celebraron funerales de estado en la Madeleine. Dónde si no. Descansa en Montparnasse. ¿Puede pedirse más?

"El cisne" es una bellísima composición que forma parte de "El carnaval de los animales", compuesto en 1886. Pocas explicaciones precisa esta elegante, melancólica y dulcísima página que es, naturalmente, un adiós a la vida lleno de poesía y ternura.


viernes, 12 de diciembre de 2008

PACO EL BÁRBARO


El hombre había llegado desde su lejano país envuelto en una niebla densa y fría. Tanto le impresionó mi hospitalidad, que lloraba de alegría mientras la tía Ángela servía a regañadientes el chocolate. Las tazas humeaban y él, no habituado al hirviente brebaje, lo engulló de un trago. Dos lágrimas gruesas asomaron a sus ojos y un humillo nubló su vista. La tía Ángela protestaba porque el extranjero había estropeado su merienda. Para ella, el chocolate de la tarde tenía algo de oficio religioso.

—Pero, pedazo de buey, ¿a quién se le ocurre? ¿Acaso crees que mi chocolate es jarra de cerveza para echar al gaznate pronto y mal? ¿Eso os enseñan en vuestra tierra? Mi chocolate es un manjar que se saborea despacio, no a lo bruto, como beben las bestias en los charcos del camino.

Yo no podía contener la risa ante la tribulación del hombre y el enojo de tía Ángela. Al poco rato las aguas habían vuelto a su cauce.

Se llamaba Franz. Lo había conocido en la oficina de correos, una mañana de diciembre, y pronto nos hicimos amigos inseparables. Había venido desde su pueblecito de Baviera detrás de un sueño. El buen hombre, mocetón alto, rubio y con una cara sonrosada como culito de ángel, estaba hastiado de una pertinaz soltería y decidió buscar novia. Para su desgracia, vio en una revista de modas el retrato de una cupletista española vestida de reina de Egipto. Tanto le impresionó su altiva belleza, que tomó la decisión de buscar una mujer así para acabar con su cansina soledad.

El dueño del diario local sugirió que insertara un anuncio en alguna revista española de sociedad, asunto para el que brindó su colaboración. Al cabo de poco tiempo, Franz recibía carta mensual de una señorita llamada Justina Rodríguez de Mayoral, a la sazón sobrina de Dionisio el sereno, hombre de pocas palabras y versado en astronomía. El viejo, único pariente de la chica, era su tutor desde que los padres de aquélla murieran en un bombardeo, en los comienzos de la guerra.

Justina mantuvo en secreto la correspondencia mientras pudo, que no fue mucho, porque la cosa no era fácil de ocultar. El tío Dionisio se enfadó al principio, aunque supuso que sólo se trataba de un inocente pasatiempo. Lo que no sabía, demasiado ocupado en contemplar las estrellas, es que la niña había adquirido una notable virtud en el ejercicio de la correspondencia erótica. Franz me mostró algunas cartas de Justina, y en verdad eran para ruborizar a busconas y sacristanes.

A falta de una prosa calenturienta bruscamente interrumpida, el bávaro resolvió trocar la relación epistolar en contacto carnal, si ello era posible, y un buen día amaneció en la estación del ferrocarril del pueblo con su carita sonrosada y sus rizos dorados de bebé grande. Aunque Dionisio era hombre de ánimo pacífico, hubo que sujetarlo entre cuatro para que no hiciera una salvajada. Juraba en voz alta por todas las galaxias del firmamento, por la Osa Mayor y por los agujeros negros, que mataría al infiel hijo de Lutero, que se había figurado que todo el monte era orégano, decía, tan sólo porque la niña le había enviado en mala hora un inocente billete de salutación. No era tan inocente el billete, como queda dicho, pero Dionisio así lo creía o quería creerlo. Tras encerrar a Justina a cal y canto, amenazó al alemán con deslomarlo a la primera ocasión.

Pronto había de convertirse en un personaje popular. Alguien, no sin sorna, castellanizó su nombre y lo adornó con el gentilicio: así Franz pasó a llamarse Paco el Bávaro, y de ahí lo de Paco el Bárbaro, que es como se le recordaría para siempre.

Ante la rotunda negativa de Dionisio a aceptar el noviazgo, el temperamento tímido y los melancólicos humores del pretendiente hicieron de él un barco a la deriva. Los hombres le invitaban en la taberna a cambio de que, en su rudimentario español, les deleitara con sus cuitas de amor. Las mujeres suspiraban sin disimulo por un hombre tan apuesto y refinado. Alguna incluso le ofreció el consuelo de su pecho para remediar sus desvelos, pero él era hombre de principios.

Yo resolví acogerlo en mi casa porque me inspiraba lástima su desolación de chucho extraviado y sin amo. La tía Ángela no compartía mis simpatías. Decía que un gigante como Paco el Bárbaro no podía tener una piel tan suave y sonrosada sin ser ánima pecaminosa. También opinaba que eso de enamorarse por carta no era cosa de cristianos, sino de libertinos que ultrajaban a Cristo invirtiendo los crucifijos y hacían mofa de Nuestra Señora. Tuve que amonestarla con firmeza por su insolencia, pero Paco el Bárbaro me advertía que a él se le daba un ardite y que era mejor ignorar los comentarios de fámula tan lenguaraz.

Al cabo de algunos meses, el alemán había aprendido a distraer su pena componiendo hermosas romanzas que entonaba acompañándose de un viejo laúd. Eran tan delicadas, tan dulces, que hasta los geranios del patio se ponían mustios en sus tiestos. Esta circunstancia acrecentaba si cabe el rencor de tía Ángela. La pobre vieja sustituyó los arruinados geranios por claveles, luego los claveles por violetas y más tarde por albahaca. Pero todas las plantas languidecían y morían de amor hasta que al final la tía Ángela tiró todos los tiestos porque estaba harta, decía, de ver secarse sus flores por culpa de aquel sonsonete impío y fétido como pedo de bruja impenitente. Pero lo cierto es que hasta los transeúntes se detenían enmedio de la calle a escuchar la quejumbrosa solfa del enamorado.

Otros ratos los pasábamos jugando a los naipes. Paco el Bárbaro tenía una condenada habilidad para los juegos de baraja, aunque siempre se negó a mediar apuestas. Así transcurrieron las semanas y los meses. Iba ya para un año que el extranjero esperaba inútilmente un cambio de actitud en el tutor de Justina. Ni el tiempo, ni las lágrimas del mocetón, ni las baladas de amor, ni las cestitas de pasas que Dionisio recibía cada semana con una puntualidad enervante, habían conseguido ablandar el durísimo corazón del sereno. La joven, por su parte, pasaba sus mustias horas en compañía de un lindo jilguero, único testigo de su vedada hermosura y protagonista de muchas romanzas de Paco el Bárbaro.

Fue al cumplirse el aniversario de su llegada cuando la piel suave y sonrosada del enamorado empezó a adquirir una tonalidad verdosa. Al principio pensé que tenía ojeras a causa del poco dormir y el mucho soñar, pero pronto advertí que un tono verde oliváceo sombreaba su bello rostro de arcángel. Por aquellos días adquirió la costumbre de imitar el canto de los pájaros. La perfección con que lo hacía, unida al tono verdoso de la faz, llevaron a la tía Ángela a propalar por el pueblo el insensato infundio de que el pobre infeliz estaba poseído y que podía mover los objetos desde lejos, que por las noches acudía a visitarlo y a yacer con él en singular cópula una diablesa que tomaba el aspecto de Justina, que tanto refocilarse con infernales criaturas era lo que lo tenía verde como una lechuga y cantarín como cuco en celo. Pero por esa época ya nadie escuchaba las venenosas consejas de la anciana.

Ocurrió una tarde de abril. Paco el Bárbaro y yo jugábamos una partida de naipes. Yo sostenía en mis manos un as de espadas que debía ayudarme a vencer a mi hábil contrincante. Pero cuando el as viajaba en busca del tapete, se oyó un tumulto de voces en la casa y un grupo de vecinos penetró en el patio en tropel gritando:

—¡El viejo Dionisio ha muerto! ¡El viejo Dionisio ha muerto!

Cuando se hubieron calmado, explicaron que el cruel tutor había fallecido inesperadamente mientras tomaba su habitual café de cebada de la tarde. Al parecer se le había torcido la boca en una mueca burlona y se había desplomado de la silla como un pesado fardo. Justina reaccionó con admirable serenidad. Sin un sollozo, sin un ruido, cargó con el cuerpo de su tío hasta el dormitorio, lo acostó e incluso lo amortajó antes de avisar a nadie. El médico confirmó que había sido un ataque al corazón. Todos elogiaban la entereza de la muchacha. En los ojos de Paco el Bárbaro apareció una lucecilla de esperanza. Yo no podía recriminarle nada.

Al día siguiente, en la iglesia, el enamorado pudo contemplar por vez primera de cerca al objeto de su pasión. Nadie se preocupaba ya del muerto: todos los ojos se movían alternativamente desde el rostro verdoso del alemán al pálido rostro enlutado de Justina.

Tras un prudencial paréntesis de duelo, y acompañado por mí, Paco el Bárbaro, más verde que nunca, se dirigió a casa de la joven. Había anhelado tanto ese instante, que se quedó petrificado, sin poder decir ni su nombre, cuando ella apareció en el dintel, hermosa y radiante como una aurora boreal. Nos invitó a pasar con una afectada frialdad que yo atribuí a los rigores del luto. El pobre pretendiente no acertaba a articular palabra, como si de pronto se le hubiera secado la inspiración que antes derrochaba infatigablemente en trovas y madrigales. Por eso hube de formular yo mismo la proposición de matrimonio. Justina, con gesto helado y sin afectar la más mínima emoción, confesó que no tenía intención alguna de casarse con mi amigo. Éste comenzó a temblar como un poseso y a ronronear entre dientes unas palabras en su idioma. De nada sirvieron súplicas ni razones. En vista de que la muchacha no parecía dispuesta a reconsiderar su postura, nos retiramos abatidos.

La fiebre y las convulsiones ya no abandonarían a Paco el Bárbaro. Cada vez más verde, su rostro parecía ahora el de un ecce homo, contraído por el dolor, ausente, atormentado. Al poco se supo que, durante aquel tiempo, la bella sobrina de Dionisio había burlado frecuentemente la vigilancia de su tutor, que desde no sé qué tejado entró muchas noches en su alcoba un fornido aprendiz de zapatero que, si bien no conocía el arte de la trova, sabía aliviar en cambio con indudable solicitud a la joven de tan inhumana reclusión. Hubo incluso quien aventuró que el viejo Dionisio había muerto envenenado a manos de su sobrina. Yo hablé en varias ocasiones con la alocada muchacha y le advertí que Paco el Bárbaro se iba a morir de amor, pero ella respondía que eso no era asunto suyo, que por su parte se había limitado a enviarle un billetito y una foto, cosas de críos, ya ve usted, decía.

Una tarde de octubre, todos los pájaros del pueblo comenzaron a piar enloquecidos. Corrí al cuarto del enfermo, pero ya había muerto. Su rostro era otra vez la faz sonrosada de un arcángel bajo los dorados rizos infantiles. Una sonrisa dulcísima iluminaba sus hermosas facciones.

viernes, 5 de diciembre de 2008

MÚSICA CON HISTORIA (3)

VINCENZO BELLINI
"Casta Diva"

Para Clarito, que siempre dibuja las más bellas lunas en nuestros cielos

Aria de la ópera "Norma", de Vincenzo Bellini (1801-1835).

En el bosque sagrado de los druidas, la sacerdotisa Norma entona una emocionada plegaria a la Luna.

Pese a sus votos de castidad, se ha entregado al gobernador romano Pollione, al que ha dado dos hijos. El romano la traiciona con Adalgisa y Norma levanta a los druidas contra el invasor. Cuando Pollione es conducido a la hoguera, en lugar de acompañarle Adalgisa, Norma se autoinculpa y se inmola junto a su amado.

Interpreta Maria Callas.

Permitid que hoy guarde silencio absoluto. Ella lo dice todo.



sábado, 29 de noviembre de 2008

NÉBULA ME REGALA "LECTURAS DE PECERA"


Mi querida Nébula ha tenido a bien distinguirme con un premio denominado "Lecturas de pecera". Al parecer, soy "un gato cultivado que lee pensamientos ajenos entre los huesos de la niebla. Azul, puede. Triste, de ninguna manera".

Ya imaginarán mi emoción al recibir este premio de manos de una preciosa gata aristocrática, misteriosa, melancólica y algo distante, todo hay que decirlo, pero a la que quiero precisamente por ser así.

Pongo lleno de gratitud esa deliciosa imagen como cabecera de esta entrada, y le haré un sitio allí donde esté a salvo de naufragios e insomnios.

Gracias, mi pequeña ojos de niebla.

Continuando con el protocolo establecido, debo otorgar a mi vez otros premios. A tal objeto, he instaurado el galardón denominado "Unicornio díscolo", con la intención de distinguir algunas bitácoras que me son especialmente queridas.

He aquí el premio:

Los blogs distinguidos con el "Unicornio díscolo" son:

-Renacimiento, de Charo Martínez, también conocida como Reina Mora Sevillana, porque en su bitácora cumplo el sueño de vivir en la época que realmente me corresponde.

-Once upon a midnight dreary, de Meryone, porque es una criatura genial, además de doncella prerrafaelista. (Y tengo que hacer méritos porque aspiro secretamente a convertirme en su reno.)

-El sitio de mi recreo, de Nefer, porque en su blog encuentro el necesario reposo cada día y una mano amiga en la que sé que puedo confiar.

-Shut up.es*, de Pati, porque la dulzura de su palabra siempre logra contagiarme el milagro de su sonrisa.

-NeSsA's WoRLd, de Sielito, porque ella siempre tiene miles de vanebesos para mí, y eso es mucho en los tiempos que corren.

-El ovillo de Nadna, de Nadna, obviamente, porque sus textos me hacen creer que hay vida más allá de Jorge Luis Borges.

-Sé de un lugar... para ti, de Lía, porque en tiempos también recorrí las calles del Albaicín al filo del verso y el sueño.

Mi más afectuosa enhorabuena a todos los premiados. Ah, pero si son todas chicas...

viernes, 28 de noviembre de 2008

ROMEO Y JULIETA DE FRANCO ZEFFIRELLI O EL ÚLTIMO LIENZO RENACENTISTA

En 1968, Franco Zeffirelli dirige esta versión cinematográfica cuasi literal del drama de Shakespeare. El amor imposible entre dos adolescentes pertenecientes a las irreconciliables familias Montesco y Capuleto en la Verona del siglo XIV tiene todos los ingredientes para cautivar al espectador: ternura, pasión, venganza, tragedia, muerte, redención.

El cuidado exquisito de la realización, la escenografía y el atrezzo hace de cada escena de esta película una auténtica composición pictórica y una delicia para los sentidos.

En esta escena tiene lugar el primer encuentro entre Romeo y Julieta. Describe la ingenua búsqueda de los ojos y las manos de los jóvenes enamorados al amparo de los cortinajes, al amparo de los arrobados cortesanos que escuchan una bellísima canción que incita a gozar del momento y del amor.

La banda sonora fue compuesta por Nino Rota.



lunes, 24 de noviembre de 2008

SIRENAS (1)

La interpretación de los Bestiarios medievales



La visión romántica del siglo XIX: John William Waterhouse

La plasticidad glamurosa del arte pop


Las "supuestas" pruebas

viernes, 21 de noviembre de 2008

OTRAS MÚSICAS (4)

THE CORRS
"Only when I sleep"

The Corrs es una inteligente y fascinante fusión de música tradicional irlandesa, pop y folk que desarrollan cuatro hermanos: Andrea, Caroline, Jim y Sharon. Llevan en los genes el veneno de la música. Era inevitable.

Todo empieza en Dundalk (condado de Louth, Irlanda) en 1990. Un año después, John Hughes les descubre en un cásting para una película de Alan Parker y se convierte en su manager.

En apenas cinco años, The Corrs es una banda reconocida y querida en todo el mundo.

"Forgiven, not forgotten", "Talk on corners", "In blue", "Borrowed heaven", "Home" o "Dreams" son algunos de sus más importantes trabajos.


viernes, 14 de noviembre de 2008

MÚSICA CON HISTORIA (3)

FRÉDÉRIC CHOPIN
"Fantasía impromptu", opus 66, en do sostenido menor

Nacido en un pueblecito cercano a Varsovia en 1810, Frédéric Chopin es uno de los más importantes compositores y pianistas de todos los tiempos. Dotado de excepcionales facultades y de una técnica asombrosa, comienza muy joven su actividad como concertista. En 1829 viaja a Viena, donde obtiene notable éxito.

En 1831 llega a París. Allí traba relación con personalidades de la talla de Honoré de Balzac, Victor Hugo, Franz Liszt o Hector Berlioz. En 1836, invitado por la condesa d'Agoult a una reunión de amigos en el Hôtel de France, conoce a George Sand, seudónimo de la escritora Aurore Dupin, con la que mantendrá una curiosa relación que evoluciona del amor a la amistad. Mayor que él, aristócrata, provocadora, la Sand había abandonado a su marido, gastaba indumentaria masculina y fumaba. Todo un escándalo.

La salud de Chopin se resiente. Es el invierno de 1838. Los médicos le recomiendan una estancia en las Baleares. Diagnóstico: tuberculosis. Un invierno en Mallorca. Desde París llega un hermoso piano Pleyel a la Cartuja de Valldemosa, donde se aloja el compositor al cuidado de George Sand. Pero ese año el invierno en las islas es frío y lluvioso. En febrero se produce el regreso.

Hacia 1845 su salud empeora de nuevo. Ya no se recuperará. Chopin muere en París, el 17 de octubre de 1849. Poco antes había pedido que se destruyera su obra, solicitud que no fue atendida.

Aunque sus restos reposan en el cementerio parisino de Père-Lachaise, siguiendo su última voluntad, su corazón se encuentra depositado en una iglesia de Varsovia.





domingo, 9 de noviembre de 2008

OTRAS MÚSICAS (3)

Para la sonrisa de Pati (que es como decir, sencillamente, para Pati)

SIGUR RÓS
"Refur"

Diciembre de 1994. El cantante y guitarrista Jón Þór Birgisson y el batería Ágúst Ævar Gunnarsson fundan una de las más destacadas y singulares bandas de rock islandesas. Pronto se incorpora el bajista Georg Hólm. En 1999 llega el éxito de la mano de la publicación de "Ágætis Byrjun" ("Un buen comienzo"), tanto en Islandia como en el resto del mundo. A partir de ese momento, se une al grupo el teclista Kjartan Sveinsson.

Entre su producción hay que reseñar, además del que acabamos de mencionar, "Von" ("Esperanza"), "Von brigði" (remix de su primer trabajo traducido al inglés como "Papelera de reciclaje"), "()", "Tak...", ("Gracias"), el doble CD "Hvarf-Heim" ("Hvarf" es el nombre del primer local de ensayo del grupo, y "Heim" significa casa.) "Með suð í eyrum við spilum endalaust" ("Con un zumbido en los oídos tocamos eternamente").

Rock alternativo, post-rock, minimalismo son algunos de los calificativos que se han aplicado a sus trabajos.



domingo, 2 de noviembre de 2008

OTRAS MÚSICAS (2)

A Meryone, claro

P.J. HARVEY
"Down by the water"

Puestos, rindamos homenaje e incluso pleitesía a la británica Polly Jean Harvey (Yeovil, Somerset), compositora, cantante, hada en sus ratos libres.

Entre su discografía cabe destacar "Dry", "Rid of me", “To bring you my love", "Is this desire?", "Stories from the city, stories from the sea", "Uh Huh her" o "White chalk".

Femme fatale, tierna, sensual, irresistible. Ah, me olvidaba, la compartimos Meryone y yo mediante el oportuno convenio.




sábado, 1 de noviembre de 2008

OTRAS MÚSICAS (1)

EVANESCENCE
"My immortal"


1998. Little Rock, Arkansas. Amy Lee y Ben Moody fundan una banda de rock alternativo. Evanescence. Después de varios años de trabajo comprometido e independiente, acceden finalmente al mercado internacional y al gran público. "Fallen" , "Anywhere but home", "The open door" son algunos de sus trabajos discográficos. Gracias a ellos han conseguido dos premios Grammy y el fervor del público.

Evanescence ha evolucionado y sufrido numerosos cambios en estos últimos años. Pero no cabe duda que la inefable Amy Lee es el alma de la banda.

When you cried I’d wipe away all of your tears
Wen you screamed I’d fight away all of your fears,
and I held your hand thru all of these years
that you still have on me.




IN MEMORIAM


Es noviembre en el corazón del Realejo.

Algún tañido lejano anuncia el mes de las ausencias. Hay días que se han caído del calendario, que no serán más porque señalan un recuerdo demasiado doloroso. A no ser…

Es noviembre en las azoteas, en los tejados vencidos por la nostalgia de tiempos mejores. Un niño desgrana las últimas promesas de un solecillo tibio cerca de la plaza de Santo Domingo. Esa misma noche se encenderán las lamparitas en las ventanas como por ensalmo. Para que no se nos pierdan en las tinieblas, le dijo su madre.

Un viento helado silbará por las callejas en las que no ha dejado de oler a rosas ni siquiera ahora. Y a cera. Es noviembre en el corazón del Realejo. Y sin embargo…

Las imágenes se cubren de lutos austeros. Y es por ellos. Y por nosotros. No valen coronas ni cetros, no valen joyas ni oropeles: todos somos iguales cuando llega noviembre.

El niño se aleja de la plaza. En una calle cualquiera, en el corazón del Realejo, vislumbra el balcón entreabierto y la luz encendida. Madre. Una sensación familiar reanima sus miembros entumecidos por el frío.

El tañido parece perderse a lo lejos. Es noviembre en el corazón del Realejo. Y sin embargo… En el cielo, encima de las espadañas de algún viejo convento, algo como una luz tibia promete vida, sueños.

Huele a romero y a leña. Tal vez un niño está al nacer en un portal del Realejo. Los ángeles de las Vistillas sonríen a escondidas y el dominico de piedra ordena silencio.

El niño sueña en su cama con lunas de azahar y filas de nazarenos. Aunque siga siendo noviembre en el corazón del Realejo.

miércoles, 29 de octubre de 2008

H.S.E.S.T.T.L.


La tarde se ha vuelto de plomo,
dorado templo para el eterno fuego.
Silenciosos descienden los pasos desnudos
adentrándose en el terroso corazón del polvo.

El espantado pecho resonante
contiene un gesto de dolor
que a los labios se enreda,
mudas almenas de una ciudad saqueada.

Desciende un poco más,
más hondo en una tierra ardiente,
como una copa de rojo vino.

Ya ocupas tu espacio justo,
constelación de letales sueños
para siempre sepultados.

Sea leve la tierra
para un cuerpo triste y demasiado hermoso,
raíz de polvorientas vanidades
a quien un lecho oscurísimo aguarda.

lunes, 27 de octubre de 2008

DORMIDA

"Serpientes de agua IV", detalle (Gustav Klimt)


No sé por qué he sentido la necesidad de besar tu pelo como trigo;
no sé por qué me he inclinado sobre ti con la impaciencia del agonizante
y te he confesado, sabiéndote dormida, un amor inexplicable.

Creía escuchar el vago sonido de las olas,
pero comprendí que eran tus pies hollando la arena,
que eran tus huellas abriendo camino entre la oscura maleza.

Me sentí herido por la luz implacable del día,
mas supe que era tu cuerpo inundando mis horas de claridad,
que era tu cuerpo tornasolado que me cegaba.

Pensé que tocaba una distante estrella,
y comprendí que eran tus ojos,
que eran tus pupilas ardientes lo que cruelmente besaba.

Tal vez por eso te ofrecí la furia recta de mi amor;
tal vez por eso te arrullé en mis brazos hasta saberte dormida,
y sólo entonces confesé que te amaba.

domingo, 26 de octubre de 2008

PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE

"La bola de cristal" (John William Waterhouse)


Amo a Madame Bovary. Desde siempre. Y a la dama de Shalott. En general, amo a todas las doncellas prerrafaelistas salidas de las manos de Waterhouse. También a lady Godiva. Y a la chica que protagoniza a la Elizabeth de "Orgullo y prejuicio" (Keira no-sé-qué-más). Y a Winona Ryder en la Mina del "Drácula" de Coppola.

Dime, ¿por qué entonces sólo te echo de menos a ti?

sábado, 25 de octubre de 2008

MÚSICA CON HISTORIA (2)

GEORG FRIEDRICH HAENDEL
"Zarabanda" en re menor

Compositor alemán nacido en 1685 y muerto en Londres en 1759. Uno de los pilares incuestionables del Barroco y de la música occidental de todos los tiempos. Cultivó géneros tan dispares como la música de cámara, el concierto, la música religiosa o la ópera.

Su "Zarabanda" en re menor es una pieza de gran belleza y dramatismo. Stanley Kubrick la utilizó en 1975 como banda sonora para su hermosísima película "Barry Lyndon". El vídeo que insertamos se corresponde con un trailer de "Orgullo y prejuicio", dirigida por Joe Wright en 2005.



HOMENAJES: CHARLES BAUDELAIRE Y LAS FLORES DEL MAL


CHARLES BAUDELAIRE (1821-1867)

Patriarca de los poetas malditos, genial, provocador, al igual que de Edgar Allan Poe, podemos afirmar que nada habría sido igual en la literatura sin él. Rechazado por las mentes mezquinas de la burguesía parisina de la época, censurado, procesado, Baudelaire no tiene tal vez otra salida que la creacion de su propia leyenda romántica.

La vida de los barrios bajos, la compañía de las prostitutas, la extraña relación con la actriz mulata Jeanne Duval, el vicio, la perversidad, las deudas, la droga, constituyen algunos de los elementos de su vida cotidiana.

El láudano, la incomprensión y una lucidez rayana en la crueldad fueron los compañeros de sus últimos años.

Su obra capital, Les fleurs du mal, fue publicada en 1857. Desde entonces, nada ha sido lo mismo. A continuación reproducimos el poema titulado "Spleen".


Spleen

Pluviôse, irrité contre la ville entière,
de son urne à grands flots verse un froid ténébreux
aux pâles habitants du voisin cimetière
et la mortalité sur les faubourgs brumeux.

Mon chat sur le carreau cherchant une litière
agite sans repos son corps maigre et galeux;
l'âme d'un vieux poète erre dans la gouttière
avec la triste voix d'un fantôme frileux.

Le bourdon se lamente, et la bûche enfumée
accompagne en fausset la pendule enrhumée
cependant qu'en un jeu plein de sales parfums,

héritage fatal d'une vieille hydropique,
le beau valet de coeur et la dame de pique
causent sinistrement de leurs amours défunts.


Spleen

Lluvioso, irritado contra la ciudad entera,
de su urna en grandes olas derrama un frío tenebroso
a los pálidos habitantes del vecino cementerio
y la mortalidad sobre los barrios brumosos.

Mi gato buscando una litera en el almohadón
agita sin descanso su cuerpo delgado y roñoso;
el alma de un viejo poeta vaga por la gotera
con la triste voz de un fantasma friolero.

El bordón se lamenta, y la madera ahumada
acompaña en falsete al péndulo resfriado,
mientras que en un juego lleno de sucios perfumes,

herencia fatal de una vieja hidrópica,
la bella sota de corazones y la dama de picas
charlan siniestramente de sus amores difuntos.

sábado, 18 de octubre de 2008

ESTIGIA

"El paso de la laguna Estigia" (Joachim Patinir)


La tarde atornasola sin prisas sus balcones.
Él nota algo, un zumbido, un dedo helado.
No puede ser aún,
no todavía.
Eso dice mientras se cala el abrigo,
pero todos los relojes han señalado su hora en punto.

Con afán rebusca en la memoria
un ajado amor, unas manos amigas,
el incierto naufragio de un beso en el pasillo.

Da unos pasos.
Siente su peso sobre el pavimento.
Escucha. Aún soy yo, dice,
no hay duda.
Y, sin embargo, aquel frío...

Fuera, la vida suena como un sueño.
Mira su reloj. Ahora sabe. Es lo acordado.
Cruza el portal a tientas.
La calle anochece.
Enciende un cigarrillo.
Ya no me está prohibido, casi sonríe.

Las muchachas lo miran como sin ver.
Se preocupa al recordar sus últimos encargos.
Quién recogerá mañana el diario, piensa.

Cruza la plaza.
Al poco nota que ha dejado de hacer frío.
Entonces siente algo parecido al alivio.
Ya he empezado a olvidar.

viernes, 17 de octubre de 2008

JUGLARES DE NUESTROS DÍAS (3)

LES LUTHIERS
"Romance del joven conde"

Luthiers eran llamados los antiguos constructores de instrumentos musicales. Tal fue el nombre adoptado por el genial grupo musical y humorístico argentino que en los años 60 del pasado siglo comenzaron su andadura por los escenarios de todo el mundo.

Algunos de sus genuinos personajes son ya creaciones inolvidables, como el apócrifo compositor Johann Sebastian Mastropiero, del que se sirven para parodiar el mundo de la música clásica.

Capítulo aparte merecen sus inspirados y siempre sorprendentes instrumentos musicales: la lira de asiento o lirodoro (construido con una tapa de inodoro), la mandocleta (mezcla de mandolina y bicicleta) o el latín (o violín de lata).

Intelectuales, irreverentes, Les Luthiers se han convertido en un referente obligado para varias generaciones.



domingo, 12 de octubre de 2008

ORIENTALISMO (3)

"El patio del Serrallo" (Gérôme)


"Mercado de esclavos" (Gérôme)


"Baño turco" (Gérôme)

Sensualidad, languidez y abandono. Los exóticos escenarios públicos alternan con los privados en estos cuadros de Jean-Léon Gérôme. El mercado de esclavos, el baño, el harén son lugares en los que la belleza es sorprendida por el espectador, que encuentra la ocasión de presenciar una escena imposible.

sábado, 11 de octubre de 2008

TRÁNSITO


Aquí estoy, bajo un árbol de estrellas cenicientas,
en la mitad cumplida de mis días,
más cerca de la nada hoy que ayer,
en este desván aturdido de mi historia,
más cerca del olvido.

Como la risa de un niño en una inmensa llanura desolada,
así suenan mis pasos esta noche
en la mitad cumplida de mis días,
mientras en vano los miembros se fatigan
tras unas migajas de luz.

Pero tus ojos están llenos de luz,
tus ojos sí,
y tus manos cargadas de promesas,
tú que eres como yo y que amaneces apenas
en la mitad cumplida de mis días.

miércoles, 8 de octubre de 2008

ERNESTO DE SANTOS


La última vez que actuó en París había recibido el entusiástico aplauso del público. La voz de la crítica fue menos elogiosa, pero él no se dejó inquietar, siguiendo una vieja costumbre. Tampoco se preocupó al recordar que no tocaba las Variaciones Goldberg desde hacía muchos años, ni al aceptar que el último ensayo había sido decepcionante. Lo único que le preocupaba en aquel momento era que tenía demasiado apetito y que la habitación estaba muy lejos de parecerse a las suites lujosas que ocupó en otros tiempos, cuando las mujeres más elegantes se desmayaban en los más elegantes salones al escucharle aquel enervante Debussy, aquel elocuente Liszt. También pensaba en el prominente estómago, imparcial testigo de su regalada vida, y comprendió que se estaba haciendo viejo, que seguramente ya lo era.

Buscó entonces una fotografía que llevaba siempre consigo. En ella reconoció a un joven de veinte años sentado al piano, la mano izquierda alzada, presta para descargar el brillante acorde final, e incluso escuchó el acorde y escuchó los aplausos, y recordó con cuánta efusividad lo besó aquella chica francesa; pero no se acordó de su nombre. Iba ya a ceder al tiránico chantaje de las lágrimas cuando llamaron a la puerta.


No pudo dormir bien. Había cenado demasiado y las Variaciones Goldberg le atormentaron sin clemencia durante toda la noche. Paralelamen­te, se reprodujo el amago de melancolía experimentado antes de la cena y luchó desesperadamente por recordar el nombre de la joven francesa, como si eso pudiera salvaguardarlo de aquel imprevisto acceso de nostalgia.

Se levantó a duras penas. Encendió la luz y la habitación le pareció aún más desangelada. Estuvo tentado de revolver de nuevo en pos de la fotografía, pero comprendió que no era el momento. Probó a desalojar de la mente cualquier pensamiento. Se aplicó a dicha tarea con infinita paciencia, pero el vacío que dejaba cada idea era de inmediato ocupado por otra. Optó al fin por rememorar alguna de las divertidas anécdotas que se habían sucedido en su larga carrera de concertista. En todas halló el áspero sabor de la tristeza. Incluso aquel concierto, cuando olvidó completamente el final de una sonata de Prokofiev y, con buen sentido del humor, se dirigió a su público:

—Señores, no recuerdo ahora lo que sigue. Si alguien fuera tan amable de entonar unos compases...

Ni siquiera este jocoso recuerdo, que tanto había celebrado en otras ocasiones, le hizo sonreír entonces. Era la primera vez que no acertaba a reprimir sus melancólicos impulsos, y esa inesperada impotencia le produjo miedo y desconfianza. Se sentía vencido incomprensiblemente por el presentimiento de la soledad. Quiso consolarse con la decisión de ensayar las Variaciones todo el día siguiente. Así se lo prometió a sí mismo, tras confesarse que había perdido el hábito del estudio mucho tiempo atrás. En realidad, había ido cediendo, cada vez menos apremiado por el pefeccionis­mo inicial, a una actitud más y más relajada. Progresivamente proscribió de su repertorio determinadas obras, movido por un supersticioso temor que acabó por transformarse en la más decepcionante negligencia. No ignoraba que ya era demasiado tarde para recuperar el tiempo perdido, pero un noble e inesperado sentimiento le confortó cuando decidió revisar su interpretación de las Variaciones Goldberg.

El suculento desayuno templó por completo su ánimo y casi sonrió al pensar en la zozobra de la noche anterior. Tal vez por esa razón se permitió silbar mientras se afeitaba, uso que siempre había detestado. Buscó en varios diarios. En todos ellos encontró una pequeña esquela anunciando el concierto que, al día siguiente, daría el pianista español Ernesto de Santos. En todos los diarios leyó, casi con idéntica redacción, que había realizado sus estudios en Madrid (con notable aprovechamiento), perfeccio­nándose en París y Viena; que había recibido varias becas y premios internacionales; que había actuado en las principales salas de Europa y América, acompañado por las primeras orquestas y los más prestigiosos directores. En todos los diarios se encontró, en suma, salvo alguna pequeña errata, con una bien conocida historia que, pese a ser la suya, seguía pareciéndole ajena.

Recortó cada esquela como venía haciendo desde que diera sus primeros recitales, y las pegó cuidadosamente en un álbum, junto con otros cientos de esquelas que repetían hasta el infinito, salvo alguna pequeña errata, la historia de su vida.

Las cuatro horas de ensayo fueron una fatigosa lucha contra muchos años de abandono, pero también una purificadora experiencia. Al regresar al hotel, reconoció en el cansancio que le embargaba la sombra de una voluntad y una constancia casi olvidadas. Tuvo miedo al pensar en el inminente concierto, pero supo que en aquel momento de angustia y soledad era feliz como no lo había sido en mucho tiempo. Por un instante creyó entender la historia que tantas veces había leído ensimismado en los diarios; aquella brillante biografía que no reflejó jamás el sufrimiento ni la vergüenza de los sesenta desolados años de su vida. Imaginó que acaso esa esquemática y triunfalista versión no fuera menos real que la otra, la de los cotidianos fracasos y la humillante resignación. Pero pronto comprendió que no podía ser así, porque siempre le había parecido algo demasiado ajeno. No. Él no era aquel venerado artista cuya imagen se diluía en el ubérrimo alud de mil premios y honores. Era más bien ese otro que, impelido por un ancestral temor, jamás viajó en avión; aquél que economizó hasta alcanzar los linderos de la ruindad; que no fue capaz, en los sesenta desolados años de su vida, de experimentar algo parecido al amor.

Por vez primera, y no sin dolor, reconoció ante sí mismo que ninguna elegante mujer se desmayó jamás en ningún elegante salón al escuchar su enervante Debussy, su elocuente Liszt. Incluso llegó a dudar si en efecto recibió un día los efusivos besos de una chica francesa. Pero se concedió que al menos esto último debía ser cierto, porque aún no lograba recordar su nombre.

Supo que iba a ser demasiado difícil, demasiado doloroso, desarticu­lar aquel mito, aquella ingente mole de pequeñas e inofensivas patrañas. Supo que acaso no tendría ya tiempo. Sólo en ese momento alcanzó a medir, con la irrepetible lucidez del agonizante, cuánto había amado la música, cuánto y con qué inexpresable sufrimiento. Sólo en ese momento supo, sin vacilación ni vergüenza, que jamás había amado otra cosa sino las mil partituras que cercaban pentagrama a pentagrama todos los actos de su vida. Y supo que odiaba ese ajado y triste sentimiento, que había en él mucho de mezquindad; que era un amor demasiado solitario para ser hermoso. Pero quiso aferrarse pese a todo a esa única pasión de su vida.


Las noticias que tenemos del concierto, si bien repiten hasta la saciedad una historia tan familiar como extraña, registran el nuevo y notable éxito de Ernesto de Santos en París. Nada nos cuesta suponer que, finalizado el recital, una entusiasta joven francesa se acercara al maestro y lo besara efusivamente.

lunes, 6 de octubre de 2008

ESTAMPA


A veces las acacias crecen en ninguna parte,
hunden sus raíces en plazas olvidadas
no lejos del pobre rincón donde un muchacho
se obstina en descifrar el mundo.

¿No habéis sentido ese vértigo
cansado como la hoja oxidada de un cuchillo?
¿No habéis escuchado el eco de una voz
que horada el zumbido de la tarde
con acentos de sepia y lejanía?

Difuntos amores, como dijo el poeta,
pequeñas cosas muertas en un lugar equivocado,
irreales si no fuera por la lluvia.
tristes acacias en imposibles plazas.

domingo, 5 de octubre de 2008

A TI



No te pido grandes cosas, amor.
Lo justo apenas:
un latido cercano,
una palabra,
un signo esperanzado de tu boca.

No te pido grandes cosas, ya ves.
Sólo lo necesario para seguir viviendo.
También que impulses los planetas
en lo más alto de tu cielo;
que el tiempo no hiele tu sonrisa;
que llueva mansamente sobre mis tardes
a las cinco en punto, amor;
que amanezcas cada día sobre nuestros ojos
e inundes de luz mis calles de niño.

Ya ves, no pido mucho.
Sólo el pan de tus labios,
el tibio aliento que dura lo imprescindible
para saberse vivos.

No te pido grandes cosas, amor.
Lo justo nada más.
Que dibujes con un dedo las estrellas,
que me des a beber los vientos.

Pero no, nada de eso pido.
Sólo que no me faltes nunca.

viernes, 3 de octubre de 2008

MÚSICA CON HISTORIA (1)

SAMUEL BARBER
Adagio para cuerdas, op. 11

Samuel Barber (1910-1981) fue un compositor estadounidense que, lejos de las vanguardias imperantes en su época, frecuentó modelos inspirados en la música clásica tradicional. No en vano su estilo ha sido denominado "neorromántico".

En 1936 compuso un Cuarteto para cuerdas en si menor, cuyo segundo movimiento, adaptado para orquesta de cuerdas a petición de Arturo Toscanini, alcanzaría enorme popularidad. Fue estrenado en 1938 por el genial director italiano al frente de la orquesta de la NBC.
Además de escucharse en las salas de conciertos de todo el mundo, ha sido utilizada como banda sonora en diversas películas (Platoon o Amelie entre otras).


LA TARDE


—Amor, ¿me das un poco de esa luz dorada?
—No sé.
—¿No me la das, aunque te la pida? Mira que nada te cuesta.
—No sé a qué luz te refieres.
—Esa que ilumina esta tarde y la hace crisálida de oro y de sueño; esa que me invita a volver a la vida.
—Es que… es sólo mi sonrisa.
—Ya lo sabía. ¿Me la das ahora?

martes, 30 de septiembre de 2008

EL INFOLIO IMPOSIBLE



No deja de sorprender que la última obra de Pedro Amador permanezca inédita quince años después de su muerte. Se trata de un voluminoso infolio de aproximadamente tres mil páginas que, bajo el título de Summa rerum, y celosamente custodiado por sus herederos, duerme el sueño de las cosas imposibles, confundido entre el fatigoso aluvión de los papeles marginales del escritor cordobés: las mil cartas de amor y de versos, de política, de proyectos; las mil conferencias retóricas, inanimadas; los mil apuntes, recensiones, bocetos; los infinitos papeles que no hacen una vida, pero que pueden llenarla con su misteriosa presencia.

El texto, mecanografiado con la exacerbante pulcritud a que nos tiene acostumbrados su autor, está integrado por cuatro capítulos —acaso sea obligado, si bien no muy original, aludir a un esquema de sinfonía cabalística—. El primero de ellos, «Cosmogonía», viene a ser una apasionada disertación sobre el universo extrañamente convincente. Sus teorías sobre la formación del mundo no pretenden imponerse —para ello necesitarían un soporte científico del que carecen—. No obstante, son algo más que una fortuita recreación poética.

El segundo capítulo, «Historia natural», está dividido en tres secciones: «Bestiario», «Herbolario» y «Lapidario». Descubrimos con sorpresa en esta segunda parte de la Summa que Amador no se ha limitado a describir la zoología, la botánica y la mineralogía de nuestro mundo: viajamos también a través de una inquietante guía de especies animales, vegetales y minerales correspondientes a otros innúmeros mundos posibles. Con pavor nos enfrentamos a la baali, descomunal serpiente cuyo silbido paraliza de terror a quien lo escucha; al saak-aru, simpático roedor capaz de repetir cualquier melodía —excepción hecha de ciertos intervalos disonantes—; la misteriosa leda, planta que posee la particularidad de gruñir cuando se le sustrae una flor; la philosophica, piedra rosácea que satisface el sueño de los viejos alquimistas... y otros centenares de peregrinos seres, algunos tomados de las zoologías apócrifas; los más, sorprendentemente novedosos.

El tercer capítulo, «Estética», es un admirable tratado de filosofía del arte que recuerda la rigurosa claridad de L'Expression dans les Beaux-Arts de Prudhomme.

Por fin, la cuarta y última parte, «Ética», es un apocalíptico evangelio en el que el mesiánico Petrus Amans revela la doctrina de la imperiosa moral, de la que se erige en visionario apóstol. Para ilustrar sus más que severos juicios, Petrus Amans narra con irritantes pormenores unos nuevos círculos del infierno donde los más monstruosos castigos tienen lugar: la espantosa inmersión en lava ardiente para los fornicadores; la extirpación de la lengua para los impostores; la indescifrable eternidad de los laberintos para los filósofos; la lapidación para los tiranos; el cruento acoso de las fieras para los simoníacos...

Lógicamente, en esta obra ingente y totalizadora, cada parte posee su previsible reverso. Por ello, al primer capítulo —la mítica disertación sobre el cosmos— se opone, punto por punto y línea por línea, un riguroso estudio científico sobre determinadas cuestiones de astrofísica. Al segundo —el tratado de zoología, botánica y mineralogía—, se enfrenta con igual exasperante simetría un manual de los seres y criaturas que nunca podrán existir, con las razones que motivan tal imposibilidad. El capítulo tercero —«Estética»— halla su justa réplica en un sórdido e implacable ensayo sobre filosofía del lenguaje. Por último, el evangelio apocalíptico de Petrus Amans se corresponde con una desconcertante «Guía de goces mundanos», cuyo apartado reservado a la gula merece especial consideración por sus calidades literarias.

En cuanto al muro de silencio que cerca tan sugestiva obra —parece indudable que el texto de Amador no verá ya nunca la luz pública—, caben dos explicaciones. La primera me fue revelada en cierta carta por el propio autor. Cito textualmente: «La Summa sigue siendo para mí un texto inquietante. No describiré las penosas circunstancias en que fue redactado por una mano que ni siquiera sé si fue la mía. Quién sabe qué impulsos ajenos me movieron a transcribir sus fatigosas páginas. Debo confesarte algo. En los últimos años he considerado la posibilidad de destruirlo. Habría cumplido con ello lo que se me antojaba un deber de conciencia. Pero me ha faltado el valor necesario. Después de todo, sólo a su auténtico autor correspondería esa decisión.»

Unas semanas después de recibir la carta, visité a Pedro Amador. Fue nuestro último encuentro. No sin hacer severas advertencias, me permitió hojear el texto. Luego dijo que ya había dado instrucciones concretas a sus herederos. En el tono enérgico adiviné sin dificultad el sentido de esas instrucciones.

La segunda explicación —tal vez menos verosímil aunque más explícita— la hallé casualmente mientras releía las páginas de su Falsa historia de un creyente. En una nota que siempre consideré gratuita, cuenta el escritor: «Cierto día me ocurrió algo muy curioso. Recibí la visita de un hombre de avanzada edad y aspecto desaliñado. Tomó asiento frente a mí y afirmó ser un amigo de la infancia. No creí sus palabras, pues aquel hombre me aventajaba notablemente en edad. Así se lo hice saber. Él no se dio por aludido, e incluso manifestó conocer algunos de mis más secretos pensamientos. Sin dar tregua a mi creciente desconcierto, me hizo entrega de un cuaderno donde figuraban numerosas citas de algunos textos medievales muy curiosos, algunos de los cuales me son hoy familiares. Me rogó que conservara en la memoria su voz y que guardara el cuaderno. Así lo hice. También dijo algo sobre un secreto que yo no habría de revelar. Se marchó sin atender a mis preguntas. Nunca más supe de él.»

sábado, 27 de septiembre de 2008

VIAJEROS ROMÁNTICOS (3)

Para Isabel, a quien aguarda la Sevilla intemporal, eterna

DAVID ROBERTS (1796-1864)

La Giralda


La Torre del Oro

viernes, 26 de septiembre de 2008

JUGLARES DE NUESTROS DÍAS (2)

MERCEDES SOSA
"Alfonsina y el mar"

Cantante argentina nacida en San Miguel de Tucumán en 1935, Mercedes Sosa es una artista querida y reconocida en todo el mundo. Desde su peronismo inicial evolucionó hacia el compromiso con la izquierda que mantendría toda su vida. Vetada, prohibida, detenida por el régimen dictatorial, hubo de partir hacia el exilio en París y posteriormente en Madrid. Regresó a Argentina en 1982.

"Alfonsina y el mar" es una de las más bellas canciones de todos los tiempos. Fue compuesta por Ariel Ramírez y Félix Luna, en homenaje a la poetisa también argentina Alfonsina Storni, que se suicidó en 1938 en las playas de Mar del Plata.

viernes, 19 de septiembre de 2008

JUGLARES DE NUESTROS DÍAS (1)

ALFREDO ZITARROSA
"Stéfanie"

Cantautor uruguayo nacido en 1936. Campesino. Periodista. Luchador. Exiliado en 1976 en Argentina y posteriormente en España y México. En 1984 ve cumplido su sueño de regresar a su país. Muere en 1989.

La guitarra, la milonga, la poesía del pueblo viven para siempre en su memoria.

DESIDERATA


Ya no es posible volver sobre tus pasos,
ahondar en un pecho parado sin remedio.
Si yo pudiera ser otra vez niño,
perderme en los estrechos callejones de jazmín y sueño.

Las cosas no tienen la culpa de que no seamos eternos.
Qué le importa al lavavajillas
si a media tarde se descubre el lecho del suicida,
si las flores del búcaro se quiebran
y fallan todas las estadísticas sobre esperanza de vida.

Decir esto no cambia nada.
¿No escuchas el apresurado latido del reloj,
no sientes cómo algo socava tus entrañas sin piedad
mientras lees, mientras te afeitas,
mientras te estás muriendo sin saberlo?

Sólo si yo pudiera ser otra vez niño,
ser lo que era antes de ser.
Así tal vez. Quién sabe.

martes, 16 de septiembre de 2008

LA SECTA


La primera vez le encontré en una taberna mugrienta de las afueras de la ciudad. Había bebido demasiado, y por la expresión incómoda de su mirada deduje que no tenía costumbre. Se había empeñado en no sé qué apuesta con un viejo y los parroquianos se fueron agolpando poco a poco en torno a la mesa. La conversación subió de tono, alguien le llamó mal perdedor. Al fin logré sacarle de aquel antro maloliente. Ya en su casa, le preparé un café cargado. Un rato después me tranquilicé al ver que se despejaba.

André Guillaume se había instalado en España hacía cuatro años. Me explicó que apenas tenía acento porque en Francia hablaba constantemente con españoles. El piso era pequeño y desordenado. Resultaba difícil encontrar cualquier cosa; todo aparecía donde menos se pensaba. Lo único que llamó poderosamente mi atención fue la escasez de libros: sólo un volumen poético de Rimbaud, una antología de versos de Hölderlin y apenas dos o tres autores españoles. Eran ediciones vulgares, sin el menor interés para el bibliófilo. Esto decepcionó mi curiosidad. Pero quedé en suspenso cuando me condujo a su cuarto, abrió un estuche recubierto en su interior de terciopelo, y mis ojos contemplaron el manuscrito original de un Bestiario francés del siglo XIII. No podía creer que en aquella leonera se encontrase un libro de incalculable valor. Por otra parte, me impresionó el cuidado exquisito con que lo conservaba enmedio del espantoso desorden general. Pero, más que nada, me sorprendió la confianza que me dispensaba. Jamás nos habíamos visto antes. Ni siquiera me había dado a conocer.

No hizo ninguna pregunta hasta que, media hora más tarde, un gesto delató mi impaciencia.

—¿Qué le ha traído a mi casa? ¿Quién le habló de mí?

Había esperado tanto tiempo esta pregunta, que no supe cómo responder. Él se adelantó, llenó su taza de café y me mostró una tarjeta en la que se leía: «Luis Giner Alberto. Avenida de Rosas, 47, 3º derecha. Teléfono...» Eran mi nombre, mi dirección. ¿Cómo podía tener mi tarjeta? ¿Quién se la había entregado? Supe entonces que me aguardaba e hice varias preguntas seguro de que guardaría silencio. En efecto, nada respondió.

—Así pues, usted conoce el motivo de mi visita —concluí.

—Creo que sí.

Desde ese momento, me sentí unido a Guillaume por lazos difíciles de describir.



Pensé que aquella gente era como todo el mundo. Si los hubiera visto por la calle, nada me habría hecho pensar que pertenecían a la secta. Había un médico con su esposa —una mujer elegante aunque anodina—, un funcionario de Correos, una señora de ojos muy vivos y otros dos matrimonios que aún no me habían sido presentados. ¿Qué tenían en común estas personas? Comprendí enseguida que la sola presencia de Guillaume bastaba para ligarnos por vínculos insospechados hasta entonces.

—Ven, Luis —me llamó nuestro anfitrión. Acto seguido, me presentaba a las dos parejas.

Fijé mi atención en una de las mujeres y tuve la inquietante sensación de reconocer aquellos ojos profundos, dulces. Pensé: «¿Por qué está casada con este petimetre?»

—¿No nos conocíamos? —pregunté.

—Puede ser —respondió él—. ¿Frecuenta usted la Biblioteca Pública?

—Alguna vez.

—Yo trabajo allí —precisó.

Me parecía más estúpido cuanto más amable intentaba mostrarse. Al fin me dejó a solas con su mujer. Me sentí nervioso, pero traté de disimular.

—¿Hace mucho que pertenecen a la secta?

—Varios años.

—No debería decir esto, pero tengo la impresión de encontrarme en una vulgar reunión de gente... Perdóneme. Sólo usted me parece distinta... Perdone.

—Descuide. Esperaba otra cosa, ¿verdad? —sonrió.

—Francamente.

—Pero no se desanime. Aún lo ignora todo de nosotros.

—Desde luego —traté de ser razonable.

Sus palabras me tranquilizaron. Comenzaba a experimentar una extraña fascinación por aquellos ojos, por aquella boca bien dibujada, por sus manos expresivas, por su sonrisa alentadora. Deseaba estar a solas con ella, y se lo dije. Sonrió y me entregó una tarjeta.

—Mañana a las cuatro. En mi casa.

Esa noche no pensé en otra cosa. Me preguntaba si el marido estaría presente. No, no era probable. Ignoraba aún que había sido la elegida para mi iniciación.

A partir de entonces continuamos viéndonos casi a diario. No sé si la amaba, pero es exacto admitir que la necesitaba en todo momento. Alguna vez coincidimos con el marido en un café y advertí tanta serenidad e indulgencia en sus ojos, que me sentí molesto. No pude por menos que sincerarme con ella.

—No seas chiquillo, olvídalo —se burló de mí.



Cuando André Guillaume me mostró por segunda vez el estuche donde guardaba el Bestiario, reconocí en su lugar, no sin gran estupor, un original del Pequeño tratado sobre la Piedra Filosofal, de Lambsprinck, editado en Frankfurt con fecha de 1677. Lo abrió al azar y señaló un párrafo: «Un terrible dragón mora en el bosque, sumamente venenoso...» Y más adelante: «Quien por su sabiduría lograre darle muerte, será inmune a todos los peligros.» Yo conocía ambas citas de memoria, pero leídas por Guillaume me parecieron más ingenuas de lo habitual.

—Nunca más verás este libro —afirmó con rara solemnidad—. Tampoco el Bestiario. La próxima vez habrá otro en su lugar.

En efecto, algún tiempo después hallé en el mismo estuche El triunfo hermético o la Piedra Filosofal victoriosa, de Limojon de Saint-Didier, en su edición francesa de Amsterdam fechada en 1699.

En cualquier otro momento de mi vida, habría dedicado todas mis fuerzas a descubrir la razón de esta falacia. ¿Cómo poseía ediciones tan valiosas? Era imposible. No, debía tratarse de algún artificio. Acaso una sugestión. Por otra parte, ¿con qué objeto cambiaba cada cierto tiempo el libro del estuche? Esto último me parecía simplemente una broma de poco ingenio. En cualquier caso —y esto es lo más singular—, me inquietaba muy poco el asunto. Sólo aquella mujer... Todo lo demás era superfluo, especialmente el afán de Guillaume por impresionarme.



Mi amistad con Lucrecia empezaba a convertirse en algo incómodo. Creo que la causa de tal embarazo se debía al aire de complicidad y condescendencia con que su marido pretendía, al parecer, obsequiarnos. Yo habría deseado que se produjera alguna escena violenta, una palabra dura, acaso un reto. En mi espíritu romántico —para qué ocultarlo— se encontraba el origen de tan pueriles sentimientos.

No será preciso añadir que nada de ello tuvo lugar. Muy al contrario, constaté que aquel hombre odioso parecía feliz disculpándonos. Llegué a pensar que cada una de nuestras citas, cada uno de nuestros actos de amor, estaban previstos y patrocinados por su alma mezquina. Lucrecia no compartía, desde luego, mi exacerbado rencor. Encontraba muy natural —razonable, creo que fue la palabra— la conducta del marido. Con agitada disconformidad, utilicé cierto adjetivo cruel para definir a aquel hombre desconcertante. Ella respondió de modo no menos extraño que ahora yo pertenecía a la secta.



Esta vez no era el Bestiario, ni tampoco el Tratado sobre la Piedra Filosofal de Lambsprinck, ni el Triunfo hermético de Saint-Didier. Se trataba de un bellísimo Libro de Horas del siglo XV. Y no sé por qué, me vino a la mente el caso de uno de los más virulentos bibliófilos de que tenemos noticia. La historia la refiere Pío Baroja, y yo se la conté a Guillaume. Era un librero barcelonés, antiguo fraile, que llegó a cometer nueve asesinatos. La última de sus víctimas era dueño de un incunable de gran valor. El Padre Vicente se introdujo en su casa a escondidas y lo estranguló, apoderándose del codiciado ejemplar. Detenido al fin, se confesó autor de las nueve muertes. Naturalmente, fue condenado al patíbulo. Al parecer demostró arrepentimiento en sus últimos momentos, sobre todo al descubrir que el incunable no era ejemplar único, como él pretendía.

Guillaume no hizo comentarios acerca de la historia. Casi sin pensarlo, le manifesté mis sentimientos hacia Lucrecia.

—Estoy decidido a marcharme con ella.

—¿Y Lucrecia?

—Aún no se lo he pedido.

—Espera. No merece la pena.

No comprendí en absoluto.

—Espera un poco —añadió tras una prolongada pausa—. No des ese paso. Sufrirías inútilmente.

—¿Dudas que acepte acompañarme?

—Sí.

Sus palabras me enfurecieron. Deseaba vengarme. Juré que abandonaría la secta. Juré que todos ellos eran absurdos, y él más que ninguno.

—Ella también pertenece a la secta. No puedes dejarnos. Yo no eres libre. No hasta la próxima reunión.

Juré que no asistiría a ninguna otra reunión.

—Asistirás —concluyó.

Le amenacé. Iba a descargar un golpe sobre él, cuando algo pareció paralizar mi brazo. Guillaume continuó hablando. Pero ya no había en su voz más que una aterradora serenidad.

—Después podrás elegir. Sólo después. Recuerda. Será el viernes a las siete. No puedes faltar.



Desde el primer momento advertí que aquella reunión —party fue la atroz palabra empleada por alguien— no era como las anteriores. Guillaume repetía jocosamente la historia del Padre Vicente y sus nueve crímenes por amor a los libros.

Todo empezó cuando el marido de Lucrecia rogó silencio. Al principio no escuché nada. Ella me miraba con una mezcla de orgullo y benevolencia. Sólo unos minutos más tarde comprendí que se hablaba de mí. Por lo que entendí de aquel penoso discurso, que era a la vez apología de mis virtudes espirituales, yo había dado muestras de merecer el ingreso definitivo en la secta. A esta conclusión se había llegado tras un pormenorizado informe de Lucrecia. La decisión se sometía, pues, a la deliberación de los restantes miembros. Todos dijeron al ser consultados. Guillaume se acercó y estrechó mi mano sonriente. Lo mismo hicieron los otros. Pero Lucrecia me besó en los labios sin rubor, como solía hacer en la intimidad. Agotado, humillado, me hundí en un sillón mientras el feliz Guillaume mostraba a todo el mundo con devoción el estuche, en el que ahora podía verse no sé qué códice del siglo XII.

Hace ya diez años que pertenezco a la secta.

sábado, 13 de septiembre de 2008

CREPÚSCULO


Serenos son los ojos en la tarde,
fijos en el grácil arroyuelo,
mientras el jazmín inunda el crepúsculo
de clamores sin nombre.

Gracia de un armónico embeleso,
los céfiros contienen apenas el aliento,
y un sol dulcísimo, tibio y oro,
acaricia una pupila adormecida.

Cuánta luz, cuánta ternura,
cuánta inocencia sin prisa derramada,
mientras lejos, sobre el horizonte,
las nubes esbozan apenas un sueño.

viernes, 12 de septiembre de 2008

ORIENTALISMO (2)

Para la Dama Descubierta, que nos contempla desde un balcón intemporal, y que me obsequió una de las palabras que abren el desván de los tesoros orientales

"Los baños del harén" (Gérôme)


El harén, paraíso cerrado en el que conviven las concubinas bajo la vigilancia de los eunucos, es uno de los motivos clásicos de la estética orientalista.

martes, 9 de septiembre de 2008

ORIENTALISMO (1)

A Patricia, que me regaló esta deliciosa imagen y que, a océanos de distancia, me reconforta con su amistad



"Dama orientalista" (Dubreuil)


El Orientalismo es, más que un estilo o una escuela, un apasionado interés, no exento de tópicos, por las culturas de Oriente próximo y lejano que surge en los siglos XVIII y XIX. La pintura, la literatura, la música occidentales sucumben ante el misterio, el exotismo y la sensualidad orientales.

Escritores como Flaubert o pintores como Ingres, Delacroix, Gérôme o Fortuny, compositores como Puccini, dejaron constancia de esta fascinación por los temas orientales.

domingo, 7 de septiembre de 2008

SOBRE EDGAR ALLAN POE (2)

Daguerrotipo de Edgar Allan Poe


Poe se casó en secreto con su prima Virginia Clemm, de 13 años,
muerta prematuramente a causa de la tuberculosis


Casa de Poe en el barrio del Bronx de Nueva York

Traslado de los restos de Poe desde el enterramiento inicial al mausoleo

domingo, 31 de agosto de 2008

MONSTRUOS (5)


LA LAMIA

Para Isabel

Es una criatura terrorífica de la tradición grecolatina. Ser nocturno y misterioso, asusta a los niños y seduce a los hombres con su extraordinaria belleza. Se la ha relacionado a veces con Lilith, aunque esta última proviene de la cultura hebrea o mesopotámica. Desde la antigüedad, la Lamia perdura en el folclore actual de numerosos pueblos y aún impregna de terror y deseo nuestras noches.

Sus amores con Zeus le valieron los celos de Hera, quien la transformó en un monstruo y mató a sus hijos. No contenta con el castigo, la diosa madre la condenó a no poder cerrar nunca los ojos, para que jamás pudiera librarse de la terrible imagen de los hijos muertos. Zeus se apiadó de ella y le otorgó el don de extraerse los ojos de cuando en cuando y así descansar.

Pero la Lamia estaba sedienta de venganza. Durante la noche devora a los niños. No en vano las madres griegas y romanas asustaban a sus hijos con este sinestro personaje. Tampoco desaprovecha la ocasión de seducir con sus indudables encantos a los hombres que encuentra a su paso.

John Keats no ha sido el único espíritu romántico atraído por esta adorable al par que terrible vampiresa de la antigüedad.

viernes, 29 de agosto de 2008

MONSTRUOS (4)


LILITH

Su nombre proviene de lil, que en hebreo significa noche. Lilith fue la primera esposa de Adán. Adán y Lilith no tuvieron nunca una relación cordial. Ella era un espíritu libre y no toleraba ciertos roles patiarcales a los que su esposo era adicto. Así pues, abandonó el jardín del Edén para unirse en las orillas del Mar Rojo a una legión de demonios lujuriosos. Ella misma es una diablesa. Se la representa siempre con el aspecto de una mujer seductora y acompañada de una serpiente.

La Vulgata traduce su nombre por Lamia.

A diferencia de Lilith, que fue originada como una igual para Adán, Eva fue creada como un ser inferior y dependiente. Criatura nocturna, mitad mujer mitad demonesa, Lilith es desde hace milenios un símbolo de fascinación, misterio y belleza.

jueves, 28 de agosto de 2008

LOS SARABIA (7 y último)


Caminaba con paso presuroso por una acera estrecha y de piso irregular. Las losas le parecían bonitas, a pesar del dibujo demasiado convencional. A lo mejor era la propia energía que la impulsaba lo que se le antojaba hermoso. También juzgó hermosos los rostros de las amas de casa aún somnolientas, camino del mercado. Y las casitas de aristas dulcificadas por el sol en las afueras de la ciudad. Sí, pensó, la belleza estaba en su mente. No podía ser que la faz del mundo hubiera cambiado de repente de tal modo. Un mundo que ayer mismo era incoloro, mortecino. Qué importaba eso.

Se cruzó con una vecina que la miró llena de curiosidad. Debería haber sentido una especie de vértigo ante el inoportuno encontronazo, pero no fue así. Incluso creyó experimentar una desafiante indiferencia mientras notaba clavados en su espalda aquellos ojos penetrantes y malintencionados. Ya le daba igual. Estaba resuelta a ser feliz.

Había dejado atrás los últimos arrabales. Nunca supuso que existiera algo más allá. Ahora comprendía que era allí precisamente donde todo comenzaba. Siguió una senda que se abría camino a duras penas entre altos matorrales. Las instrucciones de la hojita azul eran claras. En efecto, pronto dejó una pequeña alameda a su izquierda y luego un cortijo a la derecha. Finalmente divisó la granja y el viejo molino.

Cruzó el portón sin llamar y se adentró en un gran patio rematado por una construcción destartalada, parcialmente cubierta de enredadera. Vio también la puerta de cristales y leyó el cartelito clavado sobre ella: Se venden aves de corral.

La mujer tejía en la penumbra. Al abrirse la hoja de la puerta, se arrebujó en las enaguas de la mesa camilla y miró a la muchacha como sin mirarla. Ella dijo un nombre: Rodrigo Sarabia.

—Pase, señorita. La está esperando hace rato.

Siguió el camino que la mujer señalaba con la aguja. A poca distancia se erguía el molino. Buscó una ventana. Allí estaba. Le pareció más maduro, más fuerte, acodado en el alféizar como un castellano tras las almenas de su torre. Sus ojos la llamaban y su risa le brindaba una confianza que tal vez ella no necesitara ya, pero que en cualquier caso agradecía. Se quedó un momento quieta para prolongar un poco más aquel momento feliz ahora que podía. Rodrigo la llamó. Luego cortó unos geranios y dejó caer sobre ella una lluvia de pétalos multicolores.

Nunca había visto antes un molino por dentro. Él la esperaba en una salita acogedora, luminosa, abierta a las cálidas fragancias de la vega. Había una mesa de roble cubierta por un tapetito inmaculado y cuatro sillas de anea. Colgados de la pared se veían algunos aperos de labranza. En el centro de la mesa había un búcaro con un ramillete de violetas.

—Las cogí para ti.

Sobre una repisa, Paula observa la figurita de San Pancracio con su ramita de peregil. Al lado, en una ilógica proximidad, una tosca representa­ción de Brahma. Rodrigo le explica que es el ser primero y creador de todo lo existente. Le explica que sus múltiples rostros y brazos simbolizan su poder organizador del caos.

—Naturalmente no tiene sentido poner a Brahma junto a San Pancracio. Lo pondrían porque les pareció decorativo.

—Sí, es una bobada —dice ella y se ríe.

Él la invita a sentarse.

—Aquí se está bien.

—Sí, se está bien —repite ella.

Él le acerca una silla. Pero Paula no se sienta, sino que lo coge de un puñado y lo abraza como si quisiera partirlo en dos. Luego se pasa una hora mezclando los besos y las protestas, diciéndole ladrón, sinvergüenza, descastado, y también amor mío, cómo has podido vivir tanto tiempo sin mí, si he estado enferma para morirme, que mi hermano me daba por endemo­niada porque no sentía el frío ni el calor, que no sentía ni el dolor de tanto dolerme la soledad, si por poco me encierran donde los locos porque le ponía acíbar en el café y le estropeaba los guisos aposta, y entonces, cuando casi recobro los nervios y vuelvo a sentir los aguijonazos del dolor y los latidos de la vida allá fuera, cuando salgo de los infiernos de la soledad vienes tú y me pones otra cartita en el cartucho del pescado para que el mundo se me caiga encima otra vez, ahora que había vuelto a sentir el calor de la vida y la tibia miseria de no ser nadie, y tú vas y me traes de nuevo la esperanza y unas ganas locas de pasar por encima de todas las prohibiciones humanas y divinas, diantre, y con qué fuerza, que ya no me importa nada un comino, ni siquiera la señora Encarna, la bruja esa que Dios confunda, que me la he encontrado por el camino y me ha mirado con cara de guasa y de aquí te espero, pero ya me da lo mismo porque te tengo otra vez, como si no hubieran pasado tantos días de soledad, tantos.

Rodrigo acariciaba sus cabellos con lentitud, adormecido por una cantinela de reproches que sonaba como la lluvia sobre el sendero ese mismo amanecer, mientras recogía las violetas para ella. Al fin, agotada, Paula estalló en sollozos. El llanto se mezcló luego con las risas, y se unieron por último en un incalculado acto de amor que disipó definitivamente las brumas fantasmales del horizonte.

Aquel día almorzaron un caldo de gallina que a Alberto le supo a manjar olímpico. Mientras degustaba el café, celebró con fervor la ocurrencia de Paula de caminar hasta las afueras de la ciudad para comprar aquel magnífico ejemplar. Él había oído nombrar la granja del molino, pero no se había atrevido a solicitar de su hermana un encargo tan fastidioso. Estaba encantado.

—Hacía mucho tiempo que no probaba nada tan sabroso —declaró satisfecho.

Ella prometió volver con regular frecuencia. Era un largo paseo, pero merecía la pena, dijo. Naturalmente, Paula no pensaba en la calidad de las aves de corral. Lo que la ataba a aquel molino era el apremio de unos labios que repetían su nombre en el umbrío clamor del amanecer, que profanaban el misterio de un cuerpo estremecido mientras los gansos se desgañitaban allá abajo, muy lejos de aquel arrebato parecido a una agonía.

Alberto festejaba aún el guiso y ella sentía crecer en su interior una embriaguez deliciosa que le recordaba los días de las cartitas azules con lazo encarnado. Ahora había otras señales. Los versos habían cedido su lugar a los estragos de la carne. Ya no tenía miedo. Sabía lo que había que hacer.

Al primer encuentro sucedieron otros. Hiciera frío o calor, aquella mujer seguía tejiendo en la trastienda arrebujada en las faldas de la mesa camilla. Saludaba a Paula con un movimiento de la aguja que apuntaba, lo mismo que los deseos de la muchacha, hacia fuera, en dirección al viejo molino abandonado donde aguardaba Rodrigo Sarabia. Luego, una vez más, las urgencias de un cuerpo atormentado por un anhelo imposible.

Desde el molino podía percibirse la honda respiración de la vega aún no contaminada ni mutilada por las devastaciones del progreso. Paula no lograba separar el color verde intenso de los sembrados, el vapor azulado sobre el horizonte, el tono violeta de los últimos picos de la sierra, del recuerdo de aquellas citas más y más frecuentes. Cuando intentaba reconstruir las sensaciones del día anterior en la soledad de la cocina o en la intimidad del retrete, lejos de la mirada posesiva del hermano, sólo conseguía aprehender una imagen caleidoscópica de impresiones visuales, auditivas y olfativas que, lo sabía muy bien, pertenecían a aquel lugar. Difícilmente podía completar en su memoria los rasgos de Rodrigo durante un brevísimo instante, pero recordaba con absoluto rigor el dibujo del tapete de la mesa en que él colocaba cada mañana un ramillete de violetas recién cortadas.

Llegó la primavera. Paula no acertaba a comprender cómo se le había podido pasar inadvertida tanta hermosura, tanta luz, tanta alegría. Antes nunca se había detenido a observar la eclosión de los brotes en los árboles ni el aturdido espectáculo de las flores en los balcones. Hasta en los sermones del domingo, que ahora versaban sobre la pasión, el terrible tormento de la cruz y la resurrección, ella sospechaba una metáfora de su propia vuelta a la vida. ¿No era acaso bello todo aquel dolor, esa exaltación de la tortura en una carne lustrosa, sangrante, exquisitamente policromada? ¿No era bello el sufrimiento resignado de aquellas vírgenes engalanadas como cortesanas? Ella había sorprendido alguna vez las miradas henchidas de sacrílego deseo que les dirigía Alberto. Incluso había percibido un ligero temblor lujurioso en sus pupilas que ahora ella podía reconocer sin vacilación, porque era idéntico al que se asomaba a los ojos de Rodrigo Sarabia cuando rodaban sobre el piso del molino.

La audacia de Paula alcanzaba límites extravagantes. No sólo acudía casi a diario a la granja: se citaban además en la oscuridad de los confesio­narios, en las últimas callejuelas de los más remotos arrabales. Hasta llegaron a entrelazar sus manos en un desfile procesional, mientras Alberto contemplaba con un arrebato de voluptuoso misticismo los pechos de una dolorosa. Sonaba Amarguras, de Font de Anta. A Paula no le importó que algún instrumento desafinara un tanto. En realidad, ella estaba escuchando en ese momento aquella música en un espacio recóndito, propio, íntimamen­te suyo, donde no era concebible ninguna forma de imperfección. Cuando se extinguieron los últimos acordes, Rodrigo ya había retirado su mano de la de ella.

—Qué bonita va —exclamó el hermano con hálito mortecino mientras el palio, meciéndose suavemente, se desdibujaba en un mar de incienso.

Amarguras —silabeó Paula, que seguía escuchando aquella música porque aún conservaba en su mano el calor de la de Rodrigo.

La última vez que Paula se cruzó con la señora Encarna, ésta había exhibido una sonrisa de complicidad que no presagiaba nada bueno. Desde entonces tuvo la impresión de que alguien seguía sus pasos. Y no solamente cuando se adentraba en los insondables laberintos del amanecer para encontrarse con Rodrigo: también en la quietud del zaguán, en la cansina dormivela de las noches de abril o en el aturdido ajetreo de los peroles en la cocina. Con más y más frecuencia sentía a su espalda el escalofrío de una mirada saturada de resentimiento. Era tan dura y cortante como la hoja de aquel cuchillo que se había acostumbrado a llevar siempre consigo. De vez en cuando sentía la necesidad de acariciar la empuñadura, o incluso la desafiante arista de su lengua acerada. Lo oprimía entonces contra el vientre y un placer insospechado embotaba sus sentidos. Se veía a sí misma como aquella dolorosa transida de hirientes puñales, entronizada en virtud del culto al sufrimiento, pero al propio tiempo dueña de su destino, infinitamente libre. Y nimbada por una belleza de otro mundo.

Luego creía que las sombras de la fantasmal persecución se habían desvanecido finalmente, pero de nuevo volvía a notar los ojos acuciantes de perro de presa rastreando sus huellas. Allí estaba aquel cuchillo de cocina con su simbología obscena pero tan real. Ella no sabía para qué, pero allí estaba. O quizá lo sabía demasiado bien. Al fin y al cabo, alguien estrecha­ba el círculo a su alrededor. Debía estar preparada. El simple contacto del arma con su piel bastaba para tranquilizarla.

Alberto parecía ajeno a toda aquella pasión. Nada en su semblante denunciaba la menor preocupación. Últimamente se mostraba más abierto y confiado que nunca. Paula suponía que la causa no era otra que la gratitud de un estómago regalado a conciencia. En efecto, no sólo se prodigaban en la mesa magníficos ejemplares de corral; además, era como si el amor de Paula perfeccionara hasta extremos inauditos la virtud de los guisos, añadiéndoles algo indefinible y sublime. La sobremesa la pasaba el hermano sumido en un sopor arcangélico. Ella no podía evitar una cierta sensación de repugnancia ante su expresión de gratitud infinita. Pero así estaba bien. Era como haber descubierto una poción milagrosa para apaciguar a la fiera.

Una mañana regresaba del molino con un ramillete de violetas y unas perdices. Alberto estaba esperando, en pie ante el hogar, los ojos enrojeci­dos por la ira, tal como ella había imaginado encontrarlo muchas veces. Pálida como un cadáver, Paula mostró con mano temblorosa el paquete con las aves. Él lo tomó y lo arrojó contra la pared con una furia demoníaca. Luego arrancó de su mano el ramito de flores y lo estrujó. Dio un paso adelante con la inseguridad de un borracho que se arrojara a un abismo. De pronto se quedó inmóvil. Paula había sacado del escote aquel cuchillo que llevaba siempre consigo. Sin parpadear, con una serenidad que aterró a Alberto, la muchacha habló deletreando literalmente cada palabra:

—Te juro por todos nuestros muertos, uno por uno, que te voy a hundir este cuchillo hasta el fondo del alma si intentas separarme de Rodrigo. Si me lo quitas cogeré otro, y si me quitas ese otro cogeré otro, y al final acabaré abriéndote en canal cualquier noche mientras duermes.

Mientras decía esto, había ido apretando la hoja del arma contra su pecho y un reguerillo de sangre se escurría ya por el interior del escote. Alberto cayó de rodillas. Imploró a su hermana que cesara de torturarlo, que arrojara por caridad el cuchillo de su pecho sacrosanto y que le permitiera curar aquella herida antes de que fuera demasiado tarde, que él intentaría hacerse a la idea, que tenían que hablar, dijo. Estaba postrado a sus pies, completamente desamparado, tal como ella lo recordaba el día que murieron sus padres en un bombardeo.

Paula sintió una piedad sin límite. Lo levantó y lo arropó con sus brazos. Luego lo meció contra su pecho largo rato. Unas gotas de sangre se deslizaron por las mejillas de Alberto.