jueves, 28 de mayo de 2009

NO ESTAMOS A SALVO

"Miranda-La tempestad" (John William Waterhouse)


Mientras la yedra repita siniestras razones
en su abrazo mortal,
mientras un rastro plomizo de tristeza
amanezca en tus ojos,
ninguna muchacha de rubias trenzas estará a salvo,
ningún amante en la línea azul de un mar,
ningún niño inclinado sobre una fila de hormigas
estará a salvo.

La yedra nos mata con besos ahogados
mientras nos ama
con tortuosas caricias volcánicas
que dejan regueros de acíbar en los labios.
Y soledad. Y tristeza.

viernes, 22 de mayo de 2009

PUDO SER AYER

"Las bodas de Psique" (Edward Burne-Jones)


Los pétalos se habían detenido en el aire sin llegar a rozar sus senos. Sintió vértigo. ¿Era un final después de todo?
—Si no fuera absurdo, diría que ya recuerdo haberte visto marchar.
—Acaso lo hice en sueños.
Miríadas de corpúsculos dorados, luminosos, danzaban sobre unos labios entreabiertos.
—Tengo sed. De tus besos de amarga madreselva. De tus manos que dibujan misterios. De tu vida. De tu muerte. Tengo tanta sed.
Ella es ella y es otra. Todos los nombres se confunden en un nombre extraño, ajeno.
—No quiero que me dejes nunca.
—Nunca —repite el eco en la estancia vacía.
Los pétalos caen uno a uno, lentos, sobre su cuerpo ebrio de deseo.

jueves, 14 de mayo de 2009

MÚSICA CON HISTORIA (10)


FRÉDÉRIC CHOPIN
"Nocturno", opus 9, número 1, en si bemol menor

Música intimista, evocadora, impregnada de sutil melancolía, el primero de los veintiún "Nocturnos" compuestos por Chopin a lo largo de su vida es un excelente ejemplo del talento creador de su autor.

Elegancia, dominio de la forma e irreductible espíritu de libertad: en suma, siglo XIX y romanticismo en estado de gracia.

Las tres piezas que integran el opus 9 fueron compuestas entre 1830 y 1831, y dedicadas a Madame Camile Pleyel.

Merece la pena la foto fija con tal de disfrutar esta magistral versión de Claudio Arrau.



viernes, 8 de mayo de 2009

HOMENAJES: JAMES JOYCE Y LOS MUERTOS



JAMES JOYCE (1882-1941)

Unos golpes ligeros en los cristales le hicieron volverse hacia la ventana. Había empezado a nevar otra vez. Soñoliento, contempló los copos, plateados y oscuros, cayendo oblicuamente contra los faroles. Había llegado la hora de ponerse en camino hacia el oeste. Sí, los periódicos tenían razón: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve por todas partes en la oscura llanura central, sobre las colinas sin árboles, caía suavemente sobre el pantano cenagoso de Allen y más hacia el oeste, caía para unirse a las olas de las sombrías y rebeldes aguas del río Shannon. Caía también sobre el desolado cementerio de la colina donde estaba enterrado Michael Furey. Se posaba, espesa, sobre las cruces y lápidas torcidas, sobre los barrotes de la cancela, sobre los yermos espinos. Su alma se fue desvaneciendo poco a poco mientras oía el ruido de la nieve cayendo levemente sobre el universo y cayendo levemente también, como el descenso de su final postrero, sobre los vivos y sobre los muertos.


James Joyce, uno de los más interesantes escritores del siglo XX, nace en Dublín el 2 de febrero de 1882. Estudia con los jesuitas y, posteriormente, en la Universidad de Dublín. En 1904 abandona su ciudad natal en compañía de la que luego sería su esposa, y vive, siempre acosado por la pobreza, en Trieste y París. Tras la ocupación nazi, Joyce se traslada a Zürich, ciudad en la que moriría el 13 de enero de 1941.

Aunque su obra maestra es sin duda Ulises (1922), no podemos olvidar el relato autobriográfico Retrato del artista adolescente (1916) o Finnegans Wake (1939).

Mención especial merece Dublineses (1914), conjunto de relatos breves en el que Joyce despliega su asombrosa maestría literaria. A esta obra pertenece el texto Los muertos, cuyo final dejamos transcrito más arriba.

Entre sus libros de poesía encontramos títulos como Música de cámara (1907) o Poemas, manzanas (1927).

Junto con T.S. Elliot, Samuel Beckett y Ezra Pound, James Joyce representa lo mejor de la corriente modernista anglosajona.

El bellísimo relato titulado Los muertos fue llevado al cine en 1987 por John Huston.



lunes, 4 de mayo de 2009

QUE EL AMOR NO ME ESPERE

"La bola de cristal" (John William Waterhouse)


Recientemente me he librado de ese penoso estado de enajenación que llaman amor. Nunca he creído demasiado en su poder. Pero, como cualquier otra patología infecciosa, al amor le basta con pillarnos en un renuncio, la guardia baja, para adueñarse de nuestra voluntad y empujarnos a cometer las más deleznables estupideces.

Dispensen que no les confiese el remedio. Poderosas razones me impiden difundirlo. Sólo adelantaré que ha sido un tanto traumático. Pero no hay mal que por bien no venga.

De aquí en adelante me propongo actuar cual patricio romano descreído, escéptico, hedonista, superficial, epicúreo y, por supuesto, y eso por encima de todo, frívolo hasta la condenación de mi alma inmortal (en la que huelga decir que no creo). De tal guisa pasearé por el foro de la ciudad eterna, entre los sutiles placeres del vino, la poesía y los brazos de alguna doncella que ni espere ni ofrezca otra cosa que el deleite pasajero del amor pagano y sin compromiso.

Sirva esta proclama más que nada para que todas las dueñas, doncellas prerrafaelistas y otras criaturas mitológicas del femenino sexo me juzguen libre y disponible y deseable (bueno, principalmente esto último) y me acojan en su seno con tierna solicitud y me dispensen los mimos que tanto preciso para curar mis recientes heridas. Ay.

A pesar de todo lo dicho, y si alguna vez encuentran en estas páginas un poema impregnado de nostalgia, de melancólicas cuitas, no se inquieten por mí. Es sólo que el amor, a pesar de todo, sigue siendo un bonito recurso literario.

Salud. Y no sean tímidas.

viernes, 1 de mayo de 2009

LA BELLEZA PUEDE (Y DEBE) SER BANAL

"Cotton candy clouds" (Will Cotton)

Will Cotton exalta en sus obras la belleza sensual de los cuerpos femeninos desnudos enmarcados en paraísos de pastel y caramelo. A través del más superficial y frívolo hedonismo, despliega ante nosotros objetos bellos, abandonados y ofrecidos al espectador sin conciencia alguna de otra cosa que el puro deleite de la forma presentada como disponible.

Uno estaría tentado de esbozar una metáfora acerca de la fragilidad de la belleza, o aludir al recurrente tema del carpe diem... Pero no.

Realismo, precisión, conocimiento de los clásicos... el glamuroso resultado no carece de un punto hortera. Pero a quién le importan esas cosas.