lunes, 31 de mayo de 2010

DOS AÑOS YA

"Violinista azul" (Marc Chagall)


Pronto hará dos años. Quién lo diría.

La creación de este espacio, en junio de 2008, me dio fuerzas para afrontar uno de los momentos más difíciles de mi vida. Algunas personas me acompañaron entonces con su palabra, con su cariño, con su ternura. Si Donde el olvido os ha deparado un momento de gozo, a ellos lo debéis más que a mí.

Hoy no están todos los que son. Me faltan nombres demasiado queridos. Quién sabe. Tal vez sea mejor así. Duele tanto necesitar a alguien y saber que cuando lo busques no estará ahí, donde siempre. De hecho, hay ausencias que nos cuestan la vida.

Os dejo vagar libremente por este, vuestro laberinto. Yo estaré por algún sitio.

domingo, 30 de mayo de 2010

AUSENCIA

"Jeune fille vert" (Tamara de Lempicka)


En el centro sosegado de la noche,
geometría imposible de los mirtos,
busca una forma extraña
que antes se acomodaba bien a sus manos
y hoy es materia de ausencia.
Sólo.

miércoles, 26 de mayo de 2010

LOS PAISAJES DE LA DECEPCIÓN

"Mujer desnuda" (Amedeo Modigliani)

—Algunas palabras tienen aristas herrumbrosas en los labios más dulces.
—¿Decías?
—Tú. Siempre fuiste tú. Lo sabes.
—Claro. Quién si no.

lunes, 24 de mayo de 2010

LOS DONES

"Gertude Elizabeth, Lady Colin Campbell" (Giovanni Boldini)


A veces, al fondo de la insidiosa tiniebla, adivinas una mano amiga, una mirada, antigua conocida, amante tal vez, paradigma de la constancia, el perdón, el olvido.

A veces te sientes renacer desde la fría antesala de la nada al calor de un gesto o una llamada.

¿No debería bastar esto para reconciliarnos con la vida?

jueves, 20 de mayo de 2010

LOS PARAÍSOS PERDIDOS

"Adán y Eva expulsados del paraíso" (Marc Chagall)


Nunca fue niño. Eso dicen algunos. Otros, más sutiles o más trabajados por el dolor, opinan que acaso se fatigó de recordar.

domingo, 16 de mayo de 2010

AL PRINCIPIO FUE LA BELLEZA

"Leila" (Frank Dicksee)

Un éclair... puis la nuit! —Fugitive beauté
Dont le regard m'a fait soudainement renaître,
Ne te verrais-je plus que dans l'éternité?

(Un relámpago... ¡luego la noche! Fugitiva belleza
cuya mirada me ha hecho súbitamente renacer,
¿no te veré más que en la eternidad?)

sábado, 8 de mayo de 2010

ANDANTE


"La orquesta de la Ópera" (Edgar Degas)


Una mano teje escurridizas sutilezas
con forma de jardín envenenado
de tantos siglos, de tanta ausencia:
desliza sus dedos sobre un ocaso polvoriento
que no es aún la descomposición de la existencia
sino un hermoso epílogo teatral.

Las frases fluyen sostenidas en la cuerda,
mar azogado en su canícula,
mientras dulcísimos acentos subrayan acordes o latidos.
La madera alerta sentimentales razones
que resuenan como damas misteriosas en la Viena del pasado.
El oboe libra una promesa melancólica
(quién sabe si ese solo estaba escrito)
y un fagot objeta lánguidamente sus tristezas.
Vuelven luego las tersas aguas de los arcos
rasgando apenas su fulgente superficie.
El metal eleva el vuelo del discurso
a cimas de heroísmo desgarrado.
Al fin sucede.
Un vendaval salvaje estalla,
una íntima furia desbordante,
un volcán de miríadas de astillas,
pobres vanidades de los hombres,
una vorágine de colosales torres abatidas,
de fantasmales fuegos y quimeras
que, sublime, desafía a los infiernos.

Casi oculta en su palco,
una joven distinguida de blanquísimo rostro
arruga su frente en un gesto delicioso:
la tormenta ha cesado.

miércoles, 5 de mayo de 2010

SEÑORA DE ROJO SOBRE FONDO GRIS




Se lo decía a Meryone. Debería estar prohibido leer libros tan tristes y bonitos. Pero qué sería entonces de nosotros, destinados a cobijarnos bajo la alargada sombra de los cipreses. Se lo decía porque en su blog descubrí el poderoso arranque de esta novela de Miguel Delibes. Yo transcribo otro momento de la historia, igualmente asombroso.


Ninguno de los dos era sincero pero lo fingíamos y ambos aceptábamos, de antemano, la situación. Pero las más de las veces, callábamos. Nos bastaba con mirarnos y sabernos. Nada nos importaban los silencios. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida eran sencillamente la felicidad. Yo buscaba en la cabeza temas de conversación que pudieran interesarla, pero me sucedía lo mismo que ante el lienzo en blanco: no se me ocurría nada. A mayor empeño, mayor ofuscación. Se lo expliqué una mañana que, como de costumbre, caminábamos cogidos de la mano: ¿Qué vamos a decirnos? Me siento feliz así, respondió ella.