domingo, 31 de agosto de 2008

MONSTRUOS (5)


LA LAMIA

Para Isabel

Es una criatura terrorífica de la tradición grecolatina. Ser nocturno y misterioso, asusta a los niños y seduce a los hombres con su extraordinaria belleza. Se la ha relacionado a veces con Lilith, aunque esta última proviene de la cultura hebrea o mesopotámica. Desde la antigüedad, la Lamia perdura en el folclore actual de numerosos pueblos y aún impregna de terror y deseo nuestras noches.

Sus amores con Zeus le valieron los celos de Hera, quien la transformó en un monstruo y mató a sus hijos. No contenta con el castigo, la diosa madre la condenó a no poder cerrar nunca los ojos, para que jamás pudiera librarse de la terrible imagen de los hijos muertos. Zeus se apiadó de ella y le otorgó el don de extraerse los ojos de cuando en cuando y así descansar.

Pero la Lamia estaba sedienta de venganza. Durante la noche devora a los niños. No en vano las madres griegas y romanas asustaban a sus hijos con este sinestro personaje. Tampoco desaprovecha la ocasión de seducir con sus indudables encantos a los hombres que encuentra a su paso.

John Keats no ha sido el único espíritu romántico atraído por esta adorable al par que terrible vampiresa de la antigüedad.

viernes, 29 de agosto de 2008

MONSTRUOS (4)


LILITH

Su nombre proviene de lil, que en hebreo significa noche. Lilith fue la primera esposa de Adán. Adán y Lilith no tuvieron nunca una relación cordial. Ella era un espíritu libre y no toleraba ciertos roles patiarcales a los que su esposo era adicto. Así pues, abandonó el jardín del Edén para unirse en las orillas del Mar Rojo a una legión de demonios lujuriosos. Ella misma es una diablesa. Se la representa siempre con el aspecto de una mujer seductora y acompañada de una serpiente.

La Vulgata traduce su nombre por Lamia.

A diferencia de Lilith, que fue originada como una igual para Adán, Eva fue creada como un ser inferior y dependiente. Criatura nocturna, mitad mujer mitad demonesa, Lilith es desde hace milenios un símbolo de fascinación, misterio y belleza.

jueves, 28 de agosto de 2008

LOS SARABIA (7 y último)


Caminaba con paso presuroso por una acera estrecha y de piso irregular. Las losas le parecían bonitas, a pesar del dibujo demasiado convencional. A lo mejor era la propia energía que la impulsaba lo que se le antojaba hermoso. También juzgó hermosos los rostros de las amas de casa aún somnolientas, camino del mercado. Y las casitas de aristas dulcificadas por el sol en las afueras de la ciudad. Sí, pensó, la belleza estaba en su mente. No podía ser que la faz del mundo hubiera cambiado de repente de tal modo. Un mundo que ayer mismo era incoloro, mortecino. Qué importaba eso.

Se cruzó con una vecina que la miró llena de curiosidad. Debería haber sentido una especie de vértigo ante el inoportuno encontronazo, pero no fue así. Incluso creyó experimentar una desafiante indiferencia mientras notaba clavados en su espalda aquellos ojos penetrantes y malintencionados. Ya le daba igual. Estaba resuelta a ser feliz.

Había dejado atrás los últimos arrabales. Nunca supuso que existiera algo más allá. Ahora comprendía que era allí precisamente donde todo comenzaba. Siguió una senda que se abría camino a duras penas entre altos matorrales. Las instrucciones de la hojita azul eran claras. En efecto, pronto dejó una pequeña alameda a su izquierda y luego un cortijo a la derecha. Finalmente divisó la granja y el viejo molino.

Cruzó el portón sin llamar y se adentró en un gran patio rematado por una construcción destartalada, parcialmente cubierta de enredadera. Vio también la puerta de cristales y leyó el cartelito clavado sobre ella: Se venden aves de corral.

La mujer tejía en la penumbra. Al abrirse la hoja de la puerta, se arrebujó en las enaguas de la mesa camilla y miró a la muchacha como sin mirarla. Ella dijo un nombre: Rodrigo Sarabia.

—Pase, señorita. La está esperando hace rato.

Siguió el camino que la mujer señalaba con la aguja. A poca distancia se erguía el molino. Buscó una ventana. Allí estaba. Le pareció más maduro, más fuerte, acodado en el alféizar como un castellano tras las almenas de su torre. Sus ojos la llamaban y su risa le brindaba una confianza que tal vez ella no necesitara ya, pero que en cualquier caso agradecía. Se quedó un momento quieta para prolongar un poco más aquel momento feliz ahora que podía. Rodrigo la llamó. Luego cortó unos geranios y dejó caer sobre ella una lluvia de pétalos multicolores.

Nunca había visto antes un molino por dentro. Él la esperaba en una salita acogedora, luminosa, abierta a las cálidas fragancias de la vega. Había una mesa de roble cubierta por un tapetito inmaculado y cuatro sillas de anea. Colgados de la pared se veían algunos aperos de labranza. En el centro de la mesa había un búcaro con un ramillete de violetas.

—Las cogí para ti.

Sobre una repisa, Paula observa la figurita de San Pancracio con su ramita de peregil. Al lado, en una ilógica proximidad, una tosca representa­ción de Brahma. Rodrigo le explica que es el ser primero y creador de todo lo existente. Le explica que sus múltiples rostros y brazos simbolizan su poder organizador del caos.

—Naturalmente no tiene sentido poner a Brahma junto a San Pancracio. Lo pondrían porque les pareció decorativo.

—Sí, es una bobada —dice ella y se ríe.

Él la invita a sentarse.

—Aquí se está bien.

—Sí, se está bien —repite ella.

Él le acerca una silla. Pero Paula no se sienta, sino que lo coge de un puñado y lo abraza como si quisiera partirlo en dos. Luego se pasa una hora mezclando los besos y las protestas, diciéndole ladrón, sinvergüenza, descastado, y también amor mío, cómo has podido vivir tanto tiempo sin mí, si he estado enferma para morirme, que mi hermano me daba por endemo­niada porque no sentía el frío ni el calor, que no sentía ni el dolor de tanto dolerme la soledad, si por poco me encierran donde los locos porque le ponía acíbar en el café y le estropeaba los guisos aposta, y entonces, cuando casi recobro los nervios y vuelvo a sentir los aguijonazos del dolor y los latidos de la vida allá fuera, cuando salgo de los infiernos de la soledad vienes tú y me pones otra cartita en el cartucho del pescado para que el mundo se me caiga encima otra vez, ahora que había vuelto a sentir el calor de la vida y la tibia miseria de no ser nadie, y tú vas y me traes de nuevo la esperanza y unas ganas locas de pasar por encima de todas las prohibiciones humanas y divinas, diantre, y con qué fuerza, que ya no me importa nada un comino, ni siquiera la señora Encarna, la bruja esa que Dios confunda, que me la he encontrado por el camino y me ha mirado con cara de guasa y de aquí te espero, pero ya me da lo mismo porque te tengo otra vez, como si no hubieran pasado tantos días de soledad, tantos.

Rodrigo acariciaba sus cabellos con lentitud, adormecido por una cantinela de reproches que sonaba como la lluvia sobre el sendero ese mismo amanecer, mientras recogía las violetas para ella. Al fin, agotada, Paula estalló en sollozos. El llanto se mezcló luego con las risas, y se unieron por último en un incalculado acto de amor que disipó definitivamente las brumas fantasmales del horizonte.

Aquel día almorzaron un caldo de gallina que a Alberto le supo a manjar olímpico. Mientras degustaba el café, celebró con fervor la ocurrencia de Paula de caminar hasta las afueras de la ciudad para comprar aquel magnífico ejemplar. Él había oído nombrar la granja del molino, pero no se había atrevido a solicitar de su hermana un encargo tan fastidioso. Estaba encantado.

—Hacía mucho tiempo que no probaba nada tan sabroso —declaró satisfecho.

Ella prometió volver con regular frecuencia. Era un largo paseo, pero merecía la pena, dijo. Naturalmente, Paula no pensaba en la calidad de las aves de corral. Lo que la ataba a aquel molino era el apremio de unos labios que repetían su nombre en el umbrío clamor del amanecer, que profanaban el misterio de un cuerpo estremecido mientras los gansos se desgañitaban allá abajo, muy lejos de aquel arrebato parecido a una agonía.

Alberto festejaba aún el guiso y ella sentía crecer en su interior una embriaguez deliciosa que le recordaba los días de las cartitas azules con lazo encarnado. Ahora había otras señales. Los versos habían cedido su lugar a los estragos de la carne. Ya no tenía miedo. Sabía lo que había que hacer.

Al primer encuentro sucedieron otros. Hiciera frío o calor, aquella mujer seguía tejiendo en la trastienda arrebujada en las faldas de la mesa camilla. Saludaba a Paula con un movimiento de la aguja que apuntaba, lo mismo que los deseos de la muchacha, hacia fuera, en dirección al viejo molino abandonado donde aguardaba Rodrigo Sarabia. Luego, una vez más, las urgencias de un cuerpo atormentado por un anhelo imposible.

Desde el molino podía percibirse la honda respiración de la vega aún no contaminada ni mutilada por las devastaciones del progreso. Paula no lograba separar el color verde intenso de los sembrados, el vapor azulado sobre el horizonte, el tono violeta de los últimos picos de la sierra, del recuerdo de aquellas citas más y más frecuentes. Cuando intentaba reconstruir las sensaciones del día anterior en la soledad de la cocina o en la intimidad del retrete, lejos de la mirada posesiva del hermano, sólo conseguía aprehender una imagen caleidoscópica de impresiones visuales, auditivas y olfativas que, lo sabía muy bien, pertenecían a aquel lugar. Difícilmente podía completar en su memoria los rasgos de Rodrigo durante un brevísimo instante, pero recordaba con absoluto rigor el dibujo del tapete de la mesa en que él colocaba cada mañana un ramillete de violetas recién cortadas.

Llegó la primavera. Paula no acertaba a comprender cómo se le había podido pasar inadvertida tanta hermosura, tanta luz, tanta alegría. Antes nunca se había detenido a observar la eclosión de los brotes en los árboles ni el aturdido espectáculo de las flores en los balcones. Hasta en los sermones del domingo, que ahora versaban sobre la pasión, el terrible tormento de la cruz y la resurrección, ella sospechaba una metáfora de su propia vuelta a la vida. ¿No era acaso bello todo aquel dolor, esa exaltación de la tortura en una carne lustrosa, sangrante, exquisitamente policromada? ¿No era bello el sufrimiento resignado de aquellas vírgenes engalanadas como cortesanas? Ella había sorprendido alguna vez las miradas henchidas de sacrílego deseo que les dirigía Alberto. Incluso había percibido un ligero temblor lujurioso en sus pupilas que ahora ella podía reconocer sin vacilación, porque era idéntico al que se asomaba a los ojos de Rodrigo Sarabia cuando rodaban sobre el piso del molino.

La audacia de Paula alcanzaba límites extravagantes. No sólo acudía casi a diario a la granja: se citaban además en la oscuridad de los confesio­narios, en las últimas callejuelas de los más remotos arrabales. Hasta llegaron a entrelazar sus manos en un desfile procesional, mientras Alberto contemplaba con un arrebato de voluptuoso misticismo los pechos de una dolorosa. Sonaba Amarguras, de Font de Anta. A Paula no le importó que algún instrumento desafinara un tanto. En realidad, ella estaba escuchando en ese momento aquella música en un espacio recóndito, propio, íntimamen­te suyo, donde no era concebible ninguna forma de imperfección. Cuando se extinguieron los últimos acordes, Rodrigo ya había retirado su mano de la de ella.

—Qué bonita va —exclamó el hermano con hálito mortecino mientras el palio, meciéndose suavemente, se desdibujaba en un mar de incienso.

Amarguras —silabeó Paula, que seguía escuchando aquella música porque aún conservaba en su mano el calor de la de Rodrigo.

La última vez que Paula se cruzó con la señora Encarna, ésta había exhibido una sonrisa de complicidad que no presagiaba nada bueno. Desde entonces tuvo la impresión de que alguien seguía sus pasos. Y no solamente cuando se adentraba en los insondables laberintos del amanecer para encontrarse con Rodrigo: también en la quietud del zaguán, en la cansina dormivela de las noches de abril o en el aturdido ajetreo de los peroles en la cocina. Con más y más frecuencia sentía a su espalda el escalofrío de una mirada saturada de resentimiento. Era tan dura y cortante como la hoja de aquel cuchillo que se había acostumbrado a llevar siempre consigo. De vez en cuando sentía la necesidad de acariciar la empuñadura, o incluso la desafiante arista de su lengua acerada. Lo oprimía entonces contra el vientre y un placer insospechado embotaba sus sentidos. Se veía a sí misma como aquella dolorosa transida de hirientes puñales, entronizada en virtud del culto al sufrimiento, pero al propio tiempo dueña de su destino, infinitamente libre. Y nimbada por una belleza de otro mundo.

Luego creía que las sombras de la fantasmal persecución se habían desvanecido finalmente, pero de nuevo volvía a notar los ojos acuciantes de perro de presa rastreando sus huellas. Allí estaba aquel cuchillo de cocina con su simbología obscena pero tan real. Ella no sabía para qué, pero allí estaba. O quizá lo sabía demasiado bien. Al fin y al cabo, alguien estrecha­ba el círculo a su alrededor. Debía estar preparada. El simple contacto del arma con su piel bastaba para tranquilizarla.

Alberto parecía ajeno a toda aquella pasión. Nada en su semblante denunciaba la menor preocupación. Últimamente se mostraba más abierto y confiado que nunca. Paula suponía que la causa no era otra que la gratitud de un estómago regalado a conciencia. En efecto, no sólo se prodigaban en la mesa magníficos ejemplares de corral; además, era como si el amor de Paula perfeccionara hasta extremos inauditos la virtud de los guisos, añadiéndoles algo indefinible y sublime. La sobremesa la pasaba el hermano sumido en un sopor arcangélico. Ella no podía evitar una cierta sensación de repugnancia ante su expresión de gratitud infinita. Pero así estaba bien. Era como haber descubierto una poción milagrosa para apaciguar a la fiera.

Una mañana regresaba del molino con un ramillete de violetas y unas perdices. Alberto estaba esperando, en pie ante el hogar, los ojos enrojeci­dos por la ira, tal como ella había imaginado encontrarlo muchas veces. Pálida como un cadáver, Paula mostró con mano temblorosa el paquete con las aves. Él lo tomó y lo arrojó contra la pared con una furia demoníaca. Luego arrancó de su mano el ramito de flores y lo estrujó. Dio un paso adelante con la inseguridad de un borracho que se arrojara a un abismo. De pronto se quedó inmóvil. Paula había sacado del escote aquel cuchillo que llevaba siempre consigo. Sin parpadear, con una serenidad que aterró a Alberto, la muchacha habló deletreando literalmente cada palabra:

—Te juro por todos nuestros muertos, uno por uno, que te voy a hundir este cuchillo hasta el fondo del alma si intentas separarme de Rodrigo. Si me lo quitas cogeré otro, y si me quitas ese otro cogeré otro, y al final acabaré abriéndote en canal cualquier noche mientras duermes.

Mientras decía esto, había ido apretando la hoja del arma contra su pecho y un reguerillo de sangre se escurría ya por el interior del escote. Alberto cayó de rodillas. Imploró a su hermana que cesara de torturarlo, que arrojara por caridad el cuchillo de su pecho sacrosanto y que le permitiera curar aquella herida antes de que fuera demasiado tarde, que él intentaría hacerse a la idea, que tenían que hablar, dijo. Estaba postrado a sus pies, completamente desamparado, tal como ella lo recordaba el día que murieron sus padres en un bombardeo.

Paula sintió una piedad sin límite. Lo levantó y lo arropó con sus brazos. Luego lo meció contra su pecho largo rato. Unas gotas de sangre se deslizaron por las mejillas de Alberto.

miércoles, 27 de agosto de 2008

MONSTRUOS (3)


LA BANSHEE

Según la tradición irlandesa, la banshee (en gaélico, "mujer de las colinas") es un ser legendario que anuncia con sus lamentos la muerte. Cada una sirve durante generaciones a una gran familia, y sólo se manifiesta cuando la muerte ronda la casa.

Citamos nuevamente El libro de los seres imaginarios de Jorge Luis Borges:

"Nadie parece haberla visto; es menos una forma que un gemido que da horror a las noches de Irlanda y (según la Demonología y Hechicería de Sir Walter Scott) de las regiones montañosas de Escocia. Anuncia, al pie de las ventanas, la muerte de algún miembro de la familia. Es privilegio peculiar de ciertos linajes de pura sangre celta, sin mezcla latina, sajona o escandinava. La oyen también en Gales y en Bretaña. Pertenece a la estirpe de las hadas. Su gemido lleva el nombre de keening."

LOS SARABIA (6)


La violencia de aquel gesto había anonadado la voluntad de Paula. No fue la rabia, ni siquiera la impotencia. Sólo el miedo. Un miedo que humedecía los tuétanos de sus huesos de adolescente enamorada. Aún no era capaz de odiar a su hermano porque el terror ocupaba demasiado lugar en su pecho.

Se movía como una autómata, sin ser del todo consciente de su humillación. Alberto, por su parte, suponía que había vencido toda resistencia de forma definitiva. Y así parecía ser. Al menos, ni un músculo del rostro de la muchacha dibujaba la menor tensión ante su presencia. Ni siquiera expresaba resignación. Simplemente, parecía idiotizada. Y Alberto se felicitaba por haber actuado con la necesaria firmeza y resolución.

Pasaron algunas semanas y el sabor amargo de la boca no se le iba. Tampoco la presión de la mano en su mejilla dolorida. No podía pensar en Rodrigo Sarabia porque no podía pensar en absoluto. Sólo sentía un temblor como el de un tallo amenazado por los primeros azotes del vendaval. Y frío. Un frío que le calaba hasta lo hondo de la garganta, hasta el estómago, hasta el alma.

Luego, unos meses después, comenzó a recobrar la consciencia. Dejó de sentir ese vértigo aterrado, dejó de sentir el frío, dejó de temblar en la soledad de la cocina. Sólo entonces vislumbró la gravedad de su situación. No se trataba ya de Rodrigo. Al menos no se trataba sólo de eso. Un sordo rencor contra el tirano fue ganando terreno en su corazón malherido. Día a día cobraba la fuerza de un ciclón. Pero ella sabía que era preciso aprender a controlar esa fuerza demoníaca, que era necesario dominar ese caudaloso sentimiento para dirigirlo en la dirección adecuada.

Al principio imaginó un sinfín de sutiles castigos que le proporciona¬ban un modesto desahogo. Así, por ejemplo, experimentaba un deleite extraordinario excediéndose en la condimentación de los platos. El sufrimiento de su hermano Alberto, que padecía úlcera, la colmaba de regocijo. Otras veces almidonaba más de lo debido los cuellos de las camisas, y él se pasaba la semana rascándose como si tuviera la sarna. En otras ocasiones estropeaba deliberadamente algún postre de los que tanto gustaba Alberto, o aguaba su vino. Hasta llegó a poner unas gotitas de acíbar en el café.

Había perdido el miedo. Todo le daba igual. Ni siquiera pensaba en Rodrigo, ni en sus versos de trovador iluminado. Al fin, también lo odiaba a él. También él era un hombre, y la había olvidado. No había más que contar los meses de silencio. Aquello se había acabado. La inacción, el terror, la parálisis, habían cedido el lugar a un deseo alocado de venganza que ella sólo sabía canalizar a través del sistemático sabotaje doméstico.

Por su parte, el tío Alberto no parecía percatarse de nada. Cuanto más fuertes encontraba los guisos, cuanto más picor le producían los cuellos de las camisas, cuanto más insípidos se le antojaban los dulces, cuanto más aguado le sabía el vino y más amargo el café, tanto más suavizaba sus modales y extremaba su afecto. Paula pensó en un principio que él no advertía ninguno de sus infantiles atentados. Luego comprendió que eso era imposible.

Lo cierto es que su hermano paladeaba con una delectación que ella nunca había descubierto antes aquellos platos echados a perder adrede. Incluso, a juzgar por el ligero temblor de los labios, parecía disfrutar con el escozor que le producían los cuellos demasiado almidonados. Sí, no cabía duda: él había encontrado un motivo de gozo en su reprimida rebeldía.

Con creciente desazón, comprendió que nada de cuanto hiciera valdría para mortificar al hermano. Nada, excepto su relación con Rodrigo Sarabia. Pero, ¿acaso había intentado él volver a verla? Desde hacía varios domingos, durante la celebración de la misa, había esperado en vano una señal, un gesto, un milagro que sólo sería perceptible para ella. Un sentido diferente de la vista y del oído estaba alerta, espiaba la penumbra de los confesionarios sin llegar a mirarlos; analizaba el silencio, los murmullos insignificantes de la multitud en el sopor de las letanías; intentaba incluso descifrar supuestas claves ocultas entre las líneas de las lecturas del evangelio y en los sermones del oficiante. Nada. Absolutamente nada. Excepto el silencio o el ruido uniforme y sin significado de la muchedumbre ajena a su dolor.

Ya no le quedaban fuerzas ni para la venganza. La sonrisa perruna del hermano manifestaba su satisfacción. Paula volvía al inicial estado vegetativo, sólo que ahora no sentía miedo. También se habían esfumado el sabor amargo de la boca y el frío en todos los huesos.

Poco a poco llegó a alcanzar una auténtica enajenación respecto a cualquier percepción sensorial. Un día tomó en sus manos una cazuela que acababa de sacar del horno. Alberto pudo sentir el dolor espantoso que ella no advertía siquiera. Con una ternura desconocida, el hermano untó su manita con aceite de oliva y la besó. Si ella hubiera podido sentir, habría notado correr las lágrimas del tío Alberto sobre su mano abrasada. Otra vez, él descubrió una descomunal hinchazón en un dedo de Paula. Quiso saber el motivo, pero ella no había reparado hasta ese momento. Al examinarlo, pudo ver un horrible acceso purulento. Limpió la infección con sumo cuidado y encontró la causa: una enorme astilla se hundía en la piel tumefacta desde hacía quizá semanas. Paula juró que no le molestaba lo más mínimo. Hechos semejantes se sucedían con regular frecuencia. La indiferencia no se refería sólo a su propia persona. Tampoco parecía afectarle el sufrimiento ajeno, como pudo él comprobar estremecido cuando presenciaron el atropellamiento de un perro por un automóvil y ella no se inmutó ante el horrendo espectáculo.

Alberto estaba inquieto. En realidad, temía por la salud de su hermana. Incluso llegó a considerar la conveniencia de someterla a vigilancia médica. Pensaba que la muchacha había desarrollado un violento deseo de autodestrucción. Por primera vez juzgó que su conducta había sido excesiva. Pero ni por un instante se planteó la posibilidad de dar su consentimiento a la relación de aquélla con Rodrigo. También él creía que el muchacho carecía de intenciones duraderas. A la vista estaba que no había tratado de reanudar el interrumpido noviazgo. Quizá alguien más digno de ella. Si había alguien así.

Con el tiempo, Paula pareció recobrar el control de sus sentidos y de sus emociones. Alberto descubrió arrobado que ella volvía a quemarse al rozar los cacharros que habían estado en contacto con el fuego; que sentía el dolor punzante de la aguja de coser al desgarrar la delicada piel de sus dedos. Descubrió también que se apiadaba de nuevo de los pobres diablos y los tullidos que imploraban unas monedas postrados bajo el pórtico de la iglesia, y de los chuchos abandonados en las callejas.

—Es como un milagro —repetía él con lágrimas en los ojos.

Un día ocurrió. Paula preparaba el almuerzo en la cocina. Las ollas borboteaban en el fogón. Ella tomó un cartucho de periódico donde le habían despachado el pescado. Lo abrió. Pensó que los boquerones eran frescos. Pensó que olían a jazmines y a malvasía. Qué estupidez, se dijo riendo. Pensó que olían a azahar, a alhelíes y a galanes de noche. Entonces fue cuando todo aquello se le cayó de las manos. Los boquerones rodaron por el piso, pero ella había logrado retener en sus manos la hojita azul anudada con un lazo encarnado.

lunes, 25 de agosto de 2008

LOS SARABIA (5)

"La carta de amor" (Émile Lévy)

Quién le iba a decir que aquel muchacho enjuto, de mirada lánguida y respiración anhelante, la estaba esperando a ella. Lo había visto otras veces. Luego comprendió que ya era demasiada casualidad haberse tropezado en cuatro ocasiones la misma semana y en el mismo lugar. Cuando cruzaba ante ella, tosió con aire de agonizante y se interpuso en su camino. Paula lo vio enrojecer violentamente y le inspiró lástima. Pero el muchacho ya le había ofrecido un papel azulado atado con un lacito rojo. La sonrisa anhelante fue lo único que ella acertó a captar, porque las palabras no llegó a entenderlas.

Con un instinto que en ese momento no pudo explicarse, oprimió la hoja contra el pecho y la ocultó rápidamente bajo el escote. Se sintió culpable. Aún no sabía de qué, pero estaba segura de que su hermano no habría aprobado aquella sonrisa con que despidió al joven desconocido, ni menos la aceptación de un obsequio tan sospechoso.

Casi sin darse cuenta, aceleró el paso. El sofoco le hizo volver a la realidad. Estaba corriendo como el delincuente que acaba de perpetrar un crimen. Se serenó. Respiró hondo y se detuvo. Ya había tomado la determinación de mentir a su hermano. Pensaba conservar aquella carta, o lo que fuera. Sabía bien que si confesaba sería castigada. Debía callar. Eso equivalía a mentir, pero estaba resuelta. El corazón golpeaba su pecho como una fuerza telúrica, incontrolable. Temblaba mientras trataba de imaginar el contenido del escrito. Una carta de amor, pensó. Las piernas le flaquearon. ¿Era posible? Tenía que mentir, se repetía. Sería la primera vez en toda su vida. Pero no le importaba lo más mínimo. Aquello era la única cosa interesante que le había sucedido. No iba a tirarlo todo por la borda. No al menos hasta que leyera aquel papel.

Supo fingir como una actriz consumada. Eso le hizo experimentar un sentimiento nuevo, delicioso. Su hermano Alberto no había sospechado nada. Incluso estuvo más comunicativo que de costumbre. Después de la cena se fue a la cama y ella sintió de nuevo el vértigo y el galope alocado en su pecho. Pero aún se contuvo. Debía proceder como siempre si no quería despertar sospechas. Recogió pausadamente la mesa y lavó los platos. Luego colocó sin prisas los cubiertos. Cuando terminó, hacía rato que su hermano roncaba en el cuarto.

Finalmente, Paula se encerró en su alcoba. Corrió el pestillo con mano temblorosa y tuvo que abrazarse a sí misma porque le parecía que todo el vecindario iba a escuchar los latidos de su pobre corazón. Cuando remitió aquel martilleo insoportable en sus sienes, buscó bajo la colchoneta de la cama. Allí estaba el papel azulado, aún intacto, envuelto en su lazo rojo. No se explicaba cómo había sido capaz de aguardar pacientemente durante todo el día. Al fin había llegado el momento.

Deshizo el lazo con suavidad, luego desplegó el papel. Un ciclón incontenible la arrebató de este mundo y la dejó prendida de no sé qué cielo perfumado, enloquecido. Pero qué deliciosa locura aquella, pensaba. No era una carta. Era un poema. O mejor, era la esencia de todas las cosas hermosas que ella había sospechado tantas veces sin atreverse a darles un nombre. Y ahora comprendía claramente que no había nada pecaminoso en ello. No podía haber culpa en algo tan bello, tan puro.

Por un instante deseó despertar a su hermano para que también él pudiera compartir su éxtasis. Pero de inmediato se detuvo horrorizada. Si Alberto se enteraba, todo habría terminado. Y aquello no había hecho más que comenzar. Debía guardar silencio. Debía mentir. Haría lo que fuera preciso. Ya anhelaba otra misiva, pensaba que tardaba demasiado. ¿Por qué aquel muchacho no había tomado antes su decisión? Entonces se percató de que ni siquiera conocía su nombre. Buscó con avidez. Allí estaba, en el suelo. Con las prisas se le había caído un trocito de papel, también azulado. Lo recogió y leyó. El poeta le indicaba que, si no era insensible a su pasión, debía acudir al día siguiente a cierta iglesia donde él sabría entregarle discretamente una nueva carta. Firmaba Rodrigo Sarabia.

Estuvo repitiendo aquel nombre toda la noche, unas veces despierta, otras en un sueño agitado que le dejó una extraña opresión en el pecho.

Al día siguiente se arregló con más esmero que nunca. A la hora indicada entraba en la iglesia mencionada en la nota. Buscó con la mirada. Allí no había más que dos o tres beatas adormiladas por el madrugón. Una angustia desconocida se adueñó de su ánimo. No podía soportar la idea de una burla. La crueldad de esa posibilidad aflojó sus miembros y tuvo que sentarse para que su agonía no fuera demasiado notoria. Entonces le pareció escuchar un ahogado siseo. Aguzó el oído. Unos segundos más tarde lo percibió con total nitidez. La señal provenía de un confesionario, no muy lejos de ella.

Miró en todas direcciones. Nadie se había percatado de la llamada. Se dirigió sin vacilar hasta el lugar, se arrodilló y repitió como una autómata la fórmula usual:

—Ave María purísima.

—Bienvenida seas, mi amor, mi paloma, mi lumbre —respondió alguien en la penumbra. Las palabras salieron del viejo confesionario como un aura celestial. Paula cerró los ojos y se asió a las oscuras maderas de aquel equívoco locutorio para no caer desplomada.

—Esto es una locura. Yo no debería...

—Por favor, dime tu nombre, que ya no puedo vivir por más tiempo en las tinieblas —suplicó la voz sin rostro.

—Paula —susurró ella apenas.

—Paula, Paula... —repitió la voz como en sueños. De repente la muchacha sintió pánico. Una de las beatas se había levantado de su asiento y se acercaba con paso vacilante.

—¡Viene alguien! ¿Qué hacemos? Tengo miedo, mucho miedo...

—No temas, mi paloma, mi cielo. Por ti yo confesaría a todas las viejecitas del mundo.

—Es que si me descubren, mi hermano me mata.

—Ponte el velo y vete tranquila.

—¿No tienes nada para mí? —suplicó ella con anhelo infantil.

—Busca bajo la pila del agua bendita. Hay un pequeño agujero en la pared.

—Adiós, mi amor.

—Adiós, Paula, mi Paula, Paula mía del ánima...

La muchacha se demoró ante la pila y buscó con disimulo. Allí estaba. Era una hoja azul con un lazo rojo, como la primera. Al persignarse aprovechó para ocultarla en el escote. Aún permaneció unos minutos junto a la pila, hasta que la anciana regresó a su asiento y comenzó a cumplir la penitencia impuesta. A Paula aquello le sonaba a sacrilegio, pero no pudo reprimir una sonrisa. Después de todo, Dios no podía ser tan severo.

Esa noche fue más turbadora que la anterior. Y la siguiente más aún. Los ardientes versos de Rodrigo Sarabia dieron paso a cartas inflamadas de pasión. Paula perdía los colores a fuerza de pasar las noches en vela. Podía repetir de memoria todos y cada uno de los poemas de su joven enamorado. Unas veces el encuentro se producía en alguna iglesia poco frecuentada; otras, en un portal o en una esquina solitaria, bajo un incierto farol.

Un día, a la tibia luz del atardecer, Rodrigo retuvo por primera vez una mano entre las suyas, y los madrugadores luceros vieron cómo dos muchachos se abrazaban, se confundían en un fingido asedio de los cuerpos, se consumían en un fuego tan insensato como hermoso. Paula no olvidaría jamás aquella dulcísima transgresión de todas las leyes humanas y divinas. Cuando regresó a casa, la alegría se le quebró en la garganta. Su hermano Alberto la esperaba en el comedor, de pie junto a la mesa. En el tablero, sobre el inmaculado tapete de ganchillo, yacían en doloroso desorden todas las cartas de amor de Rodrigo Sarabia. Una a una, fueron implacablemente arrojadas al fuego del hogar. Paula no podía protestar. Se había derrumbado en una silla y temblaba como una poseída. Los dientes le castañeteaban y el sudor se heló en sus sienes. Alberto no pronunció una palabra. Se limitó a cumplir aquel rito purificador con una calculada crueldad. Luego se acercó a su hermana y le propinó una bofetada que sonó como un tiro. El eco de aquel golpe siguió resonando en la mente de Paula durante mucho tiempo.

sábado, 23 de agosto de 2008

LOS SARABIA (4)


"Patio de doña Juana" (Joaquín Sorolla)

Las tardes de primavera como aquella le infundían un temor irracional. Quizá por el recuerdo de algunas asociadas a acontecimientos desgraciados. No en vano en tardes semejantes se habían desencadenado muchos de los luctuosos incidentes de su vida. Se acordó de la muerte de su madre, doña Concepción Alfaro, viuda del capitán de navío don Fulgencio Pertíñez. Fue una tarde del mes de mayo. Luisa no podía olvidar el denso perfume de las primeras rosas, ni la mirada de espanto que se le quedó helada a la anciana en el rostro al comprender que se había muerto. También se acordó de una tarde a principios de junio, muchos años antes de aquello, cuando perdió a su padre. Volvía del colegio. Se daba prisa porque su madre le había prometido un tazón de chocolate para la merienda. No supo interpretar la mirada de complicidad de la gente. Ni la mesita con un tapete de terciopelo negro y ribetes dorados que colocaban en el portal dos operarios, vestidos con unos guardapolvos de color indefinido y amplias gorras, y que se descubrieron al cruzarse con la niña. Sólo comprendió cuando vio a su madre vestida ya de luto para los restos, cuando vio por primera vez en sus ojos el terror mientras repetía sin cesar ay, qué cerca ha pasado de mí, que casi me roza con sus alas emponzoñadas, san Pascual bendito, ay, qué cerquita.

También era una tarde primaveral cuando llegaron noticias de la desaparición del tío Sebastián en las costas de África. Nunca encontraron su cuerpo, pero los despojos del barco abatido por el temporal no dejaban lugar a dudas. A pesar de todo, doña Concepción aguardó siempre en secreto la aparición del hermano. Algún maldito moro, hijo de Lucifer, que lo tendrá secuestrado, pensaba. Todas las noches rezaba para que regresara sano y salvo y virgen como se había marchado.

Luisa rememoraba todos esos acontecimientos acodada en el balcón del patio. Ni siquiera la melodía tosca y chillona de un afilador, al otro lado de la tapia, logró distraerla del perfume premonitorio de las primeras rosas. Miró unas nubecillas sobre el horizonte, delgadas, blancas, casi irreales. Unos niños alborotaban en la calle. Ella estaba inmovilizada, perdida en el laberinto de sus recuerdos y prendida de aquella sensación, aquel presentimiento absurdo pero certísimo de que algo malo estaba a punto de suceder. El peso de la tarde se volvió intolerable. De alguna extraña manera sabía que, si llegaba la noche antes de que aquello estallara, estaría a salvo. Pero el sol estaba todavía demasiado alto.

Sentada en la mecedora, repasó una vez más los testimonios de su vida. Allí estaban las fotografías: Gustavo León vestido de marinerito el día de su primera comunión, jugando con ella en la casa de verano de sus padres, ante las murallas derruidas de la ciudad vieja, disfrazado de conde Drácula en alguna fiesta del Centro Artístico y Literario, mirando muy serio un horizonte sobre el que se destacaban nubes extrañamente semejantes a las que Luisa acababa de contemplar un momento antes, en el balcón, mientras percibía el funesto aroma de las rosas.

Mucho tiempo atrás, él le había hablado del primer verano en que faltaría a su cita. Lo dijo como algo aún demasiado lejano, pero con una certidumbre tal que a Luisa le pareció una profecía. Luego le dio un beso y a ella se le saltaron las lágrimas. Ahora echaba de menos aquellos besitos recatados, elegantes, que sabían a pastelillo y le dejaban una dulzura de atardecer en el alma. Siempre fue así. Desde la primera vez. Era una hermosa mañana de junio. Gustavo León no había iniciado aún sus estudios en la universidad. Estaban en el patio. Doña Concepción Alfaro los dejó solos unos minutos, lo justo para despachar a una visita inoportuna. Gustavo León aprovechó la ocasión para besarla de esa manera tan característica, sin apretar los labios más de lo necesario, con más cariño que pasión. Luisa recordaba aquellos besos con sabor a caramelo de café con leche. Echaba en falta las manos cálidas, fuertes, que tanta confianza le habían inspirado a lo largo de su vida. Cuando volvió doña Concepción Alfaro, mohína por haberlos dejado a solas contra su voluntad, los escrutó con la intención de averiguar si habían abusado de la situación, pero ellos hojeaban muy atentos un viejo álbum de fotos. La mujer se quedó sin saber lo que había sucedido en aquel banco de madera rodeado de yedras y celindos.

Luisa sabía que su tiempo estaba fijado. No conocía la enfermedad de Gustavo León, pero él se lo había advertido: llegaría un estío sin él, el primero sin sus manos, sin su palabra, sin sus besitos de amante de otra época. Salió de nuevo al balcón. A esperar, se dijo. Entonces ocurrió. Aquel perfume sofocante de las rosas tempranas se le metió por los ojos, en la garganta, en el sentido, con la fuerza de un veneno que la abrasaba. Supo con absoluta certeza que esa tarde había sido la última para Gustavo León. Supo que no sabría nada hasta el día siguiente, pero que en realidad él se iba a marchar para siempre esa misma madrugada. Lo supo por el perfume de las rosas y por el aire del atardecer que se había vuelto irrespirable. En efecto, al día siguiente llegó por el telégrafo la noticia del fallecimiento de Gustavo León.

Él había dejado dispuesto que se trasladaran sus restos a su ciudad del Sur y les dieran sepultura cerca del lugar donde reposaban sus padres. Luisa se ocupó de todo como en sueños, sin percatarse de la terrible dimensión de lo que ocurría hasta que se extinguieron los ecos de los responsos. Sólo entonces se encontró frente a frente con su dolor, traspasada de amargura y resentimiento contra sí misma. Sabía que no había tenido el valor de hacer feliz a aquel hombre, que habría bastado dejar atrás el miedo y los sentimientos de culpa y correr a reunirse con él. Habría bastado con dirigirse a la estación del ferrocarril y tomar un tren. Pero entonces se adueñaba de ella ese vértigo, y un miedo espantoso a equivocarse, a no ser capaz de dormir en su misma cama, de compartir con él el baño y el excusado.

Después de concluidos los penosos trámites burocráticos, Luisa se sintió perdida. Tropezaba con las sillas, con los dinteles de las puertas, con los escalones. Si se sentaba al piano e intentaba tocar una pieza, se quedaba bloqueada, como si de pronto le faltaran dedos o le sobraran teclas. Muchas veces había tenido un sueño angustioso en el que le sucedía eso mismo, pero ahora no era ningún sueño. Olvidaba las melodías y sus dedos se movían torpes y pesados. Se sentaba cerca del balcón para ver pasar las horas. Creía que todo había concluido para ella. No podía sospechar lo que aún le quedaba por vivir: la pérdida de su sobrina Blanca, Rodrigo, la guerra. Pero entonces, sentada en su silla de anea cerca del balcón, le parecía que su vida había tocado fondo. Frecuentemente imaginaba que al otro lado del balcón había un barranco gigantesco camuflado tras un espesísimo banco de niebla. Era como si no hubiera nada más allá del borde de los tiestos de los geranios de la barandilla. Como si no hubiera nada más que nada. Algunas veces habría querido hundirse en esa sustancia blanda, lechosa, que ella adivinaba acogedora pero que le inspiraba miedo por su frialdad. Habría querido dar un paso más allá del límite de la materia conocida que tenía formas familiares y nombres concretos.

En realidad era tal su ensimismamiento que ni siquiera podía decirse que estuviera desesperada. Solamente sentía una tristeza infinita. Pasaba horas paseando alrededor del laurel del patio. Llegó a aprenderse todas y cada una de las diminutas grietas de la tapia, los pequeños rebordes irregulares de las losas. Apenas salía a la calle lo imprescindible, sólo se sentía a salvo cuando regresaba a casa y cerraba la puerta a cal y canto. Se estremecía al escuchar el sonido del picaporte. Algunas veces contenía la respiración y no abría, no miraba siquiera tras los visillos para ver de quién se trataba. Empezó a huir de la gente. Incluso modificaba su itinerario para evitar a las personas conocidas. Cuando no podía esquivar a alguna vecina, comenzaba a sudar y sentía palpitaciones. Sobre todo le daba horror la idea de que le mencionaran al difunto Gustavo León.

Nadie la vio llorar. Al principio se pensó que lo había encajado demasiado bien. Pronto comprendieron todos que Luisa no sería nunca más la misma de antes.

jueves, 21 de agosto de 2008

MONSTRUOS (2)


EL DEVORADOR DE LAS SOMBRAS

En la admirable obra titulada El libro de los seres imaginarios, Jorge Luis Borges deja constancia de un ser fantasmagórico mencionado en El libro de los muertos egipcio.

Debemos imaginar al alma del difunto que, guiado por Anubis, comparece ante el tribunal de Osiris. El corazón del muerto es depositado sobre uno de los platillos de una balanza; sobre el otro, la pluma de Maat (símbolo de la verdad y la justicia).

"El muerto jura no haber sido causa de hambre o causa de llanto, no haber matado y no haber hecho matar, no haber robado los alimentos funerarios, no haber falseado las medidas, no haber apartado la leche de la boca del niño, no haber alejado del pasto a los animales, no haber apresado los pájaros de los dioses."

"Si miente los cuarenta y dos jueces lo entregan al Devorador “que por delante es cocodrilo, por el medio, león y, por detrás, hipopótamo”. Lo ayuda otro animal, Babaí, del que sólo sabemos que es espantoso y que Plutarco los identifica con un titán, padre de la Quimera."

LOS SARABIA (3)


Nadie le habría echado cincuenta años. Alto y extremadamente delgado, de ojos melancólicos, tez morena y largos cabellos blancos, aparentaba más bien sesenta y cinco o tal vez más. Sus manos eran largas y huesudas, pero tenían una firmeza que inspiraba confianza. El amplio mostacho, también blanco, ocultaba parcialmente unos labios finos y apretados que dibujaban una mueca dolorosa.

Ese verano se disponía a faltar por primera vez a su cita de todos los años. Sabía que esta vez no podría viajar a la ciudad del Sur. Sabía que Luisa contaría impaciente las semanas y los días para reencontrar aquel amor otoñal que era lo único que les estaba ya permitido. Ella habría perdonado los estragos del tiempo, aquellos síntomas de una decadencia prematura que él conocía perfectamente. No se trataba de eso. Simplemente, él sentía que esta vez no podría hacerlo.

Aunque el calor apretaba ya en esos últimos días de mayo, Gustavo León vestía su invariable terno oscuro. Luisa lo había visto siempre así desde el día en que le anunció que no podía casarse con él. Ella solía decir en broma que parecía un literato romántico, y ciertamente le asistían buenas razones. Según él, gastaba aquel atuendo en señal de luto por sus amores malhadados.

Gustavo León compró la casa para Luisa aun cuando había perdido toda esperanza de que ella aceptara ir a Barcelona con él. Había tenido en cuenta hasta el más pequeño detalle, pensando siempre en ella. Situada en las afueras de la ciudad, estaba rodeada de un jardín donde crecían las plantas predilectas de Luisa. En el salón había un hermoso Pleyel con los Nocturnos de Chopin en el atril. También una chimenea y dos mecedoras, porque ella le confesó una vez que le gustaría leer a Balzac junto a un buen fuego, en voz alta, para él. En el piso superior había hecho construir un gabinete que reproducía exactamente el cuarto de Luisa en la casa de sus padres. No vaya a echarlo luego de menos, decía. Tampoco faltaba la habitación de doña Concepción Alfaro, madre de la muchacha y viuda del capitán de navío don Fulgencio Pertíñez. Esta pieza había perdido toda utilidad tras el fallecimiento de aquélla, pero Gustavo León no quiso asignarle a pesar de todo otra función.

Recorrió una vez más las habitaciones en penumbra. Le gustaba hacerlo así porque entonces podía imaginar que no estaba solo. El aire sofocante de la tarde y el intenso aroma de las primeras rosas le produjeron una sensación de ahogo. Tuvo que sentarse en un diván y aflojar el nudo de la corbata.

El doctor Gustavo León gozaba de una excelente y merecida reputación. Sus pacientes le atribuían cierta fuerza carismática ante el sufrimiento. Sus manos transmitían confianza y optimismo incluso a los desesperados. Algunos le consideraban un santo que había recibido el don de sanar por amor. Su mirada, el contacto de sus manos, la fuerza de aquellos labios finísimos y apretados con inusitada energía bastaban para reconfortar a muchos. Había ganado mucho dinero con su trabajo, pero, a excepción de lo que invirtió en aquella casa, siempre vivió de forma austera. Se levantaba antes del alba, se aseaba, tomaba un café de cebada sin azúcar y se marchaba a pie, lloviera o nevara, hasta su consulta. Trabajaba sin interrupción hasta la noche. A las ocho en punto regresaba y tomaba una cena frugal. Luego vagabundeaba a oscuras por la casa hasta muy entrada la madrugada. Apenas dormía un par de horas.

Últimamente se mostraba más pensativo que de costumbre. Le daba por cavilar sobre la posible utilidad de su vida. A los ojos de sus pacientes era una eminencia, incluso un hombre santo, pero él sólo encontraba alguna justificación a su existencia a través del recuerdo de Luisa. Rememoraba la vida como algo bello a causa de ella. Un hada que abrillantaba con frenesí la cubertería familiar y tocaba a Chopin al atardecer. Seguramente el mundo no la merecía, pero ella había nacido para transfigurar el mundo con su sola presencia. Así había de sentirlo muchos años después Rodrigo Sarabia.

Gustavo León sabía mejor que nadie dónde se escondía el mal. Sabía que no había otra salida sino convivir con él en silencio. El mal tenía otros nombres horribles, pero él prefería llamarlo soledad. Los calmantes le ayudaban a soportar en secreto el dolor. Un colega lo descubrió. Le rogó que se sometiera a tratamiento, pero él se negó en absoluto.

—¿Para qué? —repetía—. Esto ya no tiene arreglo. No es más que soledad. Y la soledad no tiene remedio. Al menos para mí.

Ninguna razón valió para hacerle cambiar de idea. El tumor evolucionó rápidamente. Él siguió atendiendo su consulta como si nada hubiera cambiado.

—Este mal ya es antiguo —se decía.

Sus pacientes comentaban cuánto había envejecido el doctor Gustavo León en unos pocos meses. Alguna vez actuaba de forma extraña. Le sucedía con frecuencia que no podía contener las lágrimas cuando le describían los síntomas de una dolencia sin importancia. En varias ocasiones, finalizada una visita, sacó la billetera y entregó al aturdido paciente los honorarios de la consulta. También solía pedir consejo a sus enfermos para combatir los embates de la melancolía. Estas extravagancias no hacían más que reafirmar a las gentes en su fervor hacia el singular médico.

En lo hondo del silencio de la madrugada, paseaba aún los corredores, las estancias sombrías, las alacenas vacías hasta la desesperación de aquella casa que nunca habría de cobijar sus amores otoñales. Acarició con la ternura de una despedida las mecedoras que se balanceaban ante el hogar apagado y que él, sin embargo, escuchaba crepitar. Luego se dirigió al gabinete que replicaba hasta el más insignificante detalle el de Luisa, allá en su ciudad del Sur. Allí quiso aguardar el fin. Allí pudo hablarle de tú a tú a aquello que se había ido desarrollando en su interior, que era como él y más fuerte que él, increparle por sus verdaderos y horribles nombres, que no eran soledad como él había fingido hasta entonces.

Seguramente no supo siquiera cuándo llegó el momento. Habituado a vagar a oscuras por aquella casa, tal vez siguió haciéndolo por la fuerza de la costumbre hasta la eternidad.

miércoles, 20 de agosto de 2008

VIAJEROS ROMÁNTICOS (2)

Para Nefer, con mi afecto

DAVID ROBERTS (1796-1864)

Continuamos esta serie dedicada a los grandes viajeros románticos con algunos de los bellísimos dibujos realizados por David Roberts en su viaje a Egipto. Los viajeros románticos visitaron los lugares más recónditos en pos de la belleza y el esplendor del arte antiguo. Hicieron del viaje peregrinación espiritual. Apenas podemos imaginar la emoción que debió embargarles cuando, tras semanas, meses de fatigoso viaje, descubrieran algunas de las obras monumentales de la civilización egipcia, griega, romana, musulmana.


Templo de Philae

Templo de Philae

Templo de Karnak

Metwalys (El Cairo)


La Esfinge

martes, 19 de agosto de 2008

LOS SARABIA (2)


La tía Luisa era una mujer dulce y hacendosa. Pasaba las horas sacando brillo a los muebles y ordenando todos los objetos conforme a unas complicadas leyes de armonía que sólo ella conocía. Pese a todo, no era un ama de casa obsesionada por la liturgia de las faenas domésticas. A veces se sentaba a tocar el piano y se olvidaba de todo. El pequeño Rodrigo la contemplaba en silencio y presentía que los dos estaban en tales ocasiones muy lejos del mundo. Ella le hizo descubrir la emoción de la palabra y de la música. Con el fondo de los Nocturnos de Chopin, leyó los cuadernos de poesías de su padre: un volumen de sonetos escrito durante las primeras semanas de su matrimonio con Blanca y una extensa elegía de más de trescientos versos compuesta en memoria de la difunta.

Congeniaron muy bien desde el principio, pese al carácter anárquico y voluble de Rodrigo. La tía Luisa era una mujer de mediana edad, bien parecida, de mirada nostálgica y suaves gestos. Rodrigo observó de inmediato que se transfiguraba al sentarse al piano. Interpretaba a Chopin con excesivo lirismo y se permitía algunas licencias que sin duda habrían merecido la reprobación de sus maestros. Si es que los tuvo alguna vez, pues daba la impresión de haber nacido sabiendo. Cerraba los ojos, se convulsionaba como poseída por fuerzas inconfesables y parecía sufrir horribles tormentos. Sus manos pequeñas, blanquísimas, recorrían el teclado con energía insospechada. El niño comprendió muy pronto que era su forma de vivir, de amar.

Desde niña estuvo enamorada de un primo que vivía en Barcelona y volvía cada año para pasar el verano. La memoria de la tía Luisa guardaba el recuerdo de muchos estíos luminosos, alegres juegos infantiles y algunas promesas realizadas en los anaranjados crepúsculos de septiembre. Se llamaba Gustavo León. Era alto, muy delgado y de ojos melancólicos, según pudo comprobar Rodrigo en los retratos que conservaba la tía Luisa. Un verano regresó con el título de doctor en medicina. Pensaba establecer una consulta en Barcelona. Le pidió que fuera con él, pero ella sintió un vértigo insuperable al saberse de pronto dueña de su destino. Su madre, doña Concepción Alfaro, viuda de un capitán de navío, gozaba de una precaria salud. Al conocer las intenciones del joven, se limitó a decir a su hija:

—Por mí te casas cuando quieras. Para pudrirme me basto sola.

Luisa rechazó a Gustavo León a sabiendas de que estaba arruinando su vida. El desolado muchacho renunció a la idea del matrimonio y siguió visitando a Luisa cada verano, como cuando eran niños. Los inviernos los pasaba la muchacha abrillantando las cuberterías con frenesí y tocando música de Chopin al atardecer. Doña Concepción, la viuda del capitán de navío, exclamaba con la rabia aquilatada durante toda una vida de frustración:

—Deja ya de tocar esa música lasciva, que vas a acabar por convertirte en una ninfa. Y toca algo de Bach, a ver si se te enfrían los humores.

Pero Luisa interpretaba las fugas de Bach y hasta los estudios de Czerny con idéntica pasión, porque cuando se sentaba al piano era para amar a Gustavo León todo lo que no le había permitido la vida.

—Niña, tapa ya el piano, que me estás poniendo nerviosa —protestaba mohína doña Concepción—. ¡Si tu padre, que en gloria esté, levantara la cabeza!

Su padre, el capitán de navío don Fulgencio Pertíñez, no podía naturalmente levantar la cabeza, pues había muerto quince años antes. Además, Luisa pensaba que, en el nada probable caso de que eso ocurriera, el finado no regresaría tal vez con el fin de criticar sus interpretaciones pianísticas.

—¡Ay, si tu padre se levantara de la tumba! —se obcecaba inútilmente doña Concepción.

La anciana se fue de la vida como había pasado por ella: refunfuñando. Gustavo León propuso nuevamente a Luisa el matrimonio, pero ella sentía aún ese vértigo insoportable. Él comprendió que nunca se casarían. La otoñal amistad de la pareja perduró hasta la muerte prematura del médico, a sus cincuenta años de soledad.

A la tía Luisa la salvó del naufragio la llegada del pequeño Rodrigo, hijo de su sobrina Blanca. El niño había perdido a sus padres en un breve espacio de tiempo. Juntos compartieron los juegos, los estudios, las risas. Juntos cultivaron la memoria de la malograda Blanca, la sobrina predilecta a pesar de sus licenciosos hábitos y sus ideas políticas extravagantes. Juntos recorrieron con ojos emocionados los versos de Celestino Sarabia escritos con una pulcra caligrafía de amanuense decimonónico en cuadernillos de color rosa pálido. Juntos superaron los infinitos rigores de la tristeza.

Aquella mujer extraordinaria fue para Rodrigo algo más que la madre que había perdido en el fondo de los armarios y en los sórdidos ruidos de las tuberías: fue una guía espiritual, sentimental e intelectual al par que una excepcional compañera de aventuras.

Era exagerada la afirmación del tío Alberto. En realidad, Celestino Sarabia no había dilapidado nada que pudiera llamarse con propiedad una fortuna. Es cierto que disponía de una modesta renta que le permitió dedicar sus ocios al cultivo de las letras, pero hablar de una fortuna familiar era sin lugar a dudas un exceso. En cualquier caso, las nefastas ediciones de los libros de versos costeadas a sus propias expensas y lo que él mismo dio en llamar su peregrinación espiritual en pos del ánima de Blanca, dieron cumplido fin al menguado patrimonio de los Sarabia.

Pese a todo, el pequeño Rodrigo tuvo cuanto podía necesitar. La tía Luisa era una especie de hada que obraba el cotidiano milagro de sacar las cosas de la nada. Si las suelas de los zapatos se agujereaban, ella aparecía esa misma tarde con un nuevo par. Si el niño necesitaba un atlas, unas acuarelas, un diccionario, la tía sabía conseguirlos al punto. Cuando llegaba el día de Reyes, Rodrigo encontraba bajo el nacimiento iluminado el juguete que con más afán había deseado. Todo esto le llevó a considerar que la tía Luisa era rica. Pronto descubrió su error. Aquella mujer era un hada que encontraba siempre el modo de burlar las severas leyes de la matemática, de tal modo que el exiguo presupuesto doméstico alcanzara sus últimos objetivos. Por eso, y por tantas cosas, Rodrigo Sarabia guardaría un imborrable recuerdo de sus años de adolescente en aquella casa.

Tal vez fuera esa entrañable fidelidad lo que el tío Alberto no le podía perdonar. Después de todo, esa camaradería confiada y alegre, tan distinta de cualquier vínculo familiar imaginable por su mente mezquina, había sido la única relación duradera de Rodrigo Sarabia.

domingo, 17 de agosto de 2008

LOS SARABIA (1)


El tío Alberto había despreciado desde siempre a la familia Sarabia. Gente bohemia, insolvente, parientes incómodos a los que no se cansaba de manifestar el más ostentoso desprecio. Trató de impedir la boda de su hermana Paula con Rodrigo hasta el último momento. Como no lo consiguiera, creyó su deber, su responsabilidad moral, decía, impedir la convivencia pacífica de la pareja con las más impertinentes intromisiones. El continuo sabotaje de su vida conyugal no hizo sino adelantar los acontecimientos. Todo el mundo sabía que Rodrigo no era hombre para vida de casado. De carácter inquieto, soñador, inseguro, antojadizo incluso, no podía durar mucho junto a alguien como Paula. El primer abandono fue celebrado por el tío Alberto con declaraciones triunfales. Al fin había sucedido lo que tantas veces pronosticara.

—¿Lo ves? ¿Qué te decía yo? Estaba cantado. Es un Sarabia, ya está todo dicho.

Hijo de un poeta y una corista. Paulino ha escuchado muchas veces esta frase referida a Rodrigo Sarabia. Los labios temblorosos del tío Alberto la paladeaban con delectación mientras alzaba el índice en actitud admonitoria. Al pobre abuelo lo llama nigromante tuberculoso, poetastro tísico, vate bastardo y otras cosas peores. Fundamentalmente, solía reprocharle la dilapidación de una fortuna familiar poco más que modesta.

Celestino Sarabia, que así se llamaba el injuriado poeta padre de Rodrigo y abuelo de Paulino, había conocido a Blanca en una carga policial. Ambos participaban en una manifestación obrera que acabó en batalla campal. Los guardias hundieron espuelas contra los trabajadores. Durante algunos minutos reinó el pánico. Celestino había recibido un fuerte golpe en la frente. Corrió tambaleándose hasta alcanzar un portal. Allí, en la penumbra temblorosa, estremecido por el dolor y el miedo, la vio, escondida también, con los signos del terror dibujados en unas pupilas negras, hondísimas.

Pese a sus ideas, Celestino era un joven con medios propios de fortuna. Gustaba calificarse de escritor. En realidad sólo había publicado algún artículo en un diario local y costeado a sus expensas la ruinosa edición de un librito de poesías. Blanca trabajaba en un cafetín, donde interpretaba cada noche una graciosísima copla de una pulga que se escondía en lo más intrincado de sus entretelas.

Tras un breve noviazgo de tres meses, se casaron una luminosa mañana de abril. Cuando salían de la iglesia, contemplaron una carga policial que arremetía contra una manifestación igual a aquella otra en la que ambos participaran poco tiempo atrás. A Celestino se le vino un sabor amargo a la boca.

La noche de bodas, Blanca tuvo un lúgubre sueño. Se vio tendida en un ataúd, fragante como un ramo de alhelíes, fatalmente rígida pero consciente. Podía escuchar el llanto monótono de Celestino mientras clavaban la tapa del féretro. Sabía que debía decir algo de suma importancia, pero no podía articular el más leve sonido. Al fin despertó congestionada por la angustia. Celestino se sobresaltó. Ella lo abrazó y dijo con voz ronca:

—Si muero, promete que intentarás ponerte en contacto con mi espíritu.

Él la miraba sin dar crédito a sus oídos.

—Promete que irás en busca de una médium y te pondrás en contacto conmigo en el otro mundo. Promételo.

Celestino se dio cuenta de que estaba cabeceando afirmativamente, sin salir de su estupor. Antes de que pudiera decir nada, Blanca se había aferrado a él como un animalillo trémulo y hambriento de amor.

El día que se cumplía su décimo aniversario, Blanca amaneció fría y rígida, tal como se contemplara en sueños la noche de sus bodas. Rodrigo tenía ocho años. Celestino tardó tiempo en recordar. Luisa, una tía soltera de la madre, se hizo cargo del pequeño porque aquél parecía haber perdido el juicio. Decía escuchar ruidos extraños en las tuberías, pasos que le seguían por los pasillos hasta confundirse con los suyos. También veía siniestros resplandores en el fondo de los armarios y entre las sábanas. Al cabo de un año ocurrió. De pronto recordó el sueño de Blanca y su insensata promesa.

La médium se llamaba Elisa Rodríguez, pero se anunciaba con el título de Sacerdotisa de Isis. Frisaba los cincuenta años, tenía una papada que le confería un aire familiar y lucía amplio repertorio de bisutería. Celestino había acudido sin convicción, como quien cumple un ingrato deber. Nada esperaba de aquella rolliza discípula de Isis. Pero cuando la escuchó repetir, mudada la voz, palabras que no eran suyas sino de Blanca, cuando expresó hasta los más recónditos pensamientos de la difunta, sólo conocidos por él, empezó a cavilar. La médium decía con la voz de Blanca que debía caminar hacia ella, que sería una larga peregrinación, pero que era la única manera de encontrarse, de ser otra vez un sólo espíritu, decía.

—¿Qué debo hacer? —preguntaba él.

—Ven en mi busca —respondía la vidente con ojos extraviados—. Ven en mi buscaaa...

—¿Dónde estás?

—En muchos lugares. Será un largo viaje.

Unos meses después, venciendo la resistencia de la tía Luisa, Celestino se dispuso a partir en compañía de su hijo.

—Debe venir conmigo —dijo con aire terminante.

Por indicación de la médium, se dirigió a Aviñón, donde había de contactar con madame Vouvray. Rodrigo dejó escrita una hermosa historia en la que evoca a la extravagante dama. La llama la Papisa de Aviñón. Era una mujer de edad indefinida, elegantes maneras y porte aristocrático, de risa sonora y profunda —de bajo wagneriano, anota Rodrigo Sarabia—. Tenía un loro que respondía por Fígaro. Según parece, podía entonar algún aria de Rossini, aunque cambiaba el tono en los pasajes más expuestos.

No consiguió nada Celestino en Aviñón, pero fue enviado a Ginebra con encarecidas razones. Posteriormente viajaron hasta Lucerna —Rodrigo ha dejado una emotiva descripción del puente medieval sobre el lago, cuyas pinturas tanto impresionaron su infantil imaginación— y luego a Kaysersberg, un bellísimo pueblecito alsaciano.

En cada lugar sentía Celestino más cerca el rastro de su difunta esposa. En Lucerna, la presencia se manifestó como ráfaga de aire helado. A partir de ese momento, comenzó a escuchar en todo momento las pisadas de Blanca, que corría como empujada por algo en el más allá. También creía advertir por la noche el roce de unos labios fríos sobre su frente, la misma sensación que experimentó al besar la mejilla exánime de Blanca por última vez.

Habían recorrido innumerables ciudades en pos de aquel rastro imposible. Celestino se creía más cerca de ella que nunca, más cerca que cuando la tenía, viva aún, en sus brazos. Los mensajes eran más y más explícitos. Debía continuar. La búsqueda llegaba a su fin. Un día, el mensaje desconcertó al pobre Celestino:

—Devuelve al niño con los vivos.

Sintió miedo, pero supo lo que debía hacer. Acompañó al pequeño Rodrigo con la tía Luisa y volvió solo para dar término a su viaje. Dos semanas más tarde se recibió un telegrama comunicando su muerte. Rodrigo escribe en su relato que su padre llevaba unos alhelíes prendidos en la solapa cuando se despidió de él.

—Son para tu madre.

Sólo él comprendió que realmente era así.

JARDÍN PROHIBIDO


Y se pobló de estrellas el jardín prohibido,
con sus melancólicos laureles,
con sus fragantes violetas nocturnas,
con sus mil criaturas dulcísimas
por una misteriosa vigilia animadas.

Nadie supo de aquel prodigio
en las trincheras, en los húmedos hospitales,
en las miserables celdas de los hombres.
Nadie supo de aquel delicado rocío celeste
que flotaba ingrávido sobre las esferas,
que era más que música y era como la música.

El asombroso jardín se llenó de presencias fluorescentes,
mientras un hálito de otro mundo ascendía despacio
entre nubes irreales y lunas blanquísimas, insomnes.

Los hombres se afanaban mientras tanto
en sencillos menesteres.
Nadie cantó aquel prodigio. Nadie vio. Nadio oyó.
Pero en alguna parte, en la ciudad del odio,
un niño exhaló un suspiro.

viernes, 15 de agosto de 2008

EL PRERRAFAELISMO (6)

JOHN WILLIAM WATERHOUSE (1849-1917)

No nos resistimos a ofrecer algo más de este autor. Adentrarse en su obra es como internarse en un bosque irreal. Una vez cruzado el umbral, ¿quién se resistiría? Es fácil abandonarse, perderse. Tal es la belleza de las escenas de temática literaria o mitológica que nos salen al paso. Prosigamos, pues, nuestro recorrido por este laberinto donde se rinde culto a la belleza, la sensibilidad y el misterio.

"La bola de cristal"

JOHN WILLIAM WATERHOUSE (1849-1917)

"Sweet summer"


JOHN WILLIAM WATERHOUSE (1849-1917)

"Julieta"

jueves, 14 de agosto de 2008

A UN POETA



Dejad que calle su nombre
como humilde homenaje.
Dejad que hable sólo
de sus manos, de sus versos,
de tantas cosas.

Fértil fue el hombre
y fértiles sus sueños
en un país dormido.
Cuánto amor desterrado
al fondo de las plazas
donde el olvido mora, peca.

Esbelto clasicismo
en sus palabras late;
también el ansia, la locura
de dioses ebrios, vengativos,
al desván de los horrores asomados.

Luchó el hombre por su amor,
por su fe en una broncínea piel desnuda:
ciega pasión salvaje, prístina,
frente a las torpes miserias de su siglo.

¿Qué fue de tanto miedo,
de tantas deliciosas horas de tormento?
¿Qué fue de tanto veneno dulcísimo
derramado en unos labios mordidos hasta el delirio?

Dejad que calle su nombre:
los laureles cubren para siempre su memoria.

martes, 12 de agosto de 2008

VIAJEROS ROMÁNTICOS (1)

DAVID ROBERTS (1796-1864)

Inquieto artista escocés, prototipo del viajero romántico decimonónico, visitó Francia, Gran Bretaña, Alemania, Países Bajos, España, Egipto, Tierra Santa e Italia. Profundo observador, excelente paisajista, nos dejó el testimonio de una época enomorada de los vestigios del pasado.

Alhambra (Granada, España)

Abú Simbel (Egipto)

Petra (Jordania)


lunes, 11 de agosto de 2008

CIUDAD DE NOCHE


Una ciudad no es sólo espejismo
ni profundo laberinto donde el amor se crece:
es acaso todo eso y un puñado de vida
con recuerdos de neón,
con plazas desnudas hasta la injuria
y una sombra ebria sin alma ni pasado.

¿No habéis sentido nunca el beso implacable del frío,
crudelísima sierpe, en la ciudad dormida?
¿No habéis tocado nunca el rostro insomne de un condenado
en la ciudad humillada, nocturna?

Las ciudades aguardan en silencio
que ese ángel de neón renazca con el nuevo día,
vulgar fénix que se arrastra inmundo
entre los restos del naufragio.

sábado, 9 de agosto de 2008

viernes, 8 de agosto de 2008

EL PRERRAFAELISMO (5)

JOHN WILLIAM WATERHOUSE (1849-1917)

Ya dedicamos una entrada a este genial autor, muy próximo a los postulados estéticos de la Hermandad Prerrafaelista. El innegable encanto de sus cuadros, el halo de misterio, la sensualidad, la extraordinaria belleza en suma de sus creaciones, bien merecen nuestra atención.

"The Shrine"

(Para Meryone, of course)


JOHN WILLIAM WATERHOUSE (1849-1917)

"Ofelia"


JOHN WILLIAM WATERHOUSE (1849-1917)

"El despertar de Adonis"




miércoles, 6 de agosto de 2008

MONSTRUOS (1)

LADÓN, EL DRAGÓN DE CIEN CABEZAS

Protegía las manzanas de oro del jardín de las Hespérides por mandato de Hera. Muerto por Hércules en uno de sus doce trabajos, la diosa, como muestra de gratitud, lo convirtió en la constelación del Dragón.

Hércules derrota al dragón

Las ninfas del jardín dorado

Dragones en el medievo: San Jorge lucha contra el dragón

martes, 5 de agosto de 2008

EL PRERRAFAELISMO (4)

DANTE GABRIEL ROSSETTI (1828-1882)

Poeta y pintor inglés, uno de los fundadores de la hermandad Prerrafaelista junto con Millais y Hunt. Enamorado del arte italiano medieval, comienza su carrera con una "Infancia de la Virgen" y una originalísima interpretación de la Anunciación ("Ece ancilla Domini"). La poesía de Dante Alighieri, las leyendas artúricas y la mitología son algunos de los referentes de su obra.

Su esposa, Elizabeth Eleanor Siddal, a la que inmortalizó en muchas de sus creaciones, se suicidó ingiriendodo láudano. Esta trágica circunstancia postró a Rossetti en la depresión. Es significativo el hecho de que decidiera sepultar muchos de sus poemas inéditos junto al cadáver de Elisabeth.

"La Anunciación"

DANTE GABRIEL ROSSETTI (1828-1882)

"Beata Beatrix"

DANTE GABRIEL ROSSETTI (1828-1882)

"Proserpina"

lunes, 4 de agosto de 2008

BESTIARIO (1)

EL UNICORNIO DE MÁGICAS VIRTUDES


EL BASILISCO DE FULMINANTE MIRADA



EL AVE FÉNIX QUE RENACE DE SUS CENIZAS