jueves, 26 de febrero de 2009

TE RECUERDO AZUL

"Desnudo con silla de mimbre" (Edvard Munch)


Te recuerdo azul en mañanas de abril
envuelta en ternuras y azaleas,
enredada en mis brazos
como una yedra oscura y obstinada.

Te recuerdo dorada en tardes de octubre,
silenciosa, plena, dormida en mi cama
mientras mis dedos trazan
los signos del deseo en tus caderas.

Te recuerdo morada en las lunas de agosto,
cuerpo extendido, ebrio velero,
sima donde la luz se invierte
y envenena sin compasión mis besos.

Te recuerdo blanca al despertar enero,
blanca nieve en tus pechos,
jardines insomnes, blanquísimos,
agonizantes lirios de mi invierno.

Te recuerdo siempre en las tardes sin fecha,
mujer que nunca amé o amé en silencio.
Hoy, como ayer, como nunca,
mis dientes morderán otros labios
mientras cuchillos lentos, lujuriosos,
se saciarán de ti en improbables cuerpos.

martes, 24 de febrero de 2009

HUMOR (1)

ROWAN ATKINSON
"Mister Bean en la iglesia"

En 1990 nace en la Independent Television una serie de humor titulada "Mr. Bean", protagonizada por Rowan Atkinson.

Británico, absurdo, ridículo, compulsivo, entrañable y genial, Mr. Bean tiene un osito de peluche y un Austin Mini que cierra con un candado y que suele provocar incomprensibles colisiones.

Mr. Bean se caracteriza, ante todo, por no resolver jamás las situaciones en la manera en que podría hacerlo cualquier otro ser humano.



domingo, 22 de febrero de 2009

ANTONIO MACHADO, IN MEMORIAM

Este también es él. Tal vez más que ninguno.


El aula.

Leonor.

Madurez y soledad.

Últimos días.

Ligero de equipaje.

Vuelta a la infancia en Sevilla. Machado vive.


"Estos días azules y este sol de la infancia (...)"

sábado, 21 de febrero de 2009

OTRAS MÚSICAS (5)

POLLY JEAN HARVEY, KYLIE MINOGUE Y NICK CAVE
"Henry Lee"
"Where the wild roses grow"

En 1996, Nick Cave y The Bad Seeds publican "Murder Ballads", un trabajo discográfico compuesto por diversas canciones con una temática común: el asesinato. Crímenes que en algunos casos forman parte de la tradición popular y en otros son fruto de una imaginación desbordante.

Colaboraron en este proyecto con el cantante y compositor australiano artistas como Kylie Minogue o la mismísima P.J. Harvey.

Disfruten dos momentos deliciosos e inspiradísimos. En el primero, Nick Cave con la adorable P.J. Harvey en "Henry Lee". En el segundo, con Kylie Minogue en "Where the wild roses grow".







viernes, 20 de febrero de 2009

DESPEDIDA

"Separación" (Edvard Munch)


Es tiempo ya de cruzar las ondas,
purísimos círculos dormidos
allá en las grutas donde el olvido mora.

Adelanta tu mano, consiente
segura de tu destino inaplazable.

Cuánto insensato fuego,
cáliz por altísima mano derramado,
cuántos melancólicos verbos,
cuánto abismo abierto al horror de la nada.

No. Es tiempo ya.
El río espera. No tardemos.
Alguien dirá por ti
las secretas palabras que en tu mente se helaron.
Alguien frecuentará los cotidianos objetos de tu vida,
besará la boca abandonada para siempre,
habitará un cuerpo tantas veces amado.

El río espera. Vamos.

jueves, 19 de febrero de 2009

OS PRESENTO A LOBITO


Es Lobito. ¿No es un cielo?

En realidad no es todo lo bueno, dócil y afectuoso que cabría esperar de un lobo. Pero aun así, lo quiero.

Es amigo del murciélago de Meryone. Está por ver si también lo es de la oveja.

Lo encontraréis rondando por la parte inferior del escritorio, justo encima de las etiquetas. Le encanta seguir el cursor del ratón, aunque a veces se pone un poco agresivo. Pero tranquilos, que no hace nada. (Cruzo los dedos.)

Si queréis alimentarlo, podéis hacerlo. Él lo agradece, aunque no lo parezca.

martes, 17 de febrero de 2009

MÚSICA CON HISTORIA (8)

WOLFGANG AMADEUS MOZART
Concierto para piano y orquesta número 21 en do mayor, K 467
Andante

Estrenado en 1785 en el Teatro de la Corte Imperial y Real de Viena, el concierto para piano en do mayor, K 467, es una de las piezas más inspiradas de Mozart. También uno de los más populares ejemplos de esta forma musical tan querida por los autores clásicos y románticos.

En esos años, Mozart ha cometido la audacia de desembarazarse de sus amos. Es uno de los primeros compositores que organiza conciertos públicos con la intención de sacar la música del selecto y reducido círculo de la corte y, al propio tiempo, librarse de la tiranía de los odiosos aristócratas y los mezquinos príncipes de la iglesia que se empeñan en tratarlo como a un lacayo.

Escuchamos el segundo movimiento, Andante, una página impregnada de dulzura y melancolía, siempre regida por el exquisito equilibrio que caracteriza al genial compositor salzburgués.

Siempre Mozart, él, elegido de los dioses...


miércoles, 11 de febrero de 2009

LA CASA DEL ESCRIBANO (y 2)


Don Alonso de Padilla parecía ignorarlo todo. No obstante, Inés sorprendió en él una expresión burlona que le quitó el sueño durante semanas. ¿Acaso estaba al corriente de lo sucedido? ¿Les habría delatado la vieja después de todo? Quiso compartir su angustia con Gonzalo. Él supo disipar sus miedos con las más turbadoras caricias, pero Inés percibía una extraña vibración en sus brazos, una fuerza desconocida, incontrolable, irracional, capaz de destruir y de destruirse a sí misma.

Los rostros sonrientes de don Alonso, de Gonzalo, de la vieja Tomasa, semejaban máscaras de muecas tan horribles como vacías. ¿Qué pretendían? ¿De quién intentaban mofarse? Sus sonrisas ocultaban, ella lo sabía bien, una fuerza oscura y temible. Inés llegó a suponer que se habían confabulado para hacerla enloquecer. Luego observó atentamente aquellos rostros. Se habituó a estudiarlos en silencio mientras comían, mientras dormían. Aprendió en sus gestos, en las breves contracciones de sus músculos cuando replicaban, cuando masticaban, cuando miraban distraídamente por la ventana abierta sobre los tejados. Así llegó a entender muchas cosas. El viejo esposo lo sabía todo, de eso no había la menor duda. Había descubierto la traición y aguardaba pacientemente. ¿A qué? Era obvio que planeaba una venganza ejemplar.

Una madrugada soñó Inés que el frío de la muerte se metía en su cama, la rodeaba como un espíritu perverso, la poseía con la violencia de un huracán hasta casi arrastrarla consigo al mundo de las sombras. Despertó de pronto y comprendió. Asido a ella yacía Gonzalo, pálido, sudoroso, como un niño que al fin ha conseguido su propósito. Se zafó de él como pudo y corrió al gabinete del anciano. Vio la cama deshecha pero vacía. De pronto tuvo una visión. El excusado. Don Alonso de Padilla, escribano de la Real Chancillería, sentado a horcajadas en su ridículo trono. El hedor del retrete. Los ojos abiertos con una mezcla de espanto y burla. Así lo encontró. Volvió al lecho aterrorizada. Buscó, pero Gonzalo ya no estaba. Allí se quedó el resto de la noche, tiritando de frío y abrasada por la fiebre. Por la mañana, los criados entraron a avisar que don Alonso había amanecido muerto en su gabinete con los Evangelios abrazados contra el pecho y una sonrisa de beatitud en el rostro. Inés conocía aquella sonrisa demasiado bien.

Durante las exequias, Gonzalo lloró tiernamente por el que había sido como un padre para él. Pero cuando regresaron a casa sus facciones se endurecieron hasta lo insoportable. Inés esperaba algo así. No en vano lo había visto arrancar al cadáver el manojo de llaves de un golpe brutal que le ocasionó un fuerte desgarrón entre los dedos inertes. El escalofrío que sintió entonces había de durarle para siempre.

Una vez en la casa, Gonzalo penetró en el gabinete del escribano. Sacó una llave del bolsillo y la introdujo en la cerradura del arcón. Inés lo miraba con los ojos humedecidos y sin dejar de sentir aquel escalofrío del que ya no había de librarse nunca más. De pronto le pareció que Gonzalo se tambaleaba como ebrio. Cuando se volvió, ya no era un ser humano. En un lenguaje confuso empezó a preguntar a gritos que dónde estaban los malditos doblones de oro del viejo miserable, que allí no había sino guijarros y papeles sin valor, que el hideputa se había burlado de él después de una vida de aguantar su fétido aliento y sus pedos y aquel horrendo grano en la nariz, el muy hijo de mala madre, que lo había descubierto todo y en lugar de castigarlos el muy cornudo había fingido y planeado aquella burla macabra. Luego se abalanzó sobre Inés con los ojos inyectados en sangre, preguntando siempre que dónde estaban los doblones, que tenían que estar en algún recóndito lugar, que ella debía saberlo como que había un Dios que los esperaba a los dos para arrojarlos a los infiernos, pero que a él no le importaba un ardite nada de eso con tal de encontrar el oro y bañarse en él y morderlo y tirarlo y malgastarlo y fundirlo en el crisol de todos los vicios inventados por los hombres y por los diablos del averno.

Inés lloraba y temblaba como una florecilla azotada por el vendaval y juraba no saber nada de los doblones. Gonzalo la apartó de un empujón y revolvió toda la casa aullando como un poseso. Al fin regresó al gabinete. La muchacha seguía agazapada como un animalillo asustado. Él se acercó despacio hasta ella y la golpeó con un furor incontenible hasta dejarla malherida en el piso. Iba a rematarla con un pesado guijarro que había tomado del arcón cuando lo detuvieron los criados ayudados por algunos vecinos. Nadie pudo encontrar a Tomasa.

Al atravesar el patio, maniatado, camino de la prisión, Gonzalo se detuvo de pronto ante la imagen del Padre Eterno pintada en el muro. Como si hubiera sufrido una revelación, se hincó de rodillas y comenzó a llorar y a mesarse los cabellos. Los criados pensaron que el Creador había obrado un milagro y que aquel llanto era de arrepentimiento. Pero Gonzalo estaba mirando hacia el mismo lugar al que miraba la imagen del Padre Eterno: un rincón insignificante del patio en el que él no había reparado hasta ese instante.

lunes, 9 de febrero de 2009

LUCES Y SOMBRAS

La Casa del Padre Eterno, en la placeta de Santa Inés

La carrera del Darro

La iglesia de Santa Ana desde Plaza Nueva, coronada por la Torre de la Vela


La Alhambra desde el Carmen de la Victoria

El paseo de los Tristes

Atardece en el mirador de San Nicolás

Se hizo la noche...

domingo, 8 de febrero de 2009

LUNA AZUL (Canción)

"Claro de luna" (Edvard Munch)


Estrella azul,
perdida en un rincón de la noche
soñarás otro mar
con olas de coral y de blanca sal.
Deja ya de llorar.

Tras el cristal
del vaso que envenena tu corazón
crece la tempestad.

Un barquito te espera
a la orilla del mar.
Jugarás con la espuma,
estrellita fugaz.
Pececitos de plata
y lunas de azafrán,
caballitos de nácar
contigo jugarán.

Se me olvidó
tu mirada violeta diciendo adiós,
olvidé nuestro amor.
Las rosas que a la playa devuelve el mar
hablan de soledad.

Lunita azul,
la escarcha que en tus labios alguien dejó
sabe a odio y a ron.

Un barquito te espera
a la orilla del mar.
Jugarás con la espuma,
estrellita fugaz.
Pececitos de plata
y lunas de azafrán,
caballitos de nácar
contigo jugarán.

Pececitos de plata
y lunas de azafrán.
Que las hadas te guíen
por las sendas del mar.
Que las hadas te guíen
por las sendas del mar.

viernes, 6 de febrero de 2009

LA CASA DEL ESCRIBANO (1)


El viejo escribano don Alonso de Padilla se consideró satisfecho de su buena fortuna. Allí estaba su sobrina Inés inclinada sobre el tosco bastidor. Un débil haz de luz se derramaba sobre sus cabellos rojizos. El anciano la miró con gratitud. Habían tenido que pasar tres largos años, pero había merecido la pena.

Ahora la recordaba como era cuando llegó a su casa: una niña de doce años huérfana y desvalida. Era hija póstuma de un hermano de don Alonso, y su madre acababa de morir de una extraña dolencia. Él se hizo cargo de la pequeña con un frío sentido del deber que excluía cualquier expresión de cariño. Durante años convivieron en la misma casa como dos extraños. A veces pasaban semanas y hasta meses sin verse. De Inés se cuidaba la servidumbre, en especial Antoñona, una vieja criada que gobernaba la casa con mano de hierro, pero que cobró mucho afecto a la niña.

Una tarde de abril tuvo lugar la revelación. Don Alonso de Padilla regresaba de sus ocupaciones en la Chancillería. Iba un poco fatigado por la brisa cálida que ascendía desde el río. Subió pausadamente los escalones de la cuesta. Al alcanzar la placeta, algo llamó poderosamente su atención. Frente a él, enmarcada por la hermosa ventana plateresca de aquella casa que ostentaba el escudo de su familia, se recortaba la silueta de una mujer de belleza extraordinaria. Tenía lindos ojos de gacela, dulcísimos labios, hoyuelos insinuantes y piel bronceada hasta el delirio. Sólo después de observarla un buen rato comprendió que era su sobrina.

A partir de ese instante, el viejo escribano concentró todas sus energías en conquistar a aquella desconocida en la que no había reparado hacía tantos meses, tantos años. La muchacha se alarmó ante el inopinado cambio de actitud. Al principio sintió temor. Pensó que no podía esperar nada bueno de un comportamiento tan extraño. Don Alonso la invitó a descubrir algunos de sus rincones privados. Incluso le mostró el excusado que había hecho construir para su uso exclusivo. Consistía en un bello sillón de madera tallada coronado por una tabla en cuyo centro se había practicado un orificio circular coincidente con el sumidero abierto en el piso. Este ingenioso invento permitía al escribano estudiar algunos documentos mientras hacía sus necesidades, actividad que al parecer encontraba en extremo gratificante.

La casa era una construcción morisca de principios del siglo anterior, centrada en torno a un amplio patio cuadrado rodeado de columnas de mármol. Vista desde fuera, su fábrica era sencilla. Sólo destacaba la ventana sobre la puerta de entrada en la que don Alonso vio a su sobrina Inés como en una aparición. Lo que más había impresionado a la niña desde su llegada eran los frescos pintados en los muros del patio. Representaban escenas mitológicas y religiosas. Adustos guerreros con luengas barbas, alusiones simbólicas a las virtudes e incluso una impresionante representación del Creador rodeado de querubines. Esta figura le producía siempre una extraña inquietud, tal vez por la forma en que miraba hacia un rincón del patio como buscando algo, anhelante, en una actitud que no parecía demasiado apropiada para el Padre Eterno.

Inés no tuvo apenas tiempo para acostumbrarse a la idea de que su tío se había enamorado de ella. Sentía nacer dentro de sí una repulsión creciente hacia aquel viejo que ahora la seguía a todas horas con ojos de chucho ilusionado. A esto se sumaba un incontenible sentimiento de horror al incesto que ni siquiera las elocuentes razones de su confesor, influenciado sin duda por el poderoso escribano, conseguían disipar. La joven acabó por escudarse en un fingido afán de profesar en algún convento. Don Alonso de Padilla no dio por perdida la partida. Movilizó todo un entramado de sutiles presiones alrededor de su sobrina. Al cabo de tres años llenos de pequeños y miserables chantajes, la voluntad de Inés cedió. Para completar su desdicha, la fiel Antoñona fue despedida por aquellos días bajo la absurda acusación de robar en la despensa. Una vieja desabrida ocupó su lugar.

Don Alonso cenó a sus anchas aquella noche. Inés había accedido al fin a sus pretensiones, y el caldo de gallina le sabía a manjar olímpico. Cerca del brasero, arrellenado en su butaca y viendo a la muchacha inclinada sobre el bastidor, pensaba que no se podía pedir nada más a la vida.

Ella aceptó la idea del matrimonio con toda la resignación de que era capaz. Su nueva vida era tan aburrida como la de antes, sólo que sin el cariño de Antoñona. Sólo hallaba algún placer en subir al palomar situado en lo más alto del tejado. Allí pasaba las horas acariciando las suaves plumas de las palomas. Se sentía libre mientras permanecía allá arriba escuchando el arrullo de las aves. Luego presentía los pasos de su viejo esposo en el patio y se le llenaba la garganta de angustia.

Ella sabía de algún modo difícil de explicar que uno de los escribientes empleados por don Alonso buscaba sus ojos con un afán reprobable. Hacía tiempo que lo sabía, pero no fue consciente de ello hasta que, una mañana, Gonzalo la siguió hasta el palomar y le desveló los anhelos de su corazón entre caricias torpes y vehementes que encendían por primera vez sus sentidos. Inés despertó de su sueño y comprendió que en realidad llevaba mucho tiempo aguardando que sucediera algo así. Eso deseaba al ver aparearse las aves en el palomar, al escuchar sus amorosas razones, que rebotaban luego durante la noche entre las frías paredes de su insomnio mientras su viejo marido dormía como un niño. Sí, ella había esperado siempre que aquello sucediera. Desde ese día, los dos jóvenes aprendieron a buscarse en la penumbra del patio o en la hiriente claridad del palomar, al cobijo del frío de la madrugada o en el estrepitoso ardor de la siesta.

No era difícil engañar al anciano después de todo. Daba la impresión de contentarse con poco. Bien servido en la mesa y regalado con algún gesto maternal, parecía profundamente satisfecho. Inés encontraba más peligrosa a Tomasa, la sustituta de Antoñona. Seguro que si la descubría no dudaría en delatarla ante el esposo.

El escribano confiaba plenamente en Gonzalo. Sabía de su ambición sin límites, pero le juzgaba leal e incapaz de violar las leyes de la hospitalidad. Siempre decía de él que llegaría muy lejos. Lo que nadie sabía es que un ansia violentísima corroía su ánima. No era la sana ambición del joven escribiente que aspira a ocupar un cargo destacado. No era el deseo de obtener el respeto y el aprecio de los poderosos. No era nada de eso. Lo que convulsionaba su pecho con la fuerza de un ciclón era el deseo de usurpar, de violentar, de destruir a aquel anciano miserable que le había tendido un día la mano, que lo había alojado en su casa y enseñado un oficio, que le había tratado en suma como a un hijo. Conquistar a Inés no representaba para él más que el primer paso de una empresa infame.

Los ojos de Gonzalo iban alternativamente desde los rojizos cabellos de la muchacha hasta un arcón cerrado con llave que se guardaba en el gabinete privado de don Alonso. Un día intentó inútilmente moverlo. Sin duda estaba repleto de doblones de oro, a juzgar por el peso. La riqueza del escribano era de todos conocida. No había otro lugar más apropiado para contener tal tesoro. Además, el viejo jamás se desprendía de las llaves.

Al poco tiempo fue despedido el otro escribiente. Al parecer, el ama de llaves lo había sorprendido revolviendo en el gabinete del dueño. El joven juró una y mil veces que la acusación era falsa, que aquella mujer le había tomado ojeriza y quería deshacerse de él por alguna misteriosa razón. De nada le valieron las protestas ni las lágrimas. Inés supo que decía verdad. Intercedió por él ante don Alonso. Todo fue en vano.

Una tarde, Tomasa subió al palomar mientras Gonzalo e Inés se amaban como locos. La muchacha pensó que aquello era el fin. Sin embargo, la vieja guiñó maliciosamente un ojo y se volvió a sus asuntos, no sin antes advertir que don Alonso estaba a punto de regresar. Inés no podía creer que aquella escena hubiera sucedido en realidad. Le parecía una angustiosa pesadilla. Con un tono que la sobrecogió, Gonzalo dijo que no debía inquietarse, que él lo había preparado todo. Entonces empezó a vislumbrar el alcance de aquel turbio asunto. Pero ya no sabía vivir sin Gonzalo. También ella había caído en la tupida tela de araña de sus devastadoras ambiciones. Sintió un vértigo insoportable. Ella había reconocido el espanto en los ojos del joven escribiente despedido ignominiosamente. Y antes en los de la pobre Antoñona. Miró a Gonzalo y supo que él estaba detrás de esos oscuros enredos. La opresión del miedo se agarró a su garganta. Ya no era posible elegir.

lunes, 2 de febrero de 2009

DE CINE (1)

REBECA
Alfred Hitchcock

Hitchcock rueda en 1940 su primera película en Estados Unidos. La producción, titulada Rebeca, se basa en la novela homónima de Daphne du Maurier (1907-1989).

El aristócrata británico Maximilian de Winter viaja a Montecarlo para recuperarse de la trágica muerte de su esposa, Rebeca. Allí traba amistad con una joven humilde que trabaja como dama de compañía. Pronto se enamoran y deciden casarse. Cuando se instalan en Manderley, la mansión de los Winter, la sombra de Rebeca se hace presente hasta la obsesión. Rebeca, la hermosa, la adorada, la elegante, la irreemplazable... sigue gobernando Manderley y la mente de todos sus habitantes desde el misterio de su vida y de su muerte.

La bellísima banda sonora del film fue compuesta por Franz Waxman, autor de otras famosas partituras para la gran pantalla como Sospecha, Humoresque o El crepúsculo de los dioses.

A continuación, el hermoso inicio del relato.