jueves, 31 de mayo de 2012

DANZAS A PRIMERA SANGRE

"Salomé" (Max Oppenheimer)


La música se hizo sexo y el verbo se conjugó en madreselvas.
Yedras escalando sus muslos.
Silencio.

martes, 29 de mayo de 2012

A UNA ODALISCA

"La odalisca" (Mariano Fortuny)


Un jirón de sombra,
una luna rasgada por nubes de silencio,
y ella extiende el imperio de su cuerpo
entre almohadones y besos.

Sin lucha, sin dolor, sin recuerdo,
recorre un dedo turbadas geografías,
palabras de amor dibuja sosegado
en muslos de suaves bermellones,
en pechos de palomas delirantes
que gritan un nombre equivocado.

Muerden las bocas labios entreabiertos
en los azules balcones del ocaso.
Un cuerpo gime, se retuerce,
en un instante fingido de agonía,
mientras la tarde pone minuciosa
regueros de plata y de mercurio
en el lascivo río de sus caderas.

Y tú, tierna, cruel, perversa,
ámame o mátame, si gustas,
pero dame a probar el vino de tu boca,
embriágame de ti, tormento,
antes de que la noche nos maldiga
y me arroje a los muelles del olvido.

lunes, 28 de mayo de 2012

EL SANTUARIO DE ANUSIR-BET

"Templo de Philae" (David Roberts)


Todos aquellos que han sido iniciados en el santuario de Anusir-Bet, como yo lo fui una vez, saben cuál será mi suerte tras dejar escritas estas páginas.

Fueron varias las razones que me impulsaron a aceptar la vida de retiro y la rigurosa regla del santuario. Mis padres me animaron con sus palabras, pues suspiraban por los honores reservados a los progenitores de los hombres santos. Tampoco a mí me desagradaba la vida virtuosa de los elegidos de la diosa. No es fácil acceder a un lugar destinado a los más nobles jóvenes. Pero el oro de mi padre supo recompensar colmadamente la generosidad de los grandes sacerdotes.

Al principio, me llenó de satisfacción la atmósfera de recogimiento del templo. Era feliz contemplando, siquiera tras de las celosías, la estatua dorada de la imponente diosa. El aroma de los incensarios, la palidez de las lámparas, el canto monótono y solemne de los sacerdotes, me sumergían en un mundo de mística dicha. Mi máxima aspiración se cifraba en llegar a ser merecedor de la iniciación y contemplar frente a frente el inefable rostro de la diosa.

Pero la vida cotidiana era muy dura para un joven novicio. El maestro, Anak-Bet, nos reprendía continuamente y parecía gozar mientras aplicaba sus crueles castigos. En una ocasión, recayeron sobre un joven que, aún atado a las pasiones propias de los demás adolescentes, conservaba bajo el manto un recuerdo de amor. El maestro empleó tanto rigor en el escarmiento, que el muchacho quedaría lisiado para siempre. Alguna inocua torpeza me valió a mí mismo conocer los feroces golpes de Anak-Bet.

También era dura la vida de los novicios por otras razones. La comida era tan escasa como desmedida la disciplina. Aunque, después de todo, un hombre santo debía conceder poca o ninguna importancia a los placeres de la mesa.

Pero una siniestra duda comenzó a oprimir mi pecho el día que fui llamado para prestar servicio a los diez grandes sacerdotes. Se encontraban reunidos en una suntuosa estancia. Aparecieron ante mí recostados sobre mullidas y multicolores almohadas. Vestían fastuosos mantos, devoraban sin recato numerosos platos colmados de deliciosos manjares, apuraban con ostentación hermosas copas y se solazaban contemplando las impúdicas danzas de algunas esclavas, más bellas que cuantas hubiera visto antes en el palacio de mi padre. Los sacerdotes, sobre todo el gran Malak-Bet, tenían la mirada turbia a causa del vino, y proferían gritos obscenos a las danzarinas. Los demás aplaudían ruidosamente y aun pugnaban por sobrepasar su grosería.

¿Debía creer todavía en la pureza, a pesar de aquel terrible espectáculo? ¿Debía creer todavía en la santidad del templo, a pesar de que el gran sacerdote Malak-Bet, animado por la embriaguez, corriera a cuatro patas tras la más joven de las esclavas? ¿Debía permanecer inquebrantable mi fe aun cuando el gran Asrut-Bet suplicara entre espumarajos que lo azotaran? ¿Debía creer en la pureza de los hombres santos, aun cuando les viera reír, gemir, maldecir, fornicar e incluso defecar como animales poseídos por el Malo?

Cuando hube regresado a mi celda, el frío, el hambre y el miedo, sobre todo el miedo, me postraron durante algún tiempo. La fiebre hizo estragos en mi debilitado cuerpo y en mi mente torturada.

Al cabo de tres días pude volver a las oraciones de la madrugada y nuevamente contemplé desde lejos la deslumbrante estatua de la diosa. No hablé a nadie de mis zozobras, pero la mirada de uno de los novicios no se apartaba de mí, sobre todo cuando se nos anunció que la diosa iba a dirigirnos su palabra. Me sentí sobrecogido por una voz fría, como hueca, que partía directamente de la rígida sonrisa de la estatua dorada. Apenas comprendí nada, pero la presencia del milagro me hizo olvidar la impiedad de los sacerdotes. Anusir-Bet, madre del mundo, portadora de vida, fructificadora, dueña de los días y las noches de los hombres, estaba hablando y yo podía escuchar su terrible voz.

Fue al día siguiente cuando el novicio que no cesaba de buscarme con la mirada se acercó a mí. Habíamos sido enviados al huerto del templo para recoger algunos frutos. Al fin me habló:

—Malak-Bet sigue persiguiendo a las jóvenes esclavas.

Le reprendí por emplear un lenguaje tan impío, pero él se echó a reír.

—Más impío ha de ser quien corre a cuatro patas tras las danzarinas, o quien pide a gritos que lo azoten, o quien pronuncia el nombre de la diosa entre cánticos de taberna.

Intenté alejarme, pero me retuvo con firmeza.

—¿También crees que las estatuas doradas de los dioses pueden hablar?

Me zarandeó con violencia y creí que iba a matarme. Pero a poco me soltó y continuó hablando en tono amigable:

—Yo he visto al sacerdote que finge la voz de la diosa. Se oculta detrás de la estatua, protegido por los ricos cortinajes que rodean el pedestal. Dicen que fue un sabio llegado de lejanas tierras quien construyó el artificio por el cual se transforma su voz.

No pude dormir esa noche, ni durante muchas otras noches. Recordaba las palabras del novicio, y su mirada no cesaba de acosarme. Algún tiempo después desapareció del santuario. Se dijo que se había fugado, pero yo sabía que no era cierto.

Transcurrido el tiempo de aprendizaje que prescriben los Libros del santuario, llegó el día de la iniciación. Un resplandor indescriptible me cegó al entrar por vez primera en el templo. La visión del altar desde el pórtico principal era abrumadora. Los sacerdotes, alineados según la disposición de las columnas de la inmensa nave, prestaban un tono de solemnidad a la ceremonia, incrementado por el irrespirable aroma del incienso. Los novicios avanzábamos temblorosos, impresionados por la irrealidad del ambiente y desfallecidos por el atroz ayuno. Entonces se elevó, como el eco de una tempestad, el cántico de los sacerdotes.

Arrodillados ante el altar, recibimos la enseñanza del gran sacerdote Malak-Bet. Yo no podía dejar de recordarle corriendo a cuatro patas tras las esclavas desnudas. Pero su voz era serena y majestuosa mientras nos investía el manto de los iniciados. Después se repitió el milagro. Anusir-Bet habló de nuevo para instruirnos en su divina sabiduría. Ahora nos estaba permitido al fin mirar a los ojos de la diosa. Había esperado anhelante que llegara ese momento. Pero no fui capaz de hacerlo.

Ha pasado mucho tiempo desde aquel día. No hay temor en mi alma al escribir estas palabras, aunque sé que la muerte me aguarda, quizá, en algún oscuro rincón del templo. Mi suerte será la de aquel joven novicio al que no tuve más remedio que delatar.

domingo, 27 de mayo de 2012

INNECESARIAS LETANÍAS

"El vampiro" (Edvard Munch)


Vagar por galerías donde jamás se anuncia el alba,
quebrar redomas, beber sueños,
romper el tallo de una vida joven, tal vez innecesaria,
dibujar tu sexo dormido en mi almohada
con una tinta indeleble, hedionda.

Todo eso me devuelve trozos discontinuos de vida,
me hace perseverar en la frialdad opresiva de la muerte,
me hastía como nunca podrás sospechar.

viernes, 25 de mayo de 2012

UNA OSCURA MAGNOLIA IMPREVISTA

"Lost at sea" (Colette Calascione)


Es la madrugada. Cal y azahar en punto. Silencio. Se han callado las acequias y se han dormido los mirtos. Sólo tu voz rompe el alba. Magnolia encendida en el centro exacto de la agonía. Sin pensarlo, interpelamos a Lorca. Los caballos se desbocan. Las acequias se derraman. La sangre rompe adoquines azules de madrugada. Silencio. Ya nadie habla.


Nadie comprendía el perfume
de la oscura magnolia de tu vientre.
Nadie sabía que martirizabas
un colibrí de amor entre los dientes.


Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.


Entre yeso y jazmines, tu mirada
era un pálido ramo de simientes.
Yo busqué, para darte, por mi pecho
las letras de marfil que dicen siempre.


Siempre, siempre: jardín de mi agonía,
tu cuerpo fugitivo para siempre,
la sangre de tus venas en mi boca,
tu boca ya sin luz para mi muerte.


Gacela del amor imprevisto, Federico García Lorca

martes, 22 de mayo de 2012

PROFECÍAS

"Angel interrupted" (Michael Parkes)



Sabed que el ángel es sólo recipiente
andrógino
sin sexo ni virtud
todo él deseo condenado a sublimarse
en oraciones inútiles
hechas de palabras
saliva
luz
estaño delirante
semen
aflorado en tu vientre
cálido
abierto
vasija de alabastro
húmeda
que me contiene
me guarda
me adormece
mientras el alba irrumpe
allá fuera
en otros cuerpos
en otros labios

domingo, 20 de mayo de 2012

COSAS QUE (NO) CONVIENE RECORDAR

"Caerulea" (Dino Valls)


Dime, ¿aún te sabes de memoria los zaguanes en los que podríamos habernos amado? Digo los templos oscuros en los que cada tarde moríamos un poco. Digo los jardines deshabitados en los que ya ni tú ni yo ni nadie agonizará en el amargo beso de los mirtos.

CAMA DESHECHA

"Un lit défait" (Eugène Delacroix)


Despiértate. La cama está más fría
y las sábanas sucias en el suelo.
Por los montantes de la galería
     llega el amanecer,
con su color de abrigo de entretiempo
     y liga de mujer.


Despiértate pensando vagamente
que el portero de noche os ha llamado.
Y escucha en el silencio: sucediéndose
hacia lo lejos, se oyen enronquecer
los tranvías que llevan al trabajo.
     Es el amanecer.


Irán amontonándose las flores
cortadas, en los puestos de las Ramblas,
y silbarán los pájaros —cabrones—
desde los plátanos, mientras que ven volver
la negra humanidad que va a la cama
     después de amanecer.


Acuérdate del cuarto en que has dormido.
Entierra la cabeza en las almohadas,
sintiendo aún la irritación y el frío
     que da el amanecer
junto al cuerpo que tanto nos gustaba
     en la noche de ayer,


y piensa en que debieses levantarte.
Piensa en la casa todavía oscura
donde entrarás para cambiar de traje,
y en la oficina, con sueño que vencer,
y en muchas otras cosas que se anuncian
     desde el amanecer.


Aunque a tu lado escuches el susurro
de otra respiración. Aunque tú busques
el poco de calor entre sus muslos
medio dormido, que empieza a estremecer.
Aunque el amor no deje de ser dulce
     hecho al amanecer.


Junto al cuerpo que anoche me gustaba
tanto desnudo, déjame que encienda
la luz para besarte cara a cara,
     en el amanecer.
Porque conozco el día que me espera,
     y no por el placer.


Albada, Jaime Gil de Biedma

sábado, 19 de mayo de 2012

SKETCH




ESCENA ÚNICA

Un escenario vacío, en penumbra. Entra con paso titubeante el DOCTOR, un hombre de mediana edad y expresión abatida. Se aproxima torpemente hasta el objetivo de la cámara. Luego se dirige a un rincón y coge un taburete. Lo coloca frente a la cámara, se sienta en él y da comienzo a su monólogo.

DOCTOR. Una vez fui médico. Un médico famoso, rico. Incluso era guapo. Las mujeres se postraban a mis plantas. Me adoraban. (Ruborizándose.) Bueno, también algunos hombres. Todo el mundo confiaba en mí. Se ponían en mis manos. (Se mira las manos.) Estas manos. Hasta que un día... un día... (Sollozando.) Fue un error. Un error lo comete cualquiera. Incluso un médico famoso, rico y guapo. (Con amargura.) Los que tanto me admiraran una vez se volvieron contra mí. Se convirtieron en perros de presa. Me acechaban, me acosaban. Ya no había sonrisas ni bombones. Algunos me miraban con ojos asesinos. Llegué a temer por mi vida. A lo mejor por esos puñales que aparecían clavados cada mañana en la puerta de mi casa. (Compadeciéndose a sí mismo.) Tampoco era para tanto. Una equivocación la tiene cualquiera. Un fontanero suelda mal una tubería y nadie lo persigue con un destornillador. Un mecánico no acierta a la primera con la avería de nuestro coche, y no por eso le arrojamos disimuladamente dardos envenenados con una cerbatana. Pero un médico... ¡Ah!, eso es otra cosa.

Al principio procuré disimular. Si me asestaban un malintencionado navajazo en el metro, intentaba vencer la lógica indignación y miraba hacia otro lado. Si alguien arrojaba a mi paso un ramo de flores con tiesto y todo, yo saludaba como el diestro saluda en el albero. Bueno, sin montera. Si algún vecino incendiaba mi casa por pasar el rato, yo llamaba a los bomberos. Pero uno no puede vivir siempre fingiendo. Esas cosas me molestaban, no vayan a creer.

Hasta los chuchos me despreciaban. Atrás quedaban los tiempos en que acudían moviendo su rabito acompasadamente. Ahora me ignoraban. Y si alguna vez se ocupaban de mí, era para emitir agudos ladridos o para humillarme con sus cochinadas de perros malcriados.

Ahora recuerdo mi primer día en el hospital. (Ilusionado.) Recuerdo mi bata blanca, blanquísima. Parece que la estoy viendo. Todos me saludaban con respeto. (Remedando.) «Doctor por aquí, doctor por allá, eminencia, excelencia...» Qué bien me sentía yo entonces. Esa sensación placentera compensaba sobradamente todos los sacrificios, todos los esfuerzos, todas las privaciones. ¿Qué importaba ahora que mis padres hubieran tenido que quedarse sin comer infinidad de veces para pagar mis estudios? ¿Qué importaba si habían tenido que vender las tierras e hipotecar la casa?

Claro que no todo el monte era orégano. Algunas enfermeras se burlaban de un doctor joven e inexperto como yo, y me convertían en el blanco de sus mofas. Afortunadamente, esos incidentes se saldaban sin mayores disgustos. Excepto cuando me arrojaron por el hueco del ascensor. No fue con mala fe, no. Por aquellos días solían gastarse ese tipo de novatadas en los hospitales. Pero fue humillante. Sobre todo porque ella estaba allí. (Se le ilumina la mirada.) Se llamaba Laura. ¡Laura! ¡Qué hermosa era! Habíamos coincidido en varias autopsias. Yo solía quedarme mirándola siempre. Tenía unos ojos enormes, unas pestañas enormes, unas... (Carraspea para disimular.) Sí: era muy hermosa. Empezamos a salir en cuanto me soldaron los huesos.

Laura lo fue todo para mí. Después de tres años de relaciones, nos casamos una bonita mañana de junio. Tuvimos dos hijos y un perro. Bueno, también estaba la cotorra, pero era muy antipática y no decía una palabra. ¡Qué felices éramos! Laura dejó su trabajo de enfermera para dedicarse a los niños. Cuando volvía a casa y reencontraba a mi familia, me sentía el más feliz de los hombres. Quería a Laura, quería a los niños, quería al perro. La cotorra ya la habíamos regalado. Nos queríamos tanto, que casi no parecíamos una familia. Los niños crecieron y la vida seguía siendo maravillosa. Yo ya gozaba de una sólida reputación como cirujano. Ganaba mucho dinero, recibía numerosos regalos y tenía amigos por doquier. Me invitaban a todas partes y en todas partes era agasajado y respetado. (Sombrío.) Hasta que un día... Un error, una simple equivocación, y mi vida entera se derrumbó.

Todos me abandonaron: mis amigos, mis antiguos colegas, mi mujer, mis hijos... Hasta el perro. Luego comenzaron aquellas siniestras acechanzas. Notaba algunas miradas fulminantes que me helaban el cogote. Notaba un casual empujoncito justo cuando pasaba por mi lado el autobús. Notaba el olor del cianuro en la jarra de cerveza. Todo eso no podían ser coincidencias. Estaba bien claro que querían acabar conmigo.

Hace tiempo que huyo de todo el mundo. Cualquier momento puede ser el último. Errar es humano. Ya lo dijo... esto... En fin, lo dijo alguien que seguramente tenía sus razones. Pues bien, yo quiero confesar. Quiero confesarme ante ustedes. Necesito defender mi inocencia, aunque sea lo último que haga. Quiero que ustedes se conviertan en jueces y dicten sentencia sobre mi caso. No pido indulgencia. Sólo pido justicia. Sepan todos que hoy, aquí, voluntariamente, he decidido comparecer ante ustedes para someterme al veredicto de este improvisado tribunal. Escuchen, pues, mi confesión. Luego, ustedes mismos podrán decidir. Lo que sucedió aquel infortunado día, el terrible fallo, el error que cometí no fue otro que...

(Suena un disparo. El hombre se tambalea y cae fulminado sin poder acabar su confesión.)

viernes, 18 de mayo de 2012

SEDA

"Spring" (Xi Pan)


Sigue así, quiero mirarte, yo te he mirado mucho, pero no eras para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate como estás, tenemos una noche para nosotros, y quiero mirarte, nunca te he visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos y acaríciate, te lo ruego,
     dijo Madame Blanche, Hervé Joncour escuchaba
no abras los ojos si te es posible, y acaríciate, son tan hermosas tus manos, he soñado con ellas tantas veces, ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así, te lo ruego, continúa, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate, amado señor mío, acaricia tu sexo, te lo ruego, despacio,
     ella se detuvo. Continuad, os lo ruego, dijo él,
es hermosa tu mano en tu sexo, no te detengas, me gusta mirarla y mirarte, amado señor mío, no abras los ojos, todavía no, no debes tener miedo, estoy cerca de ti, ¿me sientes?, estoy aquí, te puedo rozar, esto es seda, ¿la sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi piel,
     dijo ella, leía despacio, con una voz de mujer niña,
tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, de repente sentirás el calor de mis labios sobre ti, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de repente (...)


Seda, Alessandro Baricco
     

miércoles, 16 de mayo de 2012

ÍNTIMAS TEMPESTADES

"Dos figuras yacentes" (Egon Schiele)


¿Has observado unos ojos que vigilan en la penumbra, fríos, silenciosos como un cuchillo herrumbroso?

Bastaría una sonrisa desdeñosa de tu boca para desatar lascivas tempestades. Una insinuante gota de perfume resbalando por tu cuello sería más que suficiente. Una lánguida mirada desde las torres incendiadas del deseo.

¿Los has visto?

martes, 15 de mayo de 2012

LA NAVE DE LOS LOCOS

"Stultifera navis"
delirio líquido en besos y venenos
me inciensas con íntimos reproches

sahumerio de coitos sin sentido

triste naufragio de esta nave de los locos

lunes, 14 de mayo de 2012

RITOS INICIÁTICOS




La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie. Ya he escrito, más o menos, la historia de una reducida parte de mi juventud, en fin, quiero decir que la he dejado entrever, me refiero precisamente a ésta, la de la travesía del río.

(…)

Le digo que se acerque, que tiene que empezar otra vez. Se acerca. Huele bien el cigarrillo inglés, el perfume caro, huele a miel, su piel ha adquirido a la fuerza el olor de la seda, el afrutado del tusor de seda, el del oro, es deseable. Le hablo de ese deseo de él. Me dice que espere. Me habla, dice que enseguida supo, ya desde la travesía del barco, que yo sería así después de mi primer amante, que amaría el amor, dice que ya sabía que le engañaría y que también engañaría a todos los hombres con los que estaría. Dice que, en lo que a él respecta, ha sido el instrumento de su propia desdicha. Me siento feliz con todo lo que me vaticina y se lo digo. Se vuelve brutal, su sentimiento es desesperado, se arroja encima de mí, come los pechos infantiles, grita, insulta. Cierro los ojos a un placer tan intenso. Pienso: lo tiene por costumbre, eso es lo que hace en la vida, el amor, sólo eso. Las manos son expertas, maravillosas, perfectas. He tenido mucha suerte, es evidente, es como un oficio que tiene, sin saberlo tiene el saber exacto de lo que hay que hacer, de lo que hay que decir. Me trata de puta, de cochina, me dice que soy su único amor, y eso es lo que debe decir. Y eso es lo que se dice cuando se deja hacer al cuerpo y buscar y encontrar y tomar lo que él quiere, y todo es bueno, no hay desperdicios, los desperdicios se recubren, todo es arrastrado por el torrente, por la fuerza del deseo.


El amante, Marguerite Duras



domingo, 13 de mayo de 2012

PARADISO

"Inferno" (Franz von Stuck)


Dime dónde acaban las miradas a corazón abierto
por qué las pupilas se estrechan hasta lo imposible
y los labios prometen vida
luz
más luz
abismos de ternura o tormento
si una mano nos guía
y un seno se ofrece
gozoso en sacrificio
plomo fundido en tu boca
dime vida
dónde

sábado, 12 de mayo de 2012

EL ALBA DEVORA SUEÑOS

"Retrato de Madame Allan Bott" (Tamara de Lempicka)


El alba derrama azules promesas de luz y sal por la alcoba.
—¿Estás ahí? ¿Respiras a mi lado y yo sin saberlo?
Ruidos quebradizos como espadas repiten aún torpes razones.
—No digas nada.
La soledad es una inmensa crisálida que devora recuerdos.
—No es bueno recordar. Las manzanas saben a óxido y el vino es letal como el beso de un muerto. No digas nada.
El alba se arrepiente, se invierte, se hace noche constelada en sus pechos, en sus muslos, en su sexo. La alcoba se desdibuja en oscurísimos jirones. De nuevo.
—¿Aún me quieres?

miércoles, 9 de mayo de 2012

DE POCIONES Y OTROS DELIRIOS

"Las grandes bañistas" (Paul Cézanne)


Las horas se amontonan sobre tu vientre
—¿o son segundos?—
en forma de turbadoras caricias
—agónicos combates cuerpo a cuerpo—
hasta perder la conciencia.

¿Hay algo más puro y obsceno que tus besos,
que la absenta delirante que envenena mi boca?

lunes, 7 de mayo de 2012

VAMPIRO JUNTO AL MAR

Ilustración para El paraíso perdido de Milton (Gustave Doré)


A la eternidad sólo conviene el mar.
Como a esta antigua sed que devora
un alma corrompida a punto de estallar
marfiles y alabastros, relojes detenidos
en su hora siniestra en punto.

—No debería besarte, amor —él dice—.
Mis labios aún destilan
dulcísimos venenos infamantes.
No debería besarte, amor.

—Y sin embargo hazlo —dice ella—,
dame un poco de esa muerte,
oscura larva silenciosa,
mar, crepúsculo, nada.

viernes, 4 de mayo de 2012

LA LEVEDAD Y EL SER

"La manzana" (René Magritte)


Se quedó sólo con la falda y el sostén. Después (como si acabara de darse cuenta de que no estaba sola en la habitación) miró largamente a Franz.

Aquella mirada lo descolocó porque no la entendía. Entre todos los amantes se crean rápidamente unas reglas de juego de las que no son conscientes, pero que son válidas y no pueden infringirse. La mirada que en aquel momento le dirigió ella no respondía a aquellas reglas; no tenía nada en común con las miradas y los gestos que habitualmente precedían a sus actos amorosos. No había en ella ni incitación ni coquetería, sino más bien una especie de interrogación. Sólo que Franz no tenía ni idea de lo que podía significar aquella mirada.

Luego se quitó la falda. Cogió a Franz de la mano y le dio la vuelta para que quedara de cara al gran espejo que estaba a un paso de ellos apoyado contra la pared. No soltó su mano, observando en el espejo, siempre con aquella mirada prolongada e interrogativa, a ratos a sí misma, a ratos a él.

Junto al espejo había en el suelo un soporte que llevaba puesto un viejo sombrero hongo negro de hombre.

Se agachó a cogerlo y se lo puso en la cabeza. La imagen en el espejo cambió repentinamente: ahora se veía a una mujer en ropa interior, bella, inaccesible, indiferente y que llevaba puesto en la cabeza, un sombrero hongo horrorosamente fuera de lugar. Tenía cogido de la mano a un hombre de traje gris y corbata.


La insoportable levedad del ser, Milan Kundera

jueves, 3 de mayo de 2012

JUEGOS MACABROS

"Nuages en fleurs" (Odilon Redon)


Amor, recuerda comprobar la llave del gas cinco veces justo antes de que la dulce languidez de la nada nos posea por toda la eternidad.

martes, 1 de mayo de 2012

SUEÑOS DESHABITADOS

"Hesíodo y la Musa" (Gustave Moreau)



Sueña camisas perfumadas
que se deslizan al contacto de unos dedos
corazones que caen ingrávidos
o velocísimos
noches
siglos
vacíos
deshabitados
senos de flor de harina
como libélulas
en el alféizar de su alma
sueña
que el tiempo no existe
que un solo beso
devoraría la eternidad
que la agonía de un orgasmo
hará estremecer la carne
hasta que se consuman las estrellas