sábado, 28 de abril de 2012

LA POESÍA DESTRUYE AL HOMBRE


"Antífona" (Dino Valls)


La poesía destruye al hombre
mientras los monos saltan de rama en rama
buscándose en vano a sí mismos
en el sacrílego bosque de la vida
las palabras destruyen al hombre
¡y las mujeres devoran cráneos con tanta hambre
de vida!
Sólo es hermoso el pájaro cuando muere
destruido por la poesía.


He buscado en el archivo de estos laberintos y me ha sorprendido encontrar una única entrada dedicada a la poesía de Leopoldo María Panero, fechada en junio de 2010. De exquisitos cadáveres, la titulé, con esa abominable mezcla de pasión, pedantería y arcaísmo que me caracteriza. Los dioses me perdonen.

En tiempos había una doncella llamada Meryone, hoy refugiada en Helvetia, de quien debí tomar esos versos, como tantas cosas, a cambio de profiteroles o una ensalada con todo, quién sabe ahora. Entonces aún era golem. (Yo, se entiende.) Ahora ya no sé. Pero me apetece releer a Panero. Y a Biedma. Y a Baudelaire. Y a Poe. Y a Verlaine.

Por el momento, me quedo con Panero. Con su locura, con su desolación, con su triste y lúcida grandeza.


jueves, 26 de abril de 2012

EL VAMPIRO

Retrato de Vlad III, llamado el Empalador (1431-1476)


Esclavo de una antiquísima sed,
hambriento de un pan mejor que el de este mundo,
se arrastra la alimaña por un muro ceniciento.

Príncipe antaño y esforzado guerrero,
sacrílego al fin y deicida,
es condenado a no morir del todo.

Para saciar su hedionda sed de varios siglos,
en algún cuerpo virginal adormecido
ha de quebrar el vaso de alabastro
con un beso marchito junto al cuello.

Viejo aristócrata elegante,
metafísico dominador de los espejos,
necesita cada noche su minuto de amor
impregnado en el espeso vino de la sangre.

martes, 24 de abril de 2012

LÁUDANO

"Joli coeur" (Dante Gabriel Rossetti)



Tus ojos dicen otras cosas
hablas muchas lenguas en los balcones imposibles
tan lejos
tan alta
tan fría
que te dirías muerta
sin el consuelo del láudano y la absenta
tristemente dormida
en los brazos de nadie
mientras él se aleja
yo me alejo
me extingo

domingo, 22 de abril de 2012

ELOGIO DEL LABERINTO

Jake Baddeley


Eres el arcano que recorre cada madrugada las galerías del laberinto. Tu materia es la de las cosas improbables. Tu lengua es dulce y sume en el abandono del martirio. Clava, ahonda, no tengas miedo. Sólo es un sueño. O la vida.

viernes, 20 de abril de 2012

ÁNGULOS OBTUSOS Y OTRAS CRUELDADES

Jake Baddeley


Espinas disgregadas
venenos
en ángulos obtusos
como tu sexo
hambriento y tierno
niño descalzo en la madrugada
solo
en el epicentro del alba
tan fría tan azul
dame tu aliento
amor
(¿he dicho amor?)
dame lo más hondo de ti
la vida y la muerte
agonizo
¿no lo ves?
ya no siento
ya soy tú
o nada

miércoles, 18 de abril de 2012

BERNARDO DE PLASENCIA





Estaba anocheciendo. El viejo monje podía adivinar las últimas fibras rojizas del atardecer por el estrecho ventanuco de la celda. Como cada día, preparó con maligna fruición los instrumentos de una disciplina que se había impuesto hacía muchos años. Acarició con un estremecimiento de placer el cilicio, lo rozó apenas con una yema temblorosa mientras pensaba en hembras lujuriosas que habían de retozar con él en sus sueños de viejo solitario, más allá de los muros del monasterio, más allá de las montañas sombrías, más allá de la dura realidad de una vida dedicada a la maldad.

El monje Bernardo de Plasencia había descubierto sus perversas inclinaciones desde muy niño, mientras disfrutaba contemplando el sufrimiento de pequeños insectos que crujían entre sus deditos de niño malo, mientras acusaba con calculados infundios a sus hermanos para permitirse el regocijante espectáculo de un castigo ejemplar. Pero sólo alcanzó a vislumbrar la hondura de su maldad cuando asistió con un sentimiento de alocada felicidad a la prolongada agonía que había de llevar a su padre a la tumba. Bernardo se brindaba con solicitud ejemplar a curar las llagas de su progenitor. Pronto empezó a hablarse de la santidad del niño. Pero lo cierto es que el pequeño sentía una malsana satisfacción al descubrir cada nueva pústula, y se deleitaba curando aquel cuerpo mortecino con la única intención de verlo retorcerse de dolor y desesperación. Cuando su padre exhaló el último suspiro, él estaba a su lado. Consciente de su monstruosa degradación, comenzó a mortificar sus carnes, pero pronto supo que también así podía obtener placer.

Su vida monástica estuvo presidida por los únicos anhelos de sufrir y hacer sufrir a los demás. Por supuesto, debía valerse de sutiles ardides para evitar que su maldad fuera descubierta. Lo había conseguido sin dificultad hasta que el viejo cocinero lo sorprendió emponzoñando el vino de las tinajas con una droga que usaban para matar a las ratas. El anciano, que ya había advertido algún acto censurable en su nuevo ayudante, decidió informar cumplidamente al abad, pero no tuvo tiempo. Un pesado azadón le abrió la cabeza mientras Bernardo descubría un deleite nuevo, voluptuoso, brutal como un huracán, que raptaba su ánima y la elevaba hasta el paraíso. Nunca se encontró el cuerpo del pobre anciano, y los monjes no llegarían a sospechar jamás de dónde procedía aquella carne tan suculenta que Bernardo, el nuevo cocinero, había aprendido a guisar de modo tan exquisito.

El cruel monje había leído algunas teodiceas famosas en su época, pero no le convencieron los argumentos con que los filósofos tratan de explicar la presencia del mal en un mundo creado por un dios bondadoso. Con el paso del tiempo, se afirmaba en la idea de que Dios era sin lugar a dudas un ser horriblemente perverso, puesto que lo había creado a su imagen y semejanza para ponerlo después en el mundo. Sí, Dios debía ser inmensa, absoluta, inconmensurablemente malo, debía ser la maldad más allá de la cual nada puede pensarse, puesto que le permitía a él, el más perverso entre los perversos, seguir existiendo.

La epidemia llegó con una furia tan devastadora, que en poco más de tres meses no quedaba ningún ser vivo en toda la aldea, excepto el hermano Bernardo, que se salvó de forma milagrosa. De nada valieron las oraciones ni las ofrendas. De nada sirvió entonar en el atrio del monasterio el Media vita con áspero y acongojado acento. Los primeros síntomas eran la fiebre y una incontenible necesidad de vomitar que dejaba a los enfermos extenuados y con unas bolsas verdosas bajo los ojos. Luego aparecían los signos de la locura y ya no había ninguna esperanza. Bernardo vio morir uno tras otro a todos los que un día se llamaron sus hermanos. Al trémulo gozo de contemplar sus últimos estertores se unía el delicioso riesgo, cada vez más inminente, de caer él mismo víctima de la peste. Pero llegó un día en que se supo único superviviente enmedio de la desolación y de la muerte.

Al principio sintió una suerte de vértigo dulcísimo. Reunió en un saco todos los objetos valiosos que guardaba el monasterio: cálices, un crucifijo con incrustaciones de piedras preciosas, un cofrecillo con monedas de oro que escondía el abad en el interior del jergón y algunas otras cosas. Puso cuantiosas provisiones en una bolsa y escondió bajo sus ropas un enorme cuchillo. Cargó su equipaje en un carretón que encontró en los establos. Luego se marchó sin mirar atrás.

Al llegar a la aldea, no pudo reprimir un estremecimiento. Las calles estaban desiertas. Personas y bestias habían quedado reducidas a un montón de restos informes. La epidemia parecía haberle perdonado sólo a él. Se dijo a sí mismo que no era posible. Con esa esperanza registró cada casa, cada taberna, cada lupanar. Sólo halló una mueca de espanto repetida hasta el infinito en cada niño, en cada viejo, en cada mujer, en cada hombre, en cada perro. Era un rictus terrible que ya le resultaba familiar porque lo había reconocido en cada monje apestado.

Sonrió para infundirse valor. Comió, bebió y descansó unas horas. Luego dedicó el resto del día a rapiñar cuanto encontró de valor en el pueblo sin importarle la posibilidad del contagio, pues ahora se sabía inmune. Pasó la noche en una casa principal con blasones nobiliarios en la fachada, no muy lejos del cadáver de un noble que ostentaba en su raído uniforme la cruz de Calatrava.

Al clarear el día, partió con su botín camino de la ciudad más próxima. Tan cargado iba de reliquias y objetos de valor, que necesitó cinco jornadas para llegar. Cuando franqueó las puertas de la villa, sintió un vértigo insoportable. El espectáculo que se ofrecía a sus ojos era infernal. Los estragos de la enfermedad adquirían dimensiones apocalípticas. Renunció a llegar hasta la plaza porque el tufo de la aniquilación se hacía absolutamente irrespirable.

Pernoctó en las afueras de la población y reanudó la marcha al alba. Un aire sombrío se dibujaba en su semblante. Llegó a otra aldea, y a otra, y a otras muchas. Sólo encontró podredumbre y desolación. Finalmente consideró si no sería en realidad el único ser vivo sobre la faz de la tierra. Aquella idea lo sumió en un indescriptible estado de desesperación.

Un día, a la hora de vísperas, escuchó el tañido de una campana, a lo lejos, procedente de una pequeña ermita. Dejó por el suelo el carretón con su ya abultado botín y ascendió hasta el escarpado peñasco en que se asentaba la iglesia. Llegó exhausto y jadeante. Un sentimiento de gozo iluminaba su espíritu. No el gozo perverso que había conocido durante toda su vida al contemplar el sufrimiento de sus hermanos: un gozo beatífico de hombre arrepentido que al fin abre sus brazos al amor y a la esperanza.

Apenas sin fuerzas, empujó la puerta y penetró en la humilde ermita. Las velas lucían encendidas como si estuviera a punto de iniciarse la celebración de un oficio. El intenso aroma del incienso inundaba la capilla. A Bernardo se le saltaron las lágrimas. Atravesó la nave principal y pasó a una minúscula vivienda. Nadie había. No acababa de salir de su estupor, cuando se escuchó de nuevo el alegre tañido de la campana. El monje buscó las escaleras que conducían hasta el campanario y subió a saltos, como un animal acorralado.

Abrazado a la cuerda que pendía del badajo de la campana mayor, vio el cuerpo del ermitaño medio devorado por los buitres. En su rostro había una horrible mueca que Bernardo reconoció sin dificultad. Fue entonces cuando se percató de que la fiebre lo estaba abrasando. Cayó de hinojos y exclamó:

—Ahora sí te adoro, Dios mío. Ahora sí te adoro por encima de todas las cosas, porque me has enseñado que eres el más abominable, el más cruel, el más monstruoso de entre todos los dioses...

No pudo acabar la frase. Todo se nubló sobre su cabeza y rodó por tierra. Cuando recobró la consciencia, habían transcurrido muchas semanas. Estaba en una celda desconocida para él, en la que habría de pasar el resto de sus días. Sus nuevos hermanos elogiaban la abnegación con que había salvado las santas reliquias del fuego que siguió a la epidemia, poniendo incluso en riesgo su vida. Hablaban también del pobre ermitaño al que Bernardo había reconfortado espiritualmente hasta el último momento y dado cristiana sepultura, desafiando los rigores de la peste. Todos le reconocían como un elegido de Dios, como un hombre santo. No había más que ver cómo la epidemia lo había respetado, decían.

Bernardo, el monje perverso, sonreía con una mueca extraña que todos atribuían a la santidad. Pero cuando se quedaba a solas maldecía con todas las fuerzas de su ánima el nombre del creador.


domingo, 15 de abril de 2012

OFELIA FLOTA COMO UN GRAN LIRIO

"Ofelia" (John William Waterhouse)



Si no significara nada
la lluvia azota tejados
y tú mis intentos de encontrar razones
déjalo, amor,
ya ni siquiera existes
pero la lluvia busca cuencas vacías
cuchillos oxidados
manzanas amargas
juncos heréticos
dioses exiliados
sexos
arrogantes

nadie

miércoles, 11 de abril de 2012

...

Louis Treserras



Resta el silencio
las olas quedan tan lejos
en mañanas inciertas
adioses
estruendo de besos
a primera sangre
ven o vete
no tenemos tiempo
ni siquiera nos quedará París
sólo
el silencio

lunes, 9 de abril de 2012

LIEBESTRAUM

"Jeune femme torse nu devant un miroir" (Fernand Toussaint)



Digo gacelas como podría decir
mátame amor y no lo sientas
en la nevera hay yogurt griego
me haces daño
tus besos son expertos en dejar rastro
yo no quería llegar hasta aquí
pero húndeme más hacia la luz
hacia la raíz última que devora
sin sentir sin pensar
digo tus labios son paganos
altares antiguos
rituales oscurísimos
duérmeme
nada



viernes, 6 de abril de 2012

SENDAS IMAGINARIAS Y TAN REALES

"Dalila" (Gustave Moreau)


Hoy, como ayer, tus labios sabrán hallar el camino de regreso a mis sueños. Conoces bien las sendas, las nubes, la sal, la arena, esa locura casi mineral que nos turba, nos aleja y nos hace una misma materia elemental sin memoria, sin consciencia.

miércoles, 4 de abril de 2012

SI PUDIERA

Fernando Pessoa


Fernando Pessoa, a través de la voz de su heterónimo Alberto Caeiro. No siempre quiero ser feliz, afirma con acento claro. Somos, y nada más. La metafísica no sirve para explicar la realidad. Sólo la poesía.


Se eu pudesse trincar a terra toda
E sentir-lhe um paladar,
Seria mais feliz um momento...
Mas eu nem sempre quero ser feliz.
É preciso ser de vez em quando infeliz
Para se poder ser natural...

Nem tudo é dias de sol,
E a chuva, quando falta muito, pede-se.
Por isso tomo a infelicidade com a felicidade
Naturalmente, como quem não estranha
Que haja montanhas e planícies
E que haja rochedos e erva...

O que é preciso é ser-se natural e calmo
Na felicidade ou na infelicidade,
Sentir como quem olha,
Pensar como quem anda,
E quando se vai morrer, lembrar-se de que o dia morre,
E que o poente é belo e é bela a noite que fica...
Assim é e assim seja...



Si pudiera morder la tierra toda,
paladearla,
sería más feliz un momento...
pero no siempre quiero ser feliz.
Es preciso ser de cuando en cuando infeliz
para poder ser natural...

No todo son días de sol,
y la lluvia, cuando falta mucho, se pide.
Por eso tomo la infelicidad como la felicidad
naturalmente, como quien no extraña
que haya montañas y llanuras
y que haya rocas y haya hierba...

Lo que es necesario es ser natural y calmo
en la felicidad o en la infelicidad,
sentir como quien mira,
pensar como quien anda,
y cuando se va a morir, recordar que el día muere,
y que el poniente es bello y es bella la noche que queda...
Así es y así sea...

lunes, 2 de abril de 2012

PRIMERO DE ABRIL

"Lirios" (Vincent van Gogh)


(Primero de abril.
Eres tú. Se hace la luz.)

¿Fue una lluvia de madreselvas,
de lirios deslumbrantes y amargos
mordiendo mi pecho,
o fue tu boca?

(¿Por qué odiaba abril?
Ya apenas si recuerdo.)

Ahora tú eres, y estás,
te derramas en unos labios sedientos
y obras el milagro una vez más,
cuando ya nada parecía posible.

(Las horas se enredan en tus manos
como abril en mi alma.)