lunes, 26 de marzo de 2012

NUNCA ES AYER

"Hylas y las ninfas" (John William Waterhouse)


Llegas sin avisar,
como el canto de un pájaro en la acera,
dulce,
cargada de promesas,
besos de la más pura gramática francesa,
tierna y sabia,
cálida penumbra
al final del día,
llegas y te enredas
a mis brazos,
me bebes,
me abismas,
me matas
por el puro placer
de volverme a la vida.

Fui coleóptero,
estrella de mar,
severo agonizante en otros brazos,
en otros zaguanes
al caer la noche.
Hace siglos de olvido.

Hoy llegas sin avisar
y todo tiene el color
de las cosas recién estrenadas.

Sabedlo:
hoy es marzo en mi ventana.

sábado, 24 de marzo de 2012

PREVISIBILIDAD

"Celebración del ágape", detalle (Villa de los Misterios, Pompeya)


—Guárdate de los Idus de marzo —dice y se abisma en su mirada como si quisiera descifrar un complejo problema matemático.
—¿Te guardaste tú de las Calendas de febrero? —suena fría la respuesta.
En ese punto, inevitable y previsiblemente, concluye toda posibilidad de continuar el diálogo.

jueves, 22 de marzo de 2012

LOS OJOS CERRADOS


"Les yeux clos" (Odilon Redon) 

«Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: ojos de perro azul». Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: «Ojos de perro azul». Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. Después escribía en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: «Ojos de perro azul». Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de todos los edificios públicos, escribía con el índice: «Ojos de perro azul». Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado conmigo. «Debe estar cerca», pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguería. Entonces se acercó al dependiente y le dijo «Siempre sueño con un hombre que me dice: “Ojos de perro azul”». Y dijo que el vendedor la había mirado a los ojos y le dijo: «En realidad, señorita, usted tiene los ojos así». Y ella le dijo: «Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo». Y el vendedor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios: «Ojos de perro azul». El vendedor regresó de donde estaba. Le dijo: «Señorita, usted ha manchado el embaldosado». Le entregó un trapo húmedo, diciendo: «Límpielo». Y ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo: «Ojos de perro azul», hasta cuando la gente se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.

Ojos de perro azul, Gabriel García Márquez