jueves, 31 de julio de 2008

EL TORO Y LA NIÑA

(Ilustración: Silvia Padín Barca)

A Silvia con cariño

Negra testuz poderosa
se adivina entre las sombras.
Jaras de miel y romero
son paisaje de su sueño
mientras la luna dormida
bosteza en balcón de cielo.

La niña vistiendo nieblas
de norte en su tibio pelo
al toro mira en silencio,
y el toro mira a la niña
con ojos de niño bueno.

Lirios de azul madrugada
son escarcha de sus astas
mientras la niña, entre besos,
oprime contra su pecho
una muñeca gastada.

Niño chico despechado,
arrinconado en la plaza,
el toro apura su pena
negra como el agua, negra,
bordada en antigua plata.

Perdido en su abismo negro,
sueña con lejanas playas
donde vaporosas hadas
tejen ensalmos de enebro
con helechos y con algas.

La niña su mano tiende,
blanca de luna sin tiempo,
y sus ojos, laberinto
de alhelíes y de nardos,
un paraíso prometen
de atardeceres morados.

Se aleja con paso quedo
la niña color de niebla,
color violeta su pelo,
y el horizonte se puebla
de luciérnagas y besos.

SOBRE EDGAR ALLAN POE (1)

Retrato de Edgar Allan Poe



Grabados de Gustave Doré para la edición de 1884 de The Raven

miércoles, 30 de julio de 2008

ALPHABETI ULTIMA LITTERA


Nous conduisons la grande dance,
La seule où chacun ait son tour,
Et nul ne peut, tant soit-il lourd,
Ne suivre pas nostre cadance.

Sí. Hoy he sabido que mi vuelta en la danza está más próxima de lo que imaginaba. No tengo miedo. Desde la ventana puedo ver, abajo en la calle, los signos de la vida: vehículos relucientes como luciérnagas, amas de casa que regresan de la compra, muchachas sonrientes, saludables, que dentro de pocos años serán tal vez madres o amantes, eficientes doctoras, qué sé yo. Lo miro desde mi habitación de hospital. Pienso que me gustaría abrir la ventana, notar el aire fresco otra vez, el sol.

El médico vino hoy más temprano que de costumbre. No había reparado antes en lo mucho que se parece a mí mismo cuando todavía era joven. Me miró desde detrás de sus lentes de concha de tal modo que no hicieron falta las palabras. Luego hizo un comentario trivial. No le presté atención. Creo que esperaba que yo respondiera algo. No estoy seguro. Ahora pienso que debería haber contestado. Antes no me preocupaban esas cosas. La enfermedad ha exacerbado mi sensibilidad. En fin, eso ya no tiene remedio.

Ayer no recibí visitas. Francamente, me alegré de que así fuera. Tenía dolor de cabeza y era agradable permanecer acomodado en la butaca sin tener que hablar, sin tener que responder, sin tener que pensar siquiera, mirando sencillamente las cosas tras el cristal de la ventana.

He dejado de escribir en el diario. Para qué. No creo que tenga sentido. Nadie puede comprender lo que yo siento. No se puede comunicar el dolor, el miedo, la rabia. Además, siempre me pareció un poco obsceno transmitir mis sentimientos, convertirlos en espectáculo, arroparlos incluso con las ridículas galas de la poesía. Ya de pequeño me lo decían. Este niño es demasiado introvertido. Se lo guarda todo dentro. Y eso no es bueno. A lo mejor no. De todas formas, cada uno es como es. Y no creo que el mal me haya ganado la partida por eso. No. No tiene nada que ver.

Ya se escucha acercarse por el pasillo el carrito con la merienda. La enfermera es muy simpática. Es la única persona que me sigue tratando igual que antes de los resultados. Por eso espero este momento con algo parecido a la ilusión. Desde el primer chirrido amortiguado, muy lejos, en el ala opuesta de la planta, hasta que se abra la puerta de mi habitación, transcurre media hora. Minuto más o menos. El café es muy malo, pero da igual. No es más que café.

Así pues, me quedan aún treinta minutos de silencio, de blanda soledad. Es agradable porque sé que, transcurrido ese modesto lapso de tiempo, ella girará el pomo de la puerta y entrará con la bandeja de la merienda. Me mirará a los ojos como a un amigo, como a un compañero, como a una persona. No como a un enfermo terminal.


Certum est quod morieris, et incertum
quando aut quomodo aut ubi, quoniam
ubique te mors expectat.

A esta hora la penumbra invade la habitación y llena el aire de una extraña complicidad. Hace calor, la calefacción está siempre demasiado fuerte. Sin embargo, se adivina un frío cortante en la calle.

Recuerdo que hace unas semanas miraba la cartelera de espectáculos en un diario y pensé que quería ver cierta película. La crítica era alentadora. Pensé que era mejor esperar un poco para no tener que soportar las colas en la taquilla. Entonces no me parecía un problema. Sólo tenía que aguardar. Creía disponer de un tiempo ilimitado para ir al cine, para pasear, para visitar un monumento que me espera desde hace muchos siglos, que seguramente ya no podré ver nunca.

Por extraño que parezca, ahora me siento como si acabara de nacer. No quiero acordarme de los años que se fueron. En realidad es como si sólo hubieran pasado unos pocos minutos de existencia. Apenas puedo recordar más de cuatro o cinco atardeceres contando el de hoy. Apenas conservo la imagen de un cielo estrellado en una noche de agosto. Apenas unos ojos quietos en los míos. No. Los números no me sirven para comprender lo que he dejado atrás. Tengo la impresión de que hablar de veinte años es caer en las trampas de la memoria, dejarse llevar por una corriente plácida, engañosa. No ha podido pasar tanto tiempo. ¿O sí? A lo mejor es que no estoy dispuesto a echar cuenta de nada. Qué más da. Al fin y al cabo estoy en mi derecho. Sólo sé que moriré. Lo demás es retórica.


Ce sera ton ultime ivresse,
L'ivresse du vin de la Mort.


Siempre hace demasiado calor. Anoche tuve fiebre. Una enfermera pinchó en la goma del suero una jeringuilla. No tardé en quedarme dormido. En mis sueños veo un muro construido con enormes bloques de granito. Puedo moverlos con gran facilidad, como si no pesaran nada. Caen lentamente uno tras otro. Pero en ese instante comprendo que realmente son pesadísimos. No puedo dejar de mover aquellos bloques ciclópeos. Siento una angustia infinita. Por fin no es preciso ningún esfuerzo, ni siquiera el contacto de mis manos. Los cubos se precipitan entonces impulsados tan sólo por mi pensamiento.

Cuando era pequeño y caía enfermo, me sucedía algo parecido. A lo mejor eran esferas en lugar de bloques cúbicos. Esferas gigantescas que resbalaban por una pendiente y se acumulaban, una sobre otra, formando una espantosa muralla que me oprimía el pecho y me golpeaba las sienes hasta que la fiebre remitía.

Ahora me parece que aquello era como una borrachera. También lo de anoche. Como un veneno dulzón que adormeciera los sentidos despacio, muy despacio, quizá para siempre. Lo podía sentir: notaba cómo se deslizaba cada gota a través del tubo y entraba en las venas. Yo no podía hacer nada. No podía detener la caída de los bloques sobre mis párpados semicerrados. ¿O eran esferas?


Alphabeti ultima littera


Hoy he escrito una carta importante. No quiero marcharme sin dejar resueltos mis asuntos. Nada importante, pero hay que cuidar los gestos. Después de todo, los demás lo merecen. Cuando he escrito la última letra sobre el papel con la estilográfica que ella me regaló por nuestro aniver­sario, he experimentado una paz infinita. Ahora todo está en orden.

El doctor ha vuelto esta mañana. Me ha dicho que me envía a casa. En su voz no había jovialidad. En realidad era la misma voz de siempre, fría, carente de modulación y de sentimiento. Yo he escuchado en silencio. Sé exactamente lo que significa esa decisión.

Le enfermera que me sirve la merienda cada tarde se ha entretenido hoy algo más de lo habitual. Sólo entonces me he percatado de que en mi taza había un excelente café de Colombia. Se me han saltado las lágrimas. A ella también. Entonces he recuperado durante unos minutos una imagen que daba por perdida en los sótanos de la memoria. Con creciente nitidez se han reconstruido sobre un escenario de naufragio el viejo aparador con su gran espejo sobre la piedra de mármol, las pobres sillas de anea, el quicio de la puerta sin puerta, tan sólo una humilde cortina, la ventana sobre el ala del tejado cubierto de jaramagos. También las lluvias torrenciales de aquellos tiempos. Y la imagen de una mujer reflejada en la luna del mueble renegrido. Era hermosa. Muy hermosa. Entonces, mirando a aquella enfermera que perdía un poco de su valioso tiempo conmigo, que me traía un café que era un pequeño milagro en aquella triste sala de hospital, he comprendido que esta mujer era de algún modo aquella otra que mi memoria conservó inmovilizada frente a un espejo antiquísimo.

No tengo prisa. Pronto regresaré a casa. Será grato reconocer de nuevo los ángulos familiares de los objetos, los mandos de los grifos, los brazos del sillón, los pomos de las puertas. Será grato volver aunque sólo sea por algún tiempo. Después de todo, cualquier espacio de tiempo es una forma de eternidad. Ahora lo sé. Debo aprender a respirar otra vez, sin urgencias, sin angustia. Cada cosa sigue su camino. Yo también.

Llueve. Yo había olvidado casi la lluvia. Y es hermosa. Hace muchos años era un fenómeno relacionado con relatos sobrenaturales. Luego es como si hubiera olvidado que puede llover así, igual que ahora lo hace, a raudales, horas y horas. Lluvia, la de entonces. Como cuando la riada reventó los puentes y se los llevó en volandas en busca de un mar tan lejano. Hubo después una época en que llovía todas las tardes. A las cinco en punto. Bueno, más o menos. Entonces el mundo era distinto. Más grande, más limpio. A lo mejor por la lluvia. Uno podía sentarse por la noche en el escalón de la puerta para conversar con la gente. Se compartía todo: la alegría, el dolor, el misterio, la ilusión. Para bien, para mal, no se estaba solo. Luego se acabó. Llegó la sequía y con ella la desolación. Las calles antiguas se despoblaron para siempre. Los niños se hicieron mayores y olvidaron. En los escalones creció la hierba y las piedras que el uso no había desmoronado fueron reducidas al polvo por la soledad. No, ya nada es igual.

Esto no es un ejercicio deliberado de nostalgia. Viene a propósito de la lluvia que sigue cayendo afuera. Que seguirá cayendo seguramente toda la noche. O lo que es lo mismo, que seguirá cayendo por toda la eternidad.

domingo, 27 de julio de 2008

EL SUEÑO DE LAS ESTATUAS


Eternos seres que, ciegos, nos miráis
desde imponentes pedestales:
yo sé que en secreto aguardáis
un momento tan sólo, un segundo,
un descuido de una pupila fatigada,
para atraparnos en vuestro sueño de piedra.

Frías son las manos, fríos los torsos,
bellos cuerpos de mármol
en los que no anida el deseo;
fríos vuestros labios sin odio,
vuestros fríos sexos sin rubor entregados.

Yo lo sé: bastaría un instante,
un momento de dolor y de rabia,
bastaría un beso de sierpes corrompido,
y nuestros cuerpos encontrarían su frío,
fieles compañeros de un mineral sueño.

CÓRDOBA


Otra vez mis ojos te encuentran,
honda ciudad del misterio,
vetusto altar que algún dios profanara
entre inciensos y lutos.

Orgulloso emblema de glorias pasadas,
tus torres, tu aljama, aún sueñan dormidas
como tus patios sueñan:
geométrica luz del jazmín y el nardo.

Ciudad para la noche nacida,
armónico universo de los tres nombres
que cada poniente repite su leyenda.

Ciudad del edén,
dulce fue tu boca para los hombres sabios,
para los piadosos que conocen las tres palabras.

Ciudad suspendida en el centro de su cielo,
favorita de un rey melancólico:
oscuros son tus besos como oscuros tus ojos,
ciudad lejana, imposible.

viernes, 25 de julio de 2008

MARINA


La noche cae, azul sobre azul,
telón irrepetible adivinado por el genio.
Lejos, muy lejos, el muelle:
apenas una mancha de color imposible
y unas levísimas luces bermellón.

Sólo.
La mano vio lo que el ojo no viera,
lo que acaso no existía,
vana y sentimental locura.
Ebria de poder, elaboró el concepto,
lo dominó de tal modo
que era en todo igual a sí misma.

La noche allá fuera caía,
azul sobre azul, devorada por sus sombras.
Pero la mano había visto, y sabía.

Hermosa y fría, contemplad la marina,
testigo mudo de un gozoso instante
de destrucción o amor, de vida.

jueves, 24 de julio de 2008

PAISAJE CON FIGURAS ROMÁNTICAS


El altísimo risco se agita,
se eleva majestuoso en el fragor de la noche
azotado por implacable vendaval.

No hay colores, ni formas:
la oscuridad absoluta de la nada,
brutalmente empujada por el torbellino,
se convulsiona en una danza infernal.

Arriba, hondísimo, sagrado,
un enlutado manto cuajado de luciérnagas,
bóveda más grande cuanto que se niega su dios,
espejismo de alucinados luceros interrogantes.

La noche guarda jirones de espirituales tragedias,
sí, bien lo sé hoy, aquí,
asomado al brocal de un pozo negro e infinito
que invita a la destrucción, al gozo.

Más acá, resguardado a medias de los furiosos elementos,
se yergue el árbol gigantesco,
apacible refugio para un espíritu turbado.

Pobres siniestros personajes
que vagáis arrastrados por la ventisca:
bien comprendo hoy, aquí,
la angustiosa dulzura de vuestros versos sepulcrales.

viernes, 18 de julio de 2008

EL PRERRAFAELISMO (3)

JOHN WILLIAM WATERHOUSE (1849-1917)

"The Lady of Shallot"

Nacido en Roma, aunque educado en Inglaterra, Waterhouse evoluciona a lo largo de su carrera desde el neoclasicismo al impresionismo. Una parte importante de su producción se identifica con los ideales estéticos del prerrafaelismo. Su amor por Italia y la cultura clásica son patentes en su obra.


JOHN WILLIAM WATERHOUSE (1849-1917)

"The Decameron"





martes, 15 de julio de 2008

INGE


Como quiera que aún hoy ignoro su nombre, la llamaré Inge. En todo caso, eso carece de importancia.

Ese día me había despertado con un fuerte dolor de cabeza, causado según todos los indicios por mi compañía de la noche anterior: un astuto profesor alemán que nunca llegó a distinguir perfectamente la tarea del escritor y la del crítico. No será preciso aclarar que la confusión me martirizaba. Desde luego, me resistía a ser comparado con un destripatextos cualquiera. Pero la extraordinaria energía de mi contrincante era superior, acaso por su testarudez teutónica.

Durante el desayuno, aún me atormentaba la conversación sostenida con el inflexible profesor. Pero no estaba dispuesto a dejarme obsesionar. Así pues, planeé con minuciosidad una sutil venganza, lo que encontré más práctico. En principio no acudiría al almuerzo con herr Ziegler. Otro día faltaría a una cena. Posteriormente le negaría el saludo y, por último, le manifestaría todo mi desprecio.

Sería media mañana cuando salí del hotel para dar un paseo por las calles de Lucerna, donde descansaba cada año. Yo conocía la ciudad desde mis tiempos de adolescente. Ya entonces la adoraba. Pero en aquellos días lejanos no era más que un joven debilucho, uno de esos muchachos desagradables que cifran todas sus aspiraciones en convertirse en laureados poetas, malgastando en ello sus escasas energías.

Experimenté de pronto algo parecido a la nostalgia. Quién sabe por qué. Tal vez me enterneció recordar mi imagen de joven quejumbroso y elegíaco. Un rato después descubrí que me hallaba junto a la casa-museo de Wagner.

Mientras estudiaba los manuscritos a través de las vitrinas y observaba con curiosidad la colección de instrumentos musicales, reparé en una joven. Debería ser suiza, pensé. Y sin embargo estoy seguro de que es alemana. Como si ella hubiera captado mi atención —y a pesar de que me limité a mirarla discretamente—, se acercó.

—No le diré mi nombre, pero puede llamarme Inge.

—¿Alemana?

—En efecto.

Sonrió por vez primera y decidí presentarme.

—Yo sí le diré mi nombre, si me permite.

—Lo sé —me detuvo.

—No entiendo —casi protesté.

Es todo cuanto recuerdo de nuestro primer encuentro.

Siempre he detestado a los espíritus contemplativos. Resulta fácil imaginar que el persistente herr Ziegler era uno de ellos. No he tenido ocasión de comprobarlo, pero juraría que era de esos hombres que dedican la mitad de su vida a reflexionar sobre la existencia y la otra mitad a meditar sobre la muerte, lo cual es sin duda menos ilustrativo —y acaso menos honesto— que limitarse a vivir. Pero los contemplativos carecen frecuentemente de sentido común y no se exceden en cortesías. En cualquier caso, son maestros de la perseverancia y la contumacia.

Cuando llegué al hotel, ya por la tarde, me sentí herido por una desagradable visión: el profesor me aguardaba en el hall. Le odié intensamente y su corbata de lazo me pareció más ridícula que nunca. Pero lo que me excitó de modo particular fue su actitud. No estaba irritado conmigo en absoluto, ni se mostraba ofendido porque yo hubiera faltado al almuerzo. Se limitó a estrechar mi mano cordialmente y toda su protesta consistió en decir, con un amago imperceptible de ironía:

—He tenido que almorzar solo. Pero espero que me acompañará a tomar el café.

Fue un monólogo interminable. Mi ira, en cambio, desapareció inesperadamente, al tiempo que reconstruía la curiosa escena de la casa-museo de Wagner. Ya no escuchaba las palabras del profesor. Por mi mente sólo vagaba el recuerdo de Inge... No se llamaba así en realidad. ¿Qué importaba eso? Pero, ¿por qué no permitió que me presentara? ¿Acaso conocía ella mi nombre? Probablemente no. El tono seguro en que se expresó me inspiró un temor absurdo. Intuí, no sin simpleza, que jamás la poseería por completo.

No consigo recordar con exactitud cómo se produjo nuestro segundo encuentro. Bastará afirmar que debió ocurrir en una de mis habituales huidas del profesor Ziegler, cuya absoluta incapacidad de encolerizarse me perturbaba cada día más.

Había pensado tanto en Inge, que nada me impidió confesarle mi amor con toda familiaridad. Ella guardó silencio durante unos minutos y al fin sonrió con tristeza. Comprendí que no debía insistir. Ella me amaría desde ese momento, me entregaría un cuerpo que yo había descubierto y amado mucho tiempo atrás, antes quizá de la adolescencia. Pero se me imponía tácitamente una condición: no habría de nombrar nunca mi amor; guardaría silencio ante lo innombrable. De infringir la norma, adivinaba en sus ojos que se alejaría de mi lado para siempre.

En lo sucesivo, nuestros encuentros se hicieron más frecuentes. Nos veíamos de forma casual, no obstante. No intenté en ningún momento sustituir la coincidencia por la premeditación, pues sabía que era otra de las condiciones.

Sería inútil describir su voz, sus ojos, su cuerpo esbelto apropiándose de mi alma. Algún tiempo después de perderla me propuse hacerlo en unos versos no muy afortunados. Nunca más habría de repetir la experiencia. Tampoco lo intentaré ahora.


Sucedió una tarde, en los primeros días de septiembre. Me inquietaba la idea del regreso, mas nada dije. Habíamos recorrido las calles de la ciudad una vez más. Como siempre, nos dirigimos a su apartamento. Inge se enfadó —aún ignoro por qué— y estudiaba con terquedad el dibujo de la alfombra. Yo escuchaba, en silencio también, una sinfonía de Haydn. Ya me marchaba cuando ella me dirigió aquella terrible mirada. Al principio creí que podría resistir. Pero una fuerza desconocida me arrastró hacia ella y habló por mí. Con creciente desazón, me escuché a mí mismo repitiendo la fórmula imposible. Bien sabía que era el final. Nada respondió. Sus ojos revelaron, primero, curiosidad y extrañeza; por último, un lejano sufrimiento.

No volví a ver a Inge. Hoy me pregunto si alguna vez llegué a conocerla.

jueves, 10 de julio de 2008

LA CRUZ DEL SUR (FRAGMENTOS)


JULIA. Madre...
MADRE. (Desabrida.) ¿Qué?
JULIA. Soy yo, madre. ¿No se acuerda?
MADRE. (Dura.) No.
JULIA. Yo soy también su hija.
MADRE. (Socarrona.) Pero menos.
JULIA. (Se acerca a MADRE y la besa efusivamente.) ¿Menos? ¿Menos, dice?
MADRE. ¡Déjame! ¡Déjame! Que no dejáis a una atender sus obligaciones. (Arreglándose el pelo.) Ya está bien de zarandajas. ¿Qué iba a ser de esta casa si yo os consintiera a cada uno campar por vuestros respetos? ¡Virgen santa, y cuánta cortesana con su flor de loto allí mismo! ¡Ave María purísima! ¡Cuánta puta en una casa tan noble! (Sale persignándose.) ¡Atrás, Satanás! ¡Por los clavos de Cristo, amén!

(...)

MADRE. Calle, mesonero. (Aparte, a CÉSAR.) ¿Usted ha visto? (CÉSAR hace un gesto de complicidad. La anciana sigue comiendo.) Algún tiempo después sucedió algo grande. El caso es que se fueron todos los hombres. Ahora no puedo recordar bien. ¿Adónde se fueron? ¡Ah, sí! Se fueron a la mar. (Deja de comer y continúa hablando como para sí.) Se fueron todos. Maridos, hijos, sobrinos. ¡Todos! Yo no sé lo que buscaban. ¡Tantas aguas! ¡Tantas! (Sollozando.) ¡Y qué sola me dejaron! Una, pobre monja sin fortuna, aquí, en La Cruz del Sur. (Evocadora.) La Cruz del Sur. Qué hermoso nombre para una taberna. (Confusa.) Porque esto ya había dejado de ser convento, me parece. Sí, eso creo. Y mientras, una tan sola, en estos páramos desolados. Hubo un tiempo en que volvían. Siempre volvían. Hasta que una vez se fueron y ya no volvieron nunca más.

(...)

MADRE. Sí, es verdad. La mar. ¡Qué ancha, qué azul! (La escena se ilumina de nuevo gradualmente y adquiere tonos de una blancura hiriente.) La mar... ¡Cuántos pececitos! Y la espuma chocando una y otra vez contra las arenas menudas. Y el ruido de las olas, que la dejaba a una sorda o alelada, qué sé yo. Olalla, ¿tú te acuerdas de los barquitos de vela? ¿Te acuerdas de los pescadores, con sus alpargatas, sus gorras de color añil y sus ojazos ebrios de tanta mar? (OLALLA se acerca a MADRE e inclina la cabeza sobre su regazo.) ¡Qué guapos eran, niña! Al despuntar el día sacaban sus redes cargadas de vida marina olorosa, centelleante... Yo bajaba a la playa sólo por verlos. Y ellos me miraban sosteniendo sus redes como gladiadores en mitad del circo. Me prometían tantas cosas... ¿No te acuerdas de sus miradas? (OLALLA afirma con un gesto leve. Las facciones de MADRE se endurecen.) Y un buen día, se acabó. Supongo que se los tragó la mar, cualquiera sabe. Lo único que yo sé es que nunca más volvieron a vender su pescado en la playa. Y luego se llevaron la mar a algún lugar y sólo quedaron estas cuatro paredes. La Cruz del Sur. Y un páramo desolado, seco, estéril. Como esta pobre madre sin hijos.

sábado, 5 de julio de 2008

KV 282


Umbroso bosque de gráciles criaturas
donde se mecen plácidas las horas.
Armoniosos, los céfiros modulan
exquisitas razones turbadoras.

Laureles soñadores se estremecen
en la voluptuosa siesta de los faunos.
Mientras, el sol detiene su carroza
para admirar las gracias inmortales.

Nadie apura un verso, una cadencia,
por temor a que los dioses callen.
Los mirtos respiran y los sauces,
en la afortunada tarde del parnaso.

miércoles, 2 de julio de 2008

LOS TRENES DE LA NOCHE



El viejo se caló la gorra y entornó los ojos. Aún no se escuchaba el bramido del Estrella de Andalucía, pero a él no le hacían falta pruebas para presentir su llegada. Hoy no traía retraso. Como debe ser, pensó con orgullo. Toda su vida había transcurrido en aquel humilde apeadero. No había más mundo para él que las lomas plateadas de los olivares y la sierra allá al fondo. El resto era como un mal sueño.

Abrió los ojos. El tibio sol de febrero a duras penas hacía llevadero aquel ventarrón helado. Miró una vez más los raíles. Él había visto los rostros expectantes de los viajeros en trenes insomnes en la madrugada. Trenes que se alejaban como una exhalación, dejando atrás las pupilas ensimismadas del viejo para adentrarse en la noche y confundirse con su oscura materia. También las caras sonrientes, ilusionadas, de los niños en las mañanas de junio. Y aquella hermosa muchacha que lo miró un día diciendo adiós con su manita, cuando también él era un crío, y se le quedó clavada en el alma para siempre jamás. Él había visto. Pero su lugar estaba allí. Bien lo sabía. Alguien tiene que velar en la noche, se decía.

En su infancia de niño pobre, Julián sentía pena de los chicos que pedían para Reyes un tren de juguete. Él nunca tuvo juguetes. A cambio, tenía todos los trenes del mundo. Y de verdad. Trenes que aullaban en el silencio de la siesta, que partían en dos el aire perfumado de tomillo, de romero y de espliego. Enormes locomotoras semejantes a animales prehistóricos que él había visto envejecer con los años. Poderosas máquinas capaces de arrancar una catedral de sus cimientos.

Su padre le enseñó todo cuanto sabía. Pronto aprendió a reconocer las señales, a manejar banderas y lámparas, a cambiar las agujas. Se familiarizó con los horarios y los silenciosos gestos de los maquinistas. Se habituó a dormitar sin dejar de atender sus obligaciones, los ojos entornados y el oído atento.

Julián había oído decir que las gentes solían llorar al despedirse en las estaciones. Se lo contó una vez un viajero que naufragó en aquellos parajes. Con ojos de chucho extraviado, preguntó si había alguna pensión cerca. Como si allí hubiera otra cosa que olivos y jaras.

—No se preocupe —dijo Julián—. Puede usted pasar aquí la noche. No le ha de faltar cama ni lumbre.

A la mañana siguiente tomó el expreso. El Estrella de Andalucía.

—En fin, usted verá qué dirección le conviene seguir luego.

—Da igual —replicó el hombre—. En realidad no voy a ninguna parte.

Julián había visto muchos hombres como aquel. Un buen día emprendían el camino como embobados y ya no se apeaban nunca más. Todos los hombres necesitan un cobijo, un horizonte, se decía. El suyo estaba allí. Eso lo sabía sobre todo las noches de invierno, cuando escuchaba el agudo azote del viento contra los postigos. El viajero le había preguntado cómo se las arreglaba para soportar la soledad. Julián lo miró de hito en hito. Luego señaló con la barbilla para el lado del olivar.

—Igual que ésos. Uno es como un árbol. Bien sujeto a tierra para que no se lo lleve el vendaval. ¿Solo yo? Más solos están otros con su compaña. Yo me crié aquí. Aquí viví desde que me acuerdo. Y cuando llegue la hora, desde aquí me he de volver por donde mismo vine. De joven me llevaron a la ciudad unos hermanos de mi padre, que gloria haya. Tendría yo doce o trece años por aquellas fechas. Vivían en la capital. No, aquello no era para mí. Demasiado ruido, demasiada gente, demasiada soledad.

El viajero lo miraba sin acabar de comprender. Echó un trago de vino y al poco se le ablandaron los recuerdos. Él sí que estaba solo. Nunca se había librado del todo de aquella opresión en el pecho, de aquel regusto amargo en la garganta que ya le atenazaba de niño en la soledad del patio de recreo del colegio. Se acordó de la hermana Micaela. Él la había visto amortajada con su hábito pardo y un crucifijo en el pecho. Los niños decían que su cuerpo despedía olor a rosas de mayo. Y que de la llama de los cirios se desprendían diminutas estrellitas de colores, pero que había que fijarse mucho. Decían que todas esas cosas ocurrían porque aquella viejecita era una santa. Y que algún día harían una imagen con su cara y la pondrían en uno de los altares de la capilla. Pero, por más que lo intentaba, él no lograba percibir el olor de las rosas ni tampoco las estrellitas multicolores que bailaban en la llama de los cirios. Él únicamente acertaba a pensar en lo sola que debía sentirse la hermana Micaela, deambulando sin rumbo por los helados páramos de la muerte.

Julián llenó de nuevo los vasos y le animó a proseguir. El viajero dijo que desde aquel día había rodado por el mundo en pos de algo que no sabría explicar. Una vez había estado casado. Ya casi no podía acordarse. Las cosas no fueron bien. Aquella maldita opresión que se le agarraba a la garganta. Y el miedo. Un día hizo las maletas y subió a un tren. Luego hubo otros muchos trenes. Iba de un lado para otro, como borracho.

—Esta tarde vi de pronto una lucecita por la ventanilla empañada del vagón. Sin saber muy bien por qué, tiré de la mochila y me apeé. Y aquí estoy. Ya le digo que no debo estar en mis cabales. Mañana cogeré el primer tren y vuelta a empezar.

—Quién sabe —dijo Julián como si estuviera a punto de desvelar un misterio.

A la mañana siguiente, el viajero subió al Estrella de Andalucía. Cuando Julián vio llegar la máquina enmedio de la niebla, se le antojó una aparición de otro mundo. Luego, al ponerse en marcha, un tímido rayito de sol brilló contra las aristas de los últimos vagones y el viejo tuvo una corazonada.

Hacía ya algunos años de aquello. Julián se acordaba con frecuencia del desamparado viajero. Casi podía imaginar a la pobre monjita muerta, errabunda también a través de los desolados paisajes del más allá. Casi podía sentir el perfume de rosas de mayo, que era como un rastro de esperanza. Luego se acordaba del destello del sol en los vagones de cola, y sonreía.

Notaba en el aire que estaba a punto de llegar el expreso. Algo le bullía en el pecho como una ilusión de niño chico. La primera vez que vio el Estrella de Andalucía sintió ese pálpito. Reconocía todos los trenes por el sonido. Nunca se equivocaba. Pero aquel lo veía llegar con el alma. Lo adivinaba por un ligero temblor en el pecho que comenzaba a marcar su ritmo alocado mucho antes de que se escucharan los primeros ecos de la máquina, detrás de los montes, más allá de las últimas lomas plateadas. La primera vez que lo vio pensó que nadie había construido nunca nada más hermoso. Y además, aquel nombre. Sí, era como una estrella fugaz cuando se abría paso entre los campos helados aún por la escarcha. El rugido de la locomotora tenía una alegría contagiosa. Le daban a uno ganas de subir. Pero no. Eso no. Uno necesita un cobijo, un rincón donde encontrarse, se decía. Su sitio estaba allí.

La mañana había amanecido clara. Ni una nube en el horizonte. Lo malo era el viento. Julián se ajustó la chaqueta y se frotó las manos. Ya faltaba poco. Pensó que muy pronto sería una vez más época de plantar. La huerta estaba situada detrás de la caseta. Casi podía verla, sentado en su silla de anea. Unos gorriones picoteaban por el suelo, muy cerca de él. Atizó la hoguera sin prisas. Aún faltaban unos minutos. Luego entornó los ojos.

Por un instante, su recuerdo se llenó con la imagen de una muchacha que decía adiós con su manita desde un abismo insalvable. Se encogió de hombros. Cosas de viajeros, pensó. De pronto, el viento se hizo menos cortante. Ahora se estaba mejor. La mañana prometía. Al poco se escuchó el silbido, muy lejano aún, de la máquina. El viejo apuró el tazón del café y se levantó para estirar las piernas. Cuando vislumbró entre las últimas lomas y la sierra la silueta del Estrella de Andalucía, notó un olor que al principio no supo reconocer.

El tren se detuvo con un larguísimo gemido. Los dos vamos para viejos, pensó Julián con una sonrisa en los labios. Intercambió unas palabras con el maquinista a través de la ventanilla. El hombre le entregó un paquetito y le contó algo que había oído referir en la estación anterior. Luego se despidieron. El Estrella de Andalucía dejó escapar un suspiro estridente y se puso en marcha con una fuerte sacudida. El viejo saludó con la mano, como siempre, hasta que el tren se hizo más y más pequeño en la distancia.

De nuevo percibió aquel olor. Pero esta vez sí lo reconoció con claridad. Era el inconfundible perfume de las rosas de mayo. Aunque el almanaque se obstinara en señalar el mes de febrero. Se acordó de la historia de la hermana Micaela. Se acordó del destello del sol en los vagones. Luego se volvió despacio. En realidad no habría sido necesario, porque él ya sabía. En efecto, allí estaba el viajero, con una pequeña maletita en la mano. No había cambiado apenas, pero el viejo advirtió enseguida que la expresión de desamparo se había borrado de su rostro.

Julián señaló la jarra del café y la lumbre. No hizo ninguna pregunta. Sabía que había vuelto para quedarse.