domingo, 25 de diciembre de 2011

PAISAJE INVERNAL

"Winter landscape" (Vasily Kandinsky)


Cuentan días, oropeles de veintitantos de diciembre, luces, anuncios dulzones de melodía fácil como un crimen de novela barata. Cuentan noches, más luces, símbolos despojados de todo misterio, adocenados, frío. Coño qué frío. Pero claro, es diciembre. Veintitantos.

Es eso... ¿cómo le llaman? Sí, eso.

jueves, 22 de diciembre de 2011

LUNAS DE DICIEMBRE


"Desnudo en un diván" (Warren Brandt)

Rompen lunas perdidas de otro diciembre
y son plata, nácar, luz o gemido
en senos siderales, imposibles.
Pero tú no, tú ya no, tú nunca más.

Gimen.

jueves, 15 de diciembre de 2011

MADRIGAL



Pasaron ya los días de los tibios soles,
del incesante caudal de mieses y de pájaros,
altos pájaros hacia el poniente.

Pasaron los días de las hermosas flores,
de pámpanos, de copas olorosas,
hondos, sacrílegos perfumes.

Como el suave fluir de un río melancólico
que canta su amable madrigal mientras se va deshaciendo.
Pasaron.

Como la estela de una nave solitaria
en los salinos abismos del silencio.
Se fueron.

domingo, 11 de diciembre de 2011

NOTICIAS DE UN NÁUFRAGO

"Gran desnudo" (Amedeo Modigliani)

Te alegrará saber, querida, que te he olvidado. No ha sido fácil, lo admito. Dolía a ratos y siempre, siempre en los balcones azules del alba. Pero voilà: todo pasa y todo queda, y lo tuyo, querida, era pasar.

Te doy las gracias por tu piel perfumada hasta el delirio. Es grato descifrar la pasión en una pupila alerta. También te agradezco eso. Y algunas palabras que sabías susurrar en momentos dichosos. Lo demás... no sé si había más. Tú sabes. He olvidado.


sábado, 3 de diciembre de 2011

OCASO DE LA ROSA

"Saint Bride" (John Duncan)


Lánguida se deslizó y dorada
la tibia luz que el alba líquida anunciaba,
lánguida y fría ave nocturna
en los sombríos laberintos del sueño.

Quién hubiera despertado entonces,
quién hubiera hurtado la mirada
a esa luz dolorosa, a esa luz vencida
sin esperanza consumiéndose.
Mas allí estaba. Y latía.
Cansada rosa cristalina sin color, sin perfume,
sangrienta rosa mística y dolida.
Allí estaba.
Ya no embriagadora fruta generosa
entregada al incruento combate del amor,
ya no luz extasiada en la aurora.

No la hubierais visto nunca,
negra rosa durísima, solitaria en su final,
parda ceniza sin fuego en el ocaso.

sábado, 29 de octubre de 2011

ETERNOS INSTANTES

"Le beau navire" (René Magritte)


Préstame instantes fugaces de tu piel azul océano. Yo sabré hacerlos eternos.

lunes, 24 de octubre de 2011

SI EN NOVIEMBRE


"Nudino scattante" (Giovanni Boldini)


Sólo por si tus labios han olvidado la contraseña indescifrable de mi anhelo.

miércoles, 19 de octubre de 2011

AL OTRO LADO

"Kiss by the window" (Edvard Munch)


Siempre estaré abajo, fuera, al otro lado de un cristal inverosímil.

domingo, 16 de octubre de 2011

O NUNCA


"Diana and her Nymphs" (Robert Burns)


Pero sus brazos se perdieron en el tiempo, en la bruma de una tarde sin relojes, en una acera castigada por la lluvia mientras el frío nos hacía dudar de nuestro nombre. Y ahora, hoy, la memoria teje cuadros o versos. Y cedes a las dulces trampas de la memoria, del olvido.

viernes, 7 de octubre de 2011

ESCLAVOS DE UNA SED ANTIGUA, INTEMPORAL

"Ne sommes-nous pas tous forçats?" (Georges Rouault)


Resonó la voz de Baudelaire, de Poe, de Gil de Biedma, de Cernuda, malditos, amados malditos, hermanos, iguales en los versos y en el hastío y en esa sed antigua, sí, tan antigua que ya olvidamos su nombre pero que nos oprime la garganta cada madrugada en la inconfesable soledad del alba.

martes, 4 de octubre de 2011

LA NOSTALGIA

"En la cocina" (Antonio López)


He vuelto al lugar, jardín vacío, deshabitado,
donde la vida no contaba,
donde una piedra que resbalara de mi mano
nunca tocaría fondo.

Veloces en el cielo, aturdidos,
se alejan los pájaros de aquella tarde,
nube que pasa pero queda gozosa en la memoria.

Sí, la memoria. Ahí queda prendido el milagro,
ahí las altas aves en su cielo justo,
ahí mi vida y la vuestra, y ninguna.

La nostalgia puede estar en tocar una bisagra oxidada,
en reconocer la humilde asimetría que aviva un recuerdo;
la nostalgia puede latir silenciosa
en cualquier rincón polvoriento y angosto.

domingo, 25 de septiembre de 2011

PAISAJE OTOÑAL


"Salomé" (Federico Beltrán Masses)


No, amor, no eres tú. Es una inquietante Salomé. Deja que tome posesión del recién estrenado otoño.

jueves, 22 de septiembre de 2011

lunes, 19 de septiembre de 2011

miércoles, 14 de septiembre de 2011

jueves, 8 de septiembre de 2011

CUESTIONES INCIDENTALES

"Jeune fille endormie" (Louis Treserras)


¿Acaso una pupila puede guardar la emoción de cada incontrolado acto de amor? Y si lo hace, ¿sabrías leer en ella toda una vida?

miércoles, 31 de agosto de 2011

CUERPOS Y FORMAS EN EL ESPACIO


"Geometry" (Jake Baddeley)


Ni el Trivium y el Quadrivium juntos podrían evitar que él la piense como una flor envenenada y sedienta en un océano de éter.

viernes, 26 de agosto de 2011

DESVARÍOS DE LA CARNE

"Spring" (Xi Pan)

La imagen se queda prendida a su pupila y ya es carne de otra carne en el instante borroso del éxtasis, veneno gozoso en otros labios que le devuelven antiguas tempestades hoy renovadas. Manos o yedras buscan anhelantes sus pechos mudos, sus caderas, peces en sus muslos y regueros de sal o plomo en su sexo.

Ahora, ahí, todo es penumbra, rumor, incienso. La siesta se eterniza en amargos arrayanes. La piel sabe, recuerda. Calla.

martes, 23 de agosto de 2011

VERSOS QUE ANUNCIAN SEPTIEMBRE

"Puente del Carbón" (John Frederick Lewis)


Estos últimos días de la canícula son generosos conmigo. Mi querida amiga Maribel, que comparte el amor por una ciudad del Sur, la suya y la mía, sus misterios, sus desapariciones y epifanías asombrosas sobre la faz de la tierra; mi querida Maribel, que comparte la pasión por la música y las letras, tantas cosas, me dedica una entrada en su delicioso blog, Abismos a mis pies.

Les invito a disfrutarla. Gracias, Maribel. Eres adorable.

lunes, 15 de agosto de 2011

AÚN ME RESISTO

"Nude" (William McGregor Paxton)


Hay en tu cuerpo algo puro y obsceno a un tiempo. Pero dime, ¿saben tus pensamientos como tus besos?

miércoles, 10 de agosto de 2011

DE ANIVERSARIOS, PREMIOS Y UNICORNIOS



Sussy, una amiga adorable autora del blog Rosas de verano, me envía un fragante ramo de hermosas rosas rojas para premiar mi supuesta inspiración. Siempre es grato que los amigos nos recuerden . Si además son amigas y nos obsequian flores, uno corre el riesgo de envanecerse un poquito. Yo no haré tanto. Simplemente envío un dulcísimo beso a mi querida Sussy y le digo (una vez más) que la adoro.

Había pasado por alto que este laberíntico espacio de mis olvidos cumplió el pasado junio tres años. Cielos, cuánto tiempo ya. Cuántas alegrías, cuántas tristezas, cuánta adorable doncella prerrafaelista, cuánta criatura mitológica, cuánto láudano, cuántas absenta, cuánta Meryone (bueno, no, porque Meryone no hay más que una), y la cito a ella porque ha sido uno de los referentes iniciales de este blog, junto con Nébula, alias Bel, alias Babel, la gatita más linda del vecindario. Y no se me enfade nadie, por favor. Pero en el principio fue el verbo y el verbo se conjugaba en Once upon a midnight dreary y en Restos de un naufragio. O tempora, o mores!

Y ahora Sussy me envía rosas y yo le envío besos. La vida sigue.

Como saben, Donde el olvido posee su propio y genuino galardón. Se trata del conocido (y secretamente ambicionado por muchos) Unicornio díscolo.




Como ven, es un verdadero amor. Pues bien, ahora tengo el placer de obsequiar dicho galardón a los siguientes blogs:


Mi más cordial enhorabuena a todos los premiados.


lunes, 25 de julio de 2011

ABANDONO


"Odaliske mit der indischen Huka-Pfeife", detalle (Franz Lefler)
(Atribuida también a Adrien Henri Tanoux) 


La piel se reconoce en la dulcísima seda de los lienzos, de los senos. Se tensa en la turbada geometría de un cuerpo que se sabe amado. Pero aquí, ahora, afirmo que he olvidado su nombre.

miércoles, 20 de julio de 2011

MA GUARDA E PASSA

"El santo Grial" (Dante Gabriel Rossetti)


Cuando la copa rebose injurias,
cuando ya no esperes un beso, un pájaro, un amor,
cuando todos los relojes señalen la ausencia en punto.
Entonces, sólo entonces,
pronuncia la palabra envenenada
que tus labios no han sabido desaprender.

jueves, 14 de julio de 2011

OPUS 81a, "LES ADIEUX"


"Ombres portées" (Émile Friant)


Sé que no has venido para quedarte. Aun así, tu adiós suena como un tiro en lo más profundo de un pozo. Sí. Justamente así. Justamente ahí. Y no, no sonaba Beethoven. Desde luego.

viernes, 8 de julio de 2011

LEONARDA LA BABILÓNICA

"Jardines colgantes de Babilonia" (Martin Heemskerck)


En realidad se llamaba Antonia Pérez. Lo de Leonarda la Babilónica era una especie de nombre artístico que le puso Domingo el Flaco. Pensó que aquel toque exótico iba de perlas con la mujer y con las suntuosas cortinas de terciopelo granate.

Cuando la conoció no tendría catorce años. Se había criado en la calle, sin otra familia que los chuchos extraviados y los golfillos que alborotaban las sucias plazuelas con sus careos. En aquellos días se entregaba a cualquiera por un paquete de cigarrillos americanos y aun por menos. Domingo el Flaco la invitó a merendar a cambio de nada y le compró un vestido. Luego la llevó a su casa y le pidió que se bañara y se probara el vestido nuevo. Ella supuso que debía obedecer.

Domingo la miró entonces como quien presencia un milagro. Quiso besarla, pero se aguantó.

—Ahora vete —le dijo.

La muchacha lo miró sin comprender.

—¿Ya?

—Vete, te digo.

Pero Domingo no conseguía apartar de su memoria aquel cuerpo, aquellos ojos envolventes como una caricia. El Flaco sabía que no podría resistir mucho tiempo. En efecto, una semana después volvió a buscarla. La encontró en el mismo sitio, sucia y despeinada como la primera vez. Ella lo miró con gratitud y se acercó ronroneando como un gatito.

Durante unos años, ella dejó el oficio. Domingo el Flaco le enseñó a leer y algunos rudimentos de aritmética y geografía. La muchacha era avispada y aprendió rápido. Un día la sorprendió leyendo entre sollozos una Vida de San Ignacio de Loyola con grabados de Rubens. Según explicó, guardaba en su maletita aquel libro desde muy niña. Era el único recuerdo que conservaba de su madre, a la que ni siquiera llegó a conocer. Domingo pudo comprobar en repetidas ocasiones que la chica, aunque criada en los rigores de una vida canallesca, no carecía de lo que él llamaba su vena mística. Una de las muestras de misticismo que más habían de impresionarle era que cada jueves santo, incluso cuando dejó de ser Antonia Pérez para convertirse en Leonarda la Babilónica, caía postrada en una especie de éxtasis, se convulsionaba entre amargas llantinas de pecadora contrita, y en sus prietas carnes de puta de lujo se hacían visibles los estigmas del crucificado.

Pasado un tiempo, la muchacha alcanzó la plenitud de su belleza. Las gentes se detenían en mitad de la calle para mirarla. Aun las mujeres suspiraban de amor en su presencia. Los hombres enloquecían de deseo, pero la respetaban como a una reina. Sus formas se redondearon, sus ojos se hicieron más sabios. Nadie reconocería en ella a la golfilla que poco antes correteaba desgreñada por las callejuelas más miserables de la ciudad. Incluso adquirió un porte de emperatriz que paralizaba las lenguas más mordaces y hacía que muchos se inclinaran respetuosos a su paso.

Un día se sinceró con Domingo el Flaco.

—Quiero dedicarme a lo mío. Pero a lo fino. Con un pisito bien puesto, con cortinas de terciopelo rojo, o mejor granate; con una mesa de camilla, butacas a juego y jarrones llenos de flores por todas partes. También quiero que arreglemos lo nuestro. Puta, sí; pero honrada.

El Flaco sabía que aquello tenía que llegar. La quería, a su manera, más que nadie. Pero él poseía su peculiar código de honor. Le puso el pisito tal y como ella había pedido. No faltaban las cortinas de terciopelo granate, ni las lámparas de lágrimas, ni los muebles de estilo imperio, ni hermosísimos divanes, ni enormes espejos que repetían hasta el infinito los brillos, las flores y los turbadores perfumes de la estancia. Fue entonces cuando decidió darle el nuevo nombre por el que en lo sucesivo habría de conocerla todo el mundo.

—Leonarda la Babilónica. Tiene clase. Te va que ni pintado.

Lo suyo, como decía Leonarda, lo arreglaron en el curso de la francachela de inauguración del pisito, que se prolongó durante dos semanas. Una noche, mientras sonaba un pasodoble en la gramola recién estrenada, apareció un viejo sacerdote de ojos enrojecidos y mirada turbia. Vestía sin sotana, pero todos los contertulios lo conocían bien por su afición a las juergas. Bebió como el primero, sin remilgos ni afectación. Domingo lo llamó aparte para preguntarle si podía casarlos allí mismo. El cura dijo que dónde mejor, que Dios le había conferido ese poder y que a él le estaba dado santificar incluso aquel antro con su ministerio, y que después de todo aquel garito era de lo más potable que había conocido.

Esa misma noche contrajeron matrimonio Domingo el Flaco y Leonarda la Babilónica entre los vapores del vino y una improvisada comunión con rodajas de fiambre.

—Menos es nada —decía Leonarda con cara de recién casada.

El cura se arrimó luego a una tal Inés la Arcangélica, de la que ya no se separó en toda la noche.

Además de la referida, componían la nómina de aquella casa otras cinco señoritas: Segismunda la Viscosa, Estefanía la Portuguesa, Juana la Artillera, Flora la Malagueña y Carmen la de Ronda. Leonarda imponía su gobierno con sagacidad de primer ministro. No toleraba la menor muestra de insubordinación a sus empleadas, pero tampoco el más leve abuso a los clientes. Aquello no era un lupanar, decía, sino una casa de trato. La diferencia era de orden y respeto.

—Ustedes vienen a lo que vienen —repetía—. Esto es un servicio público. A ninguno de ustedes se le ocurriría armar bulla en una ventanilla del gobierno. Pues aquí menos. Putas, sí; pero honradas.

Era su lema. Domingo el Flaco pasaba a veces por el pisito para tomar un carajillo, pero no intervenía para nada en los asuntos domésticos. Leonarda se bastaba sola. Se la veía feliz en sus dominios, imponiendo orden y respeto, como ella decía.

—No vayan a creer que somos estiércol del camino —no se cansaba de repetir.

A pesar de todo, Leonarda se sabía fiel a Domingo el Flaco. Para ella el oficio era sólo eso: un modo de ser útil a los demás y ganar los cuartos.

—Más pendona puede llegar a ser la que espera mano sobre mano el sobre de los dineros. Yo seré del oficio, pero eso no quita. Soy mujer de un solo hombre.

Los ocios los entretenía Leonarda en leer vidas de santos. Era fácil entonces verla sollozar transida por la congoja. Había sobre todo una estampa en la Vida de San Ignacio que la transportaba a las regiones más elevadas del espíritu: en concreto, la que representa el traslado de los huesos del santo, cuando su féretro se llenó de refulgentes estrellas y se escuchó una música celestial. Luego sonaba el timbre y, al aparecer un cliente en el quicio de la puerta, la Babilónica descendía a los linderos de su reino de este mundo con admirable prontitud.

No obstante, el temperamento alegre y extrovertido que caracterizaba generalmente a Leonarda se mutaba en pertinaz recogimiento espiritual a medida que avanzaba la cuaresma. Una semana antes del viernes de dolores, se cerraba el conventillo a cal y canto. La tropa se dispersaba y Leonarda se entregaba a la meditación y al ayuno con todas las fuerzas de su ánima. Ni siquiera Domingo el Flaco tenía licencia para visitarla en esas fechas señaladas. Sólo el jueves santo permitía el franco acceso a la vivienda, cubiertos los espejos con luctuosos crespones y los aparadores con improvisados altares morados, para que todos pudieran contemplar el fenómeno de la aparición de los santos estigmas. Luego, el domingo de resurrección reabría la casa con una estrepitosa juerga muy apreciada por la clientela. Leonarda volvía a ser entonces la de siempre.

Un año, en una de esas fiestas que marcaban la vuelta a la luz tras los oficios de tinieblas, sucedió un hecho extraordinario. Alguien había invitado a un extranjero llamado Paco el Bárbaro, a la sazón enamorado sin esperanza de una joven casquivana y tal vez algo peor. El pobre hombre era la imagen del desamparo y la melancolía. Al parecer, recitaba hermosísimas canciones compuestas por él mismo acompañándose de un laúd. También imitaba el canto de los pájaros con endiablada perfección. Se decía que su voz poseía mágicas propiedades, y que sólo con escuchar sus trovas sanaban muchos males del espíritu.

Nada más verlo, Leonarda lo supo:

—Acaba de entrar un ángel en mi casa. Yo no soy digna de que los ángeles entren en mi casa. Pero si él quiere hablarme, entonces yo seré igual que él.

Todos quedaron confundidos con las enigmáticas palabras de la Babilónica, aunque callaron por respeto. Paco el Bárbaro ocupó un lugar de honor en la corte de aquella reina aún terrenal. Caminaba temeroso, pero Leonarda había ordenado a las mujeres que se guardaran muy bien de tocarlo con sus manos o importunarlo de alguna otra forma. Se hizo un silencio sepulcral. Paco el Bárbaro tomó el laúd y dejó hablar a su malherido corazón. Las órdenes de la dueña habían sido innecesarias. Todos estaban conmovidos y nadie habría osado gastar frivolidades con aquel hombre puro y hermoso como un arcángel.

Cuando concluyó la romanza, todos lloraban dulcemente. Leonarda se arrojó a los pies del extranjero, lo descalzó y, rociando sus plantas con el mejor perfume, las enjugó con su dorada cabellera. Las lágrimas habían borrado el rastro de los afeites que recordaban su condición mundana. Paco el Bárbaro la tomó de las manos y la ayudó a incorporarse conmovido. Leonarda imploró el perdón. El hombre acarició los sedosos cabellos ondulados y dijo:

—Yo te absuelvo por amor. Eres perdonada.

Nadie volvió a verla. Algunos afirmaban que había emprendido el ascenso del monte Carmelo. Otros juraban, bajando la voz, que habían visto con sus propios ojos cómo Leonarda la Babilónica ascendía a los cielos envuelta en una nube cegadora y rodeada de sonrientes querubines.

domingo, 3 de julio de 2011

SERES TERRENALES

"Femme nue assise au bord d'un puits" (Jean-Jacques Henner)


Un fantasmal céfiro
envuelve el ardiente latido de una boca,
de unos oscuros labios que vivieron
y amaron.

Quién sabe si el vértigo de esa pasión
podría vencer las leyes de un dios mezquino e indolente.
Qué importa.
Ved tan sólo cómo los labios se poseen,
ved cómo derraman un licor generoso
en una vida que no es la suya.

Una yedra sigilosa escala las torres de la duda
mientras los miembros luchan, todavía,
por alcanzar la cima de ese volcán errabundo.

Luego, sin remedio más solitarios que nunca,
más despojados en un jardín extraño.
Lo saben bien, tristes seres terrenales
que a su incierto destino se entregan.

martes, 28 de junio de 2011

TANTAS MIRADAS COMO EMOCIONES CABEN EN LA MEMORIA

"Figuras en una casa" (Antonio López)

"La aparición" (Antonio López)

"La Gran Vía" (Antonio López)

"Mujer durmiendo" (Antonio López)

martes, 21 de junio de 2011

LA CIUDAD INVISIBLE

"Plataforma de Granada" (Ambrosio de Vico)


No era la primera vez que la ciudad había desaparecido de los mapas de los geógrafos y aun de la faz de la tierra. Al menos, así lo afirmaban las consejas que él había escuchado de los ancianos en anteriores viajes y leído en los anales de su historia.

Llegó en su automóvil como otras veces. El aire limpio y frío penetraba por la ventanilla de la portezuela. Los árboles se agitaban al paso del vehículo. Casi se diría que hacían un saludo con sus largas ramas inclinadas. Le extrañó divisar la sierra tan pronto, antes de haber adivinado siquiera aquella querida silueta de la ciudad recortada sobre un fondo de montañas en las que azuleaba la nieve. Pensó que en cualquier momento aparecería ante su vista. Mas no fue así.

Detuvo el coche en el arcén con un violento frenazo. Entonces comprendió. Ahora recordaba que no había dejado atrás ninguna señal, ningún anuncio de la proximidad de la urbe. También recordó que alguna vez temió que aquello pudiera ocurrir. Pero en tales ocasiones había percibido enseguida la apretada multitud de luciérnagas bajo las estrellas, o el perfil velado por la bruma de la esbelta torre de la catedral. Y entonces todo cobraba de nuevo su sentido. Esta vez, sin embargo, no sucedió nada de eso.

Se apeó del auto. Algo semejante a una neblina lechosa flotaba como un velo misterioso y se extendía hasta las estribaciones mismas de la sierra. En dirección opuesta, el remoto volcán cuyo nombre evocaba pretéritas civilizaciones y olvidados concilios. Hacia el oeste, la vega profunda, multicolor. No había duda. Aquello era la ciudad que un día cautivara su ánima, o mejor, lo había sido hasta entonces. Ya sólo restaba el vacío, un espacio yermo, fantasmal, que ahora se le antojaba increíblemente reducido.

Las historias lo referían con meridiana claridad. Primero el cielo mostraría funestas epifanías. Luego llegaría el vendaval y los tornados arrastrarían casas, bestias y árboles arrancados por la raíz. Luego sobrevendría la oscuridad. Al fin, cuando se despejaran las tinieblas, no quedaría una sola piedra que recordara la existencia de la ciudad. Transcurridos años, siglos tal vez, otros hombres construirían una ciudad idéntica a la original, que de nuevo sería arrasada algún día por el vendaval. Y así hasta el fin de los tiempos.

El hombre se llamaba Celedonio Flores. En realidad, nunca se había tomado en serio la leyenda, y no podía creer que se hubiera cumplido. Pero allí estaba aquel erial, aquel miasma siniestro que hablaba de podredumbre, de aniquilación.

Comenzó a caminar sin rumbo ni propósito. Pero pronto aprendió a reconocer las cosas por el espacio que una vez ocuparan. Con una nostalgia infinita, se propuso reconstruir idealmente cada elemento como si se tratara de un puzzle. Supo que se encontraba ante la catedral con la misma certeza que si estuviera admirando la grandiosa portada principal. Miró a lo alto. Allí debía erguirse la torre inconclusa. Atravesó imaginariamente el crucero y se detuvo como siempre ante la puerta del Perdón, hoy abierta en las felices infidelidades de la memoria. La inicial del apellido del artífice perduraba en la hornacina entre una abigarrada fauna apócrifa. Del otro lado, la bellísima lonja, el antiguo mercado de sedas, la casa del cabildo, la alhóndiga.

Volvió de nuevo en dirección al soberbio templo renacentista. Recorrió sin premura la plaza principal, testigo de tantos momentos gozosos para la ciudad, mas también de los horrendos procesos inquisitoriales; de las efímeras arquitecturas festivas, mas también de los férreos jaulones que contenían la cabeza de algún criminal ajusticiado a modo de severísima advertencia.

Hizo un alto en aquel fantasmagórico deambular por los laberintos de su alma, y se sentó luego sobre el suelo, justo donde en mejor ocasión se levantara una hermosa fuente. Allí la había visto por vez primera. Hacía muchos años ya. Ella se había quedado parada ante él como una estatua, con sonrisa desafiante y una frescura de lluvia primaveral en la mirada. Casi podía ver de nuevo el intenso follaje de los árboles, los puestos de flores, los alegres toldos de los cafés, el olor de los tejeringos y el zumbido de los abejorros en la plenitud de la tarde.

Miró al suelo, pero sólo encontró la neblina lechosa. Y sus propios miembros entumecidos. Se incorporó. Comenzó un camino que reconstruía itinerarios más antiguos del brazo de aquella extraña compañera. Llegó hasta los muros de la vieja fortaleza. Desde ese punto se dominaba toda la ciudad. Muchas veces habían jugado en aquel mirador a reconocer por el tejado alguna casa importante o alguna iglesia. En cierta ocasión ella señaló una casucha sucia y destartalada y los ojos se le llenaron de lágrimas. Él no consiguió nunca hacerla hablar sobre aquello.

Desde allí mismo, ella señaló otro día una casa espaciosa, rodeada de altas tapias encaladas y rematada por un airoso torreón en cuyo tejado giraba una veleta que representaba un jinete moro con lanza y adarga. Y el monasterio del Paular, asentado al decir de los cronistas medievales sobre un delicioso paraje engalanado por plácidas huertas y amenos vergeles llamado Ayn al-Dama, y coronado por un extraño montecillo que algunos identificaban como túmulo céltico. Y el soberbio hospital de los Reyes, que albergó en su época a los enfermos del mal gálico, a bubosos y aun a inocentes. Y el monte paradisíaco en el que fueron hallados los famosos libros de plomo y las reliquias de los mártires.

Celedonio miró una vez más desde la cima de aquella colina, ahora yerma y cubierta por funestos jirones de niebla. De pronto sintió la necesidad de gritar como entonces un nombre, pero comprobó con estupor que no podía recordarlo: sólo sus ojos, su cabello condenando a la sombra al círculo de la luna, su risa. Y también sus lágrimas al señalar aquella casucha perdida en el barrio alto. Sólo eso. Pero su nombre, no.

Descendió hasta el cauce del río con paso pesaroso. Ella le había mostrado allí un paseo que ascendía entre sauces y avellanos hasta un remanso encantador. La armonía del agua en la fuentecilla que daba nombre al paraje reconfortaba el ánima del fatigado caminante. Los ruiseñores cantaban ocultos en el bosque frondoso, mientras los gorriones se lanzaban en alocado vuelo hasta lo más hondo del barranco.

En aquel lugar indescriptible, ella le enseñó los secretos del lenguaje de las aves, arte que había aprendido de Paco el Bárbaro cuando éste ya ostentaba un alarmante tono verdoso en la piel y los estigmas de los condenados a morir de amor. La muchacha, sentada sobre una peña, hacía bocina con las manos y comenzaba a remedar el trino de los pájaros con tal propiedad que podía pasar muy bien por uno de ellos. Después, sobre aquella misma roca que semejaba un altar de sacrificios, se entregó a él confundida entre un luminoso reguero de yedras y madreselvas. Celedonio Flores sintió entonces una fuerza descomunal gravitando sobre sus miembros, la misma fuerza que hacía girar las esferas celestes, pensó, la misma fuerza que ocasionaba las mareas y los seísmos, la misma fuerza que un día había de arrasar y reducir al polvo hasta la última piedra de la ciudad. Se supo en ese instante materia primigenia, magma sin forma, lava burbujeante a punto de hacer eclosión. No pudo resistir y cayó desvanecido.

Cuando despertó, ella no estaba. El sol se ocultaba en el horizonte y había refrescado. Un ruiseñor daba saltitos a su lado. Se alejó un poco e inició un canto que a él le sonó familiar. Por un momento pensó que tenía los ojos de ella. Se acercó despacio e hizo intento de atraparlo, pero el pájaro voló a una rama. A la mañana siguiente, ella dijo no recordar nada de lo sucedido. Ese mismo día, Celedonio debía partir.

Regresó dos años más tarde. No albergaba la menor esperanza de reencontrar a la joven. Sin embargo, ella aguardaba en el vestíbulo del hotel. Lucía el vestido rosa de organdí y la pamela que él le había regalado la tarde de la despedida. Él no salía de su asombro. La muchacha dijo simplemente que lo sabía desde siempre y que eso bastaba.

Fue ella la primera en mencionar la profecía de la destrucción de la ciudad. Celedonio recordaba que lo hizo entonces como si hubiera sido testigo de su cabal cumplimiento a lo largo de los tiempos. Unas gotitas de sudor perlaron su frente. En sus ojos aparecía un brillo inquietante que él no sabía interpretar. No sólo era miedo lo que adivinaba en su mirada intensa y febril. Descubría en el fondo lejanísimo de sus pupilas algo maligno, destructivo. Llegó incluso a considerarla formando parte de esa fuerza perversa que un día podía arrancar de cuajo los cimientos de una civilización.

En realidad, él no creyó nunca en la veracidad de la profecía. No dejaba de ser una leyenda sugestiva en una ciudad legendaria. Como otras muchas que narraban los ancianos en las tardes del estío a los chiquillos ávidos de aventura. Había escuchado muchas historias de tesoros enterrados que provocaban sucesos sobrenaturales, de lindas princesas cautivas y padres celosos, de filtros y encantamientos, de ejércitos del más allá que custodiaban la alcazaba durante la noche y se esfumaban al alba con un susurro de fatigados sudarios.

Celedonio despertó entumecido por el frío. Había dormido varias horas. Lo supo por la posición de la luna en el cielo. El sueño le había sorprendido cerca de la antigua chancillería. De pronto se sentía aliviado. Era como si un bálsamo mirífico hubiera curado las sangrantes heridas de la nostalgia. Pensó que aquella ciudad estaba tal vez destinada a perdurar eternamente en su memoria. Pensó que la profecía era inexacta, pues en su corazón seguían existiendo en su justo orden y proporción cada calle, cada templo, cada paseo, cada tapia, cada monumento, cada casa, cada torreón, cada esquina, cada piedra. Y también cada viejo, cada niño, cada muchacha y aun cada fantasma de aquella ciudad hoy fantasmal.

Desbordado por esa certeza reconfortante, tomó su decisión. Caminó con paso resuelto, sin mirar atrás. No tardó en alcanzar los arrabales por los que llegara el día anterior. Vio a lo lejos el automóvil. Su corazón latía con ritmo alocado. Ahora sabía con absoluta certeza que la profecía se había cumplido precisamente para no cumplirse nunca jamás.

Subió al coche. Empezaba a clarear tras las cumbres de la sierra. No quiso volver el rostro. Allí no quedaba nada suyo. Ya no. Ahora sabía bien que había un horizonte más amplio, más perdurable. Puso en marcha el motor y pisó el acelerador a fondo. El vehículo describió un giro limpio en semicírculo. Tomó luego la misma carretera por la que había llegado el día anterior y se alejó. Si Celedonio Flores hubiera mirado atrás, habría podido ver cómo aquella neblina lechosa comenzaba a evaporarse delicadamente al roce de los tibios rayos del amanecer.

viernes, 17 de junio de 2011

ORACIÓN


"Le manteau legendaire" (Léon-François Comerre)


Déjame apurar este hediondo cáliz
hasta la raíz más amarga
mientras alguien murmura una oración.
—¿Eres tú, el elegido, el innombrable,
o tan sólo el ruido de mis propios pasos?—

Hágase la luz torrencial
—¿hay alguien ahí?, me pareció oír ruido—,
sea el día de la ira
y cúmplanse las sombrías premoniciones
al pie de los altares.

Que estoy aquí para algo,
es general opinión
—por favor, ¿quién está al mando?—.
No hay que olvidar que hasta aquí me empujaron
sin saber desde lo oscuro.

Por eso, déjame apurar este caliz
que desde siglos me aguarda.
Déjame, no temas.
—¿Te has ido ya, amor,
todo ha acabado?—

miércoles, 15 de junio de 2011

NOCTURNO

"Ariadna" (Herbert James Draper)


Esta noche es tan fría como cualquier otra.
Para qué mencionar que en lo alto titilan los astros.

De los cafés sale un olor incierto
igual al de las oscuras tardes de domingo
olvidadas hace mil años.
Pienso que nada ha pasado desde entonces,
que apenas era ayer cuando por aquí transitaba.
Eso pienso.
¿Por qué entonces la nostalgia?

Cualquiera de esos viejos que manosean sus naipes
os podría enseñar más metafísica que Aristóteles.
El pardo sombrero, la colilla, las uñas quemadas
son sólo un disfraz que muerde en la conciencia.
Yo paso, miro ausente, como sin ver.
Pienso si algunos de ellos no estarán muertos.
¿Acaso no son los de entonces,
no juegan todavía la misma partida?

Ya no me miran. Han dejado de verme.
Su risa se amortigua. Sólo se oye el rumor de los naipes.
Hace frío. Apuro el paso.
La luna, en su cielo, se cubre de moradas gasas.

martes, 14 de junio de 2011

EL MAESTRO EN SU LABERINTO


Jorge Luis Borges


Fue un 14 de junio del año 1986. Jorge Luis Borges moría en su querida ciudad de Ginebra. Tallados en su tosco túmulo, resuenan acentos ásperos de guerreros del norte. Casi oculta, una emotiva e improbable dedicatoria firmada por la protagonista de su único relato amoroso: Ulrica.

Doy gracias por los labios que no he besado, había dicho el maestro, por las ciudades que no he visto. También consignó: Ts'ui Pên diría una vez: Me retiro a escribir un libro. Y otra: Me retiro a construir un laberinto. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto...

En un volumen publicado en 1980 que lleva por título Siete noches se recogen las conferencias leídas por Borges tres años antes en el Coliseo de Buenos Aires. Sólo me detendré en dos fragmentos significativos:

Yo diría que tengo dos pesadillas que pueden llegar a confundirse. Tengo la pesadilla del laberinto y esto se debe, en parte, a un grabado en acero que vi en un libro francés cuando era chico. En ese grabado estaban las siete maravillas del mundo y entre ellas el laberinto de Creta... Yo creía (o creo ahora haber creído) cuando era chico, que si tuviera una lupa lo suficientemente fuerte podría ver, mirar por una de las grietas del grabado, al Minotauro en el terrible centro del laberinto.

Mi otra pesadilla es la del espejo. No son distintas, ya que bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto... Siempre sueño con laberintos o con espejos. En el sueño del espejo aparece otra visión, otro terror de mis noches, que es la idea de las máscaras. Siempre las máscaras me dieron miedo...

domingo, 12 de junio de 2011

PREGUNTAS INÚTILES

"El viejo rey" (Georges Rouault)


El velo se rasgó de parte a parte mientras los últimos fuegos del ocaso te negaban.

—¿Cómo era tu nombre? Dime, ¿a qué sabían tus besos?

viernes, 10 de junio de 2011

EVERNESS


"Orfeo" (Gustave Moreau)


Sólo una cosa no hay. Es el olvido. Así lo afirma Borges en un verso. Él lo proclamó con la exacta y límpida voz de los clásicos. También comparó la memoria a un universo cuyos arduos corredores no tienen fin. Sólo una cosa no hay. Es el olvido.

lunes, 6 de junio de 2011

LA TIERRA LES PERTENECÍA

"Galatea" (Gustave Moreau)



Y recorrió amenos valles y colinas, océanos, mesetas, desfiladeros, montañas, abismos imposibles. Todo mientras sus labios se encontraban en el asombroso e inesperado ritual del amor.

miércoles, 1 de junio de 2011

SÓLO QUEDA LA VIDA

"La amazona" (Marc Chagall)


Queda la vida.
Incierta, terrible y sin nostalgia.
Aún queda la vida.

Pero, ¿dónde lo otro,
que también era vida y aún más,
dónde tantos ojos queridos,
tantas manos que un día me buscaron,
tantos mares que eran uno solo, adorado y eterno,
tantos dioses amables sin sombra de cólera,
dónde el amor victorioso,
la casa ya olvidada, dónde?

¿Dónde quedó la palabra justa, irrepetible,
atroz anuncio de un ángel de purísima mirada,
dónde la hora en su imposible reloj detenida,
la voz que en sueños habló, y se hizo el frío?

Pero queda la vida.
Lo demás no importa al fin.
Sólo queda la vida.

viernes, 27 de mayo de 2011

HOY QUIERO RECORDAR TU CUERPO

"Desnudo, mujer oriental" (Severo Rodríguez Etchart)


Déjame completar en tu piel aquel dibujo de trazos misteriosos que un día inicié. Sólo así podrás saber. También tú.