viernes, 20 de junio de 2008

LOS SARABIA (3)


Nadie le habría echado cincuenta años. Alto y extremadamente delgado, de ojos melancólicos, tez morena y largos cabellos blancos, aparentaba más bien sesenta y cinco o tal vez más. Sus manos eran largas y huesudas, pero tenían una firmeza que inspiraba confianza. El amplio mostacho, también blanco, ocultaba parcialmente unos labios finos y apretados que dibujaban una mueca dolorosa.

Ese verano se disponía a faltar por primera vez a su cita de todos los años. Sabía que esta vez no podría viajar a la ciudad del Sur. Sabía que Luisa contaría impaciente las semanas y los días para reencontrar aquel amor otoñal que era lo único que les estaba ya permitido. Ella habría perdonado los estragos del tiempo, aquellos síntomas de una decadencia prematura que él conocía perfectamente. No se trataba de eso. Simplemente, él sentía que esta vez no podría hacerlo.

Aunque el calor apretaba ya en esos últimos días de mayo, Gustavo León vestía su invariable terno oscuro. Luisa lo había visto siempre así desde el día en que le anunció que no podía casarse con él. Ella solía decir en broma que parecía un literato romántico, y ciertamente le asistían buenas razones. Según él, gastaba aquel atuendo en señal de luto por sus amores malhadados.

Gustavo León compró la casa para Luisa aun cuando había perdido toda esperanza de que ella aceptara ir a Barcelona con él. Había tenido en cuenta hasta el más pequeño detalle, pensando siempre en ella. Situada en las afueras de la ciudad, estaba rodeada de un jardín donde crecían las plantas predilectas de Luisa. En el salón había un hermoso Pleyel con los Nocturnos de Chopin en el atril. También una chimenea y dos mecedoras, porque ella le confesó una vez que le gustaría leer a Balzac junto a un buen fuego, en voz alta, para él. En el piso superior había hecho construir un gabinete que reproducía exactamente el cuarto de Luisa en la casa de sus padres. No vaya a echarlo luego de menos, decía. Tampoco faltaba la habitación de doña Concepción Alfaro, madre de la muchacha y viuda del capitán de navío don Fulgencio Pertíñez. Esta pieza había perdido toda utilidad tras el fallecimiento de aquélla, pero Gustavo León no quiso asignarle a pesar de todo otra función.

Recorrió una vez más las habitaciones en penumbra. Le gustaba hacerlo así porque entonces podía imaginar que no estaba solo. El aire sofocante de la tarde y el intenso aroma de las primeras rosas le produjeron una sensación de ahogo. Tuvo que sentarse en un diván y aflojar el nudo de la corbata.

El doctor Gustavo León gozaba de una excelente y merecida reputación. Sus pacientes le atribuían cierta fuerza carismática ante el sufrimiento. Sus manos transmitían confianza y optimismo incluso a los desesperados. Algunos le consideraban un santo que había recibido el don de sanar por amor. Su mirada, el contacto de sus manos, la fuerza de aquellos labios finísimos y apretados con inusitada energía bastaban para reconfortar a muchos. Había ganado mucho dinero con su trabajo, pero, a excepción de lo que invirtió en aquella casa, siempre vivió de forma austera. Se levantaba antes del alba, se aseaba, tomaba un café de cebada sin azúcar y se marchaba a pie, lloviera o nevara, hasta su consulta. Trabajaba sin interrupción hasta la noche. A las ocho en punto regresaba y tomaba una cena frugal. Luego vagabundeaba a oscuras por la casa hasta muy entrada la madrugada. Apenas dormía un par de horas.

Últimamente se mostraba más pensativo que de costumbre. Le daba por cavilar sobre la posible utilidad de su vida. A los ojos de sus pacientes era una eminencia, incluso un hombre santo, pero él sólo encontraba alguna justificación a su existencia a través del recuerdo de Luisa. Rememoraba la vida como algo bello a causa de ella. Un hada que abrillantaba con frenesí la cubertería familiar y tocaba a Chopin al atardecer. Seguramente el mundo no la merecía, pero ella había nacido para transfigurar el mundo con su sola presencia. Así había de sentirlo muchos años después Rodrigo Sarabia.

Gustavo León sabía mejor que nadie dónde se escondía el mal. Sabía que no había otra salida sino convivir con él en silencio. El mal tenía otros nombres horribles, pero él prefería llamarlo soledad. Los calmantes le ayudaban a soportar en secreto el dolor. Un colega lo descubrió. Le rogó que se sometiera a tratamiento, pero él se negó en absoluto.

—¿Para qué? —repetía—. Esto ya no tiene arreglo. No es más que soledad. Y la soledad no tiene remedio. Al menos para mí.

Ninguna razón valió para hacerle cambiar de idea. El tumor evolucionó rápidamente. Él siguió atendiendo su consulta como si nada hubiera cambiado.

—Este mal ya es antiguo —se decía.

Sus pacientes comentaban cuánto había envejecido el doctor Gustavo León en unos pocos meses. Alguna vez actuaba de forma extraña. Le sucedía con frecuencia que no podía contener las lágrimas cuando le describían los síntomas de una dolencia sin importancia. En varias ocasiones, finalizada una visita, sacó la billetera y entregó al aturdido paciente los honorarios de la consulta. También solía pedir consejo a sus enfermos para combatir los embates de la melancolía. Estas extravagancias no hacían más que reafirmar a las gentes en su fervor hacia el singular médico.

En lo hondo del silencio de la madrugada, paseaba aún los corredores, las estancias sombrías, las alacenas vacías hasta la desesperación de aquella casa que nunca habría de cobijar sus amores otoñales. Acarició con la ternura de una despedida las mecedoras que se balanceaban ante el hogar apagado y que él, sin embargo, escuchaba crepitar. Luego se dirigió al gabinete que replicaba hasta el más insignificante detalle el de Luisa, allá en su ciudad del Sur. Allí quiso aguardar el fin. Allí pudo hablarle de tú a tú a aquello que se había ido desarrollando en su interior, que era como él y más fuerte que él, increparle por sus verdaderos y horribles nombres, que no eran soledad como él había fingido hasta entonces.

Seguramente no supo siquiera cuándo llegó el momento. Habituado a vagar a oscuras por aquella casa, tal vez siguió haciéndolo por la fuerza de la costumbre hasta la eternidad.

miércoles, 18 de junio de 2008

EL PRERRAFAELISMO (2)

JOHN EVERETT MILLAIS (1829-1896)
"Cristo en casa de sus Padres"
Este cuadro provocó en 1850 un notable escándalo al representar de modo realista a la Sagrada Familia en un ambiente proletario.


JOHN EVERETT MILLAIS (1829-1896)
"Lorenzo e Isabella"


JOHN EVERETT MILLAIS (1829-1896)
"Ofelia"

GRANADA LA BELLA (3)



LA CARRERA DEL DARRO


A la vera del río Darro, esta incomparable calle nos invita a caminar desde la Plaza Nueva hasta el paseo de los Tristes y la cuesta del Chapiz. Sin duda este serpenteante y monumental itinerario, que tiene por cielo la fortaleza nararita y por base la corriente poética del río Darro (antes llamado Dauro), debió excitar la fantasía de los viajeros románticos que visitaron la ciudad en el siglo XIX.

El trazado original fue modificado en el siglo XVII, debido a la explosión de un polvorín. El resultado es digno de los mejores versos. La bella iglesia mudéjar de San Gil y Santa Ana, que viene a ser el pórtico de entrada a esta singular calle (y que deja al descubierto el río, embovedado bajo la ciudad desde el Humilladero hasta la misma Carrera del Darro), la bellísima cuesta de Santa Inés, las ruinas del puente del Cadí, la iglesia de San Pedro y San Pablo, los baños árabes, los conventos de Santa Catalina de Zafra y San Bernardo, la maravillosa e irreal casa de Castril, edificada en 1539 por los herederos de Fernando de Zafra, secretario de los Reyes Católicos, y que actualmente es sede del Museo Arqueológico...

"El río Darro a su paso por Granada" (David Roberts)

GRANADA LA BELLA (2)



EL PASEO DE LOS TRISTES


Es uno de los lugares más encantadores de la ciudad. Situado a los pies del majestuoso palacio de la Alhambra, se extiende a lo largo del río Darro, desde la casa de las Chirimías (de lejanos ecos musicales) hasta el comienzo del camino por el que se accede a la celebrada fuente del Avellano, en torno a la cual creó Ángel Ganivet su tertulia literaria.

Está limitado por dos puentes: el de las Chirimías y el del Aljibillo. Fue remodelado en 1609, época de la que data la fuente que lo adorna.

Al parecer, el origen del romántico nombre de este paseo se debe a que constituía un lugar de paso obligado para los cortejos fúnebres en su camino de ascenso al cementerio por la cuesta de los Chinos. (Téngase en cuenta que el camposanto granadino se encuentra situado por encima de los jardines del Generalife.)

domingo, 15 de junio de 2008

EL PRERRAFAELISMO (1)

La Pre-Raphaelite Brotherhood, creada en Londres en 1848, reunió a un grupo de artistas (pintores, poetas y críticos de arte) que dejarían sentir su influencia, especialmente en la pintura inglesa, hasta el siglo siguiente.


Opuestos al estilo academicista de la época, pretendían una vuelta al estilo pictórico renacentista anterior a Rafael (Fra Angelico, Giotto) y utilizaron una técnica precisa que refleja la realidad con minuciosidad asombrosa. Gustaron plasmar temas mitológicos, legendarios y religiosos, siempre rodeados de una exquisita aura de misterio.


JOHN COLLIER (1850-1934)
"Lady Godiva"




JOHN COLLIER (1850-1934)
"Pharaohs Handmaidens"



GRANADA LA BELLA (1)



LA CALLE MESONES

Situada en el antiguo barrio de Bibarrambla, albergaba la Alhóndiga Zaida, construida en 1498 sobre un edificio nazarí. En el siglo XIX fue remodalada. Actualmente es una de las arterias comerciales más bellas de la ciudad. Se extiende desde Puerta Real hasta la plaza de la Trinidad, junto a la catedral.




TRANVÍAS

Este entrañable medio de comunicación comienza a proyectarse en Granada en los últimos años del siglo XIX. En los albores del siglo XX se constituye la compañía Tranvías Eléctricos de Granada (TEG). La primera línea se inauguró el 7 de julio de 1904, y cubría el trayecto Cocheras, Puerta Real, Paseo de La Bomba, Puerta Real, Plaza Nueva.
A los pocos años fue inaugurada una línea que conectaba el centro de la ciudad y la Alhambra con un peculiar "sistema de cremallera".
Entre 1960 y 1968 los románticos tranvías dejaron de recorrer la ciudad.

sábado, 14 de junio de 2008

NANA

"La maternidad " (Gustav Klimt)





Duerme, niña, que ya viene
un caballito que vuela
entre nubes de algodón
y lindos barcos de vela.

Duerme, niña, que ya viene,
con blancas alas de seda,
un querubín sonrosado
jugando con las estrellas.

Duerme, niña, que ya viene.
Duerme, niña, que ya llega.
Ea, mi niña, ea.