lunes, 31 de diciembre de 2012

UNA ENTRADA PRESCINDIBLE (COMO TODAS LAS DEMÁS)

"The black mirror" (William Nicholson)


No me lo tomen a mal: nunca se me dieron bien los rituales. Además, anoche tuve un sueño encabronado, la peor pesadilla que podría concebir una mente simple, bucólica y pastoril como la mía. ¿De dónde coño pueden salir semejantes abortos vedados incluso al neoexpresionismo más canallesco? Mejor no hablemos de eso. Hablemos de san Silvestre. Aunque diría que a nadie le importa un pito ese señor. En realidad, ¿a quién le importa esta entrada vanal y prescindible? Tal vez lo mejor sea decir sencillamente: hoy acaba algo, hoy empieza algo.

Vale,  el tiempo es una ficción psicológica para ordenar y dar sentido a lo que puede no/no puede tenerlo. Todo se reduce a puro nominalismo. Pero un nominalismo desencantado que ha perdido el candor con que fue definido por las gentes del medievo. Una vez escribí en unos versos igualmente prescindibles que una oruga se encuentra más cerca de la metafísica que los aplicados escolásticos. Desde luego mucho más cerca que Tomás de Aquino y su ventajista teoría del conocimiento. Hoy lo mantengo. De hecho quiero ser oruga. Sin ciencia ni conciencia, sin pasaporte, sin firma digital, sin blog, sin historia. Las orugas no se plantean si son prescindibles, pero tampoco les preocupa gran cosa.

¿Por dónde íbamos? Ah, si: espero que sean tan felices como puedan.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

DESIDERATA

Mike Worrall


Imaginemos por un momento que alguien olvidó dar cuerda a todos los relojes. No. Es absurdo. Ya nadie da cuerda a los relojes.

lunes, 24 de diciembre de 2012

PASABA POR AQUÍ

"Christ in the house of his parents" (John Everett Millais)


Evitemos formalidades innecesarias. No repitamos clichés gastados. No abundemos en palabras que perdieron su auténtico significado en las dudosas aristas de las aceras. A veces es preferible así. Los paréntesis son suficientemente elocuentes. Permiten aislar la ternura, el amor, la solidaridad, de otras espurias emociones. Dejemos obrar a los paréntesis, que sean un grato bálsamo contra el frío, el miedo, la barbarie, la soledad. Somos. Estamos. Además, pasaba por aquí. Y sucede que os quiero.

Un largo e intenso abrazo.

martes, 18 de diciembre de 2012

TAL VEZ MAÑANA TUS OJOS ENCUENTREN EL CAMINO DE REGRESO

"A young girl reading" (Michael Peter Ancher)


Pero lo sabes, ¿verdad? Hay jardines abandonados donde las flores destilan su veneno. Para ti. Para mí. No te hagas esperar.

domingo, 16 de diciembre de 2012

LA NOCHE NO DA TREGUA

"Noche estrellada" (Edvard Munch)


No nombremos la luna, amor.
Guardemos mejor bajo océanos de silencio
el sangrante aluvión de la memoria
y el horror insepulto de sabernos.

La noche conoce demasiado nuestras tretas.
No despertemos al chacal que acecha
en la selva rumorosa de los besos.
No ofrezcamos nuestro oficio de tinieblas
mientras mordemos delirantes labios.
No arruinemos las balconadas del alba
con la sed antiquísima del cuerpo.

Quiero dormir. Morir. Soñar.
Tan sólo eso.

jueves, 13 de diciembre de 2012

CORRIMIENTOS AL ROJO EN TIEMPO DE ADVIENTO

William McGregor Paxton


Las tortugas te invierten en pupilas de piedra
afiladas lunas crecientes
electrizan la piel
y un corrimiento al rojo anuncia que el tiempo ha llegado
el tiempo de deshacer las sábanas
y arañar los corazones
el tiempo de las cerezas
del hielo en las acequias
(amor ¿esa supernova es cosa nuestra?)
pero los tigres miden las distancias
infinitesimales
que podrían separarnos
la luz o la nada
mientras devoramos niebla


martes, 11 de diciembre de 2012

LAS PALABRAS DUELEN SI REBOTAN EN LAS PAREDES DEL MANICOMIO DE MONDRAGÓN

"El perfume" (Alejandro Marco)


NECROFILIA
(prosa)

El acto del amor es lo más parecido
a un asesinato.
En la cama, en su terror gozoso, se trata de borrar
el alma del que está,
hombre o mujer,
debajo.
Por eso no miramos.
Eyacular es ensuciar el cuerpo
y penetrar es humillar con la
verga la
erección de otro yo.
Borrar o ser borrados, tando da, pero
en un instante, irse
dejarlo
una vez más
entre sus labios.

Poesía, Leopoldo María Panero

jueves, 6 de diciembre de 2012

EL VENDEDOR DE DIOSES

"La tentación de san Antonio" (Robert Auer)


El hombre venía de algún lugar lejano, a juzgar por la extraña indumentaria, y en su voz se insinuaban los ecos de un áspero e incomprensible lenguaje. Nadie pareció ofendido, sin embargo, por sus imperiosos ademanes ni por su irritante arrogancia, hasta que tocó con sus manos la cabeza de nuestro rey.

Su rostro era ciertamente hermoso, a pesar de la mirada agitada y la terrible mueca que dibujaban los labios. Su cuerpo era el de los anacoretas de antaño. Cualquiera adivinaría en su porte la presencia del hombre santo, pero también violento y cruel.

Por entonces, ninguno de nosotros conocía sus intenciones. Con frecuencia se dirigía a la biblioteca del santuario, donde permanecía muchas horas. Los sacerdotes vigilaban recelosos sus movimientos, pero también ellos se sabían indefensos ante la llameante mirada de la santidad.

Un día se dejó ver por las calles vistiendo la túnica de los hombres del país, y pronto supimos que había alcanzado el rango de consejero de la asamblea. Al poco tiempo, su pecho lucía una condecoración reservada a los próceres de la patria. Su mirada se hizo aún más inquisitiva desde que los sacerdotes aprendieron a saludarlo con respeto y mal disimulada envidia.

Fue por esas fechas cuando se extendió el rumor sobre su misión. Se afirmaba, no sin espanto, que el extranjero había logrado convertir al rey a su fe. También se daba por cierto que éste había llegado a ofrecerle una inmensa fortuna, o acaso el reino entero, a cambio de sus enseñanzas. Todo el mundo hablaba de una nueva religión, de un nuevo dios poderoso y terrible, cuya visión era imposible de soportar, y que se complacía martirizando a sus criaturas en las más abominables formas. De nada servían entonces las oraciones ni las ofrendas para calmar su insaciable sed de destrucción. Sólo el extranjero conocía la única palabra capaz de procurar la benevolencia de aquel temible ser. La palabra contenía treinta y tres caracteres, y era tan difícil de pronunciar, que bastaba pensarla para alejar la cólera del dios.

Unos pocos años fueron suficientes para que el templo en honor del nuevo dios abriera sus puertas. Cientos de esclavos habían trabajado febrilmente para levantar el colosal edificio. Los más hábiles orfebres habían hecho posible el milagro de una ornamentación sin igual en todo el mundo conocido. Estaba orientado hacia poniente, y se componía de un gran número de salas de diferente tamaño. Situado en el centro de aquel suntuoso laberinto, se hallaba el gran altar, lugar reservado a los grandes sacerdotes y al rey. No había ninguna estatua ni representación humana o animal en el interior del santuario, pero abundaban el oro y las piedras preciosas, las maderas nobles y los más ricos tejidos.

Grandes fiestas precedieron al acto solemne en que la familia real abrazaba la nueva religión. La embriaguez general duró muchos días, y aún no se había extinguido del todo cuando el extranjero exigió treinta y tres hermosas doncellas para ofrecer un sacrificio a su dios. El espantoso olor que despedían sus bellos cuerpos al arder en la pira nos hizo volver a la realidad. El hombre gritó desde el pórtico del templo para recordar que el suyo era un dios de muerte y destrucción.

De inmediato comenzó a rugir una violenta tempestad. La tierra tembló y se abrieron grandes simas, desde las que ascendía un hedor similar al de los juveniles cuerpos de las vírgenes en la pira. Una oleada de terror se apoderó de la multitud. Los sacerdotes rogaron al extranjero, con lágrimas en los ojos, que les enseñara la única palabra capaz de apaciguar a su dios. Él cerró los ojos, elevó los brazos hacia lo alto, y permaneció inmóvil en esa actitud hasta que cesó la tempestad y la tierra dejó de temblar y se cerraron las simas otra vez.

El desamparo habitaba todas las miradas. Nadie habló. Muchos se postraron en el suelo y lloraban como niños. El extranjero parecía más investido que nunca de santidad, pero también más cruel.

Durante mucho tiempo, aquel hombre fue el dueño de nuestras vidas. Los sacerdotes le otorgaron los emblemas de su poder y el rey no sabía ya gobernar sin su consejo. Pero nadie había logrado escuchar jamás la misteriosa palabra de sus labios. Todos nos habíamos habituado a ver su figura trémula recortada frente al templo, los brazos alzados hacia lo alto, en los momentos de tribulación.

Fue durante la celebración de las fiestas de la nueva primavera, cuando el extranjero manifestó públicamente la intención que le había traído hasta nosotros. Según explicó, había venido para vendernos a su dios. Dijo esto clavando su mirada de fuego en los ojos desconcertados de los sacerdotes. Ellos contenían el aliento mientras él concretaba la singular transacción. Sabíamos perfectamente que no éramos libres de elegir. Nunca podríamos hallar por nosotros mismos la salvífica palabra, pues ni tan siquiera conocíamos los signos de su extraño alfabeto.

El rey aceptó de antemano cualquier condición. Los sacerdotes cruzaron entre sí miradas de consternación. Todos aguardábamos la oferta de aquel hombre imprevisible, de aquel loco que nos había mostrado al dios más cruel de entre todos los dioses de los hombres, y que ahora nos obligaba a convivir con él por toda la eternidad.

El precio estaba fijado. Deberíamos entregar al extranjero todos los libros sagrados que guardaba la biblioteca del templo; los libros en los que nuestros antepasados habían registrado pacientemente la historia de nuestro pueblo. De nada habían de servir las protestas airadas de los sacerdotes, ni las amargas súplicas de los guardianes del santuario. El cielo se cubrió y la tierra comenzó a temblar, mientras contemplábamos los más espantosos prodigios. El aborrecido alzó los brazos al cielo una vez más. Una cruel sonrisa animaba al fin sus labios de hombre santo.

Algunos días después se marchó para siempre con nuestro pasado. Sólo nos dejó un dios y una palabra.

martes, 4 de diciembre de 2012

DE QUÉ ESTÁ HECHA LA NADA

"The kiss" (Odd Nerdrum)


Sabes que no hay nada más al otro lado de las sábanas
ángulos obtusos
manzanas mordidas por el moho
turbia descarga de placer
sabes bien que no hay nada
si un huracán poblado de diminutos cocodrilos
lame despacio tus heridas
al otro lado de las sábanas
cuando tú
cuando yo
no somos
o somos el latido ínfimo de la nada
infectando de soledad tu boca
lo sabes bien
amor
estertor improbable
corazón turbado
húmedo
nada

domingo, 2 de diciembre de 2012

PREGUNTAS CAPCIOSAS

"Reclining nude" (Edward Hopper)


Dime, ¿acaso tengo yo la culpa de que me ponga tanto el corpus aristotelicum?

sábado, 1 de diciembre de 2012

MATEMÁTICA DE LA SOLEDAD





Alice se sentó en la cama, muy en el borde —el colchón no se hundió bajo su peso—, miró a los lados como buscando algo, y al final preguntó:
—¿No te sientas?
Él lo hizo; con cautela, a tres palmos de ella. La música retumbaba como si las paredes respiraran con sofoco. Alice observó las manos de Mattia, que él tenía cerradas.
—¿Se te ha curado la mano?
—Casi.
—¿Cómo te lo hiciste?
—Me corté en el laboratorio de biología, sin querer.
—¿Puedo ver la herida?
Mattia apretó los puños con fuerza, pero luego, lentamente, abrió la mano izquierda. Una cicatriz morada y perfectamente recta la surcaba en diagonal, en medio de otras más cortas y claras, casi blancas, entrecruzadas a lo largo y ancho de toda la palma, como las ramas peladas de un árbol vistas a contraluz.
—Yo también tengo una —dijo Alice.
 Mattia cerró la mano y se la metió entre las piernas, como escondiéndola. Ella se puso en pie, se alzó un poco el suéter y se desabotonó los vaqueros. Él fue presa del pavor. Bajó la vista todo lo que pudo, mas no evitó ver cómo las manos de Alice doblaban un poco los pantalones y dejaban al descubierto una gasa prendida con esparadrapo y, bajo ella, el ribete de unas bragas gris claro.
Y al ver que también bajaba este ribete unos centímetros, contuvo el aliento.
—Mira —dijo Alice.
Paralela al hueso ilíaco se veía una cicatriz larga, de bastante relieve y más ancha que la de Mattia; las señales de los puntos de sutura, que la cruzaban perpendicularmente a intervalos regulares, la asemejaban a las que se pintan los niños en la cara cuando se disfrazan de piratas.
A él no se le ocurrió nada que decir. Ella se abotonó los vaqueros, se remetió la camiseta y volvió a sentarse, esta vez algo más cerca del muchacho.
A continuación hubo un silencio casi insoportable. La distancia que mediaba entre sus caras palpitaba de expectación y azoramiento. Al cabo, por decir algo, Alice preguntó:
—¿Te gusta la nueva escuela?
—Sí.
—Dicen que eres un genio.
Mattia se mordió las mejillas hasta sentir el sabor metálico de la sangre.
—¿Y de veras te gusta estudiar?
Él asintió.
—¿Por qué?
—Es lo único que sé hacer —contestó con voz queda.
Deseó decirle que también le gustaba porque era algo que podía hacer solo, porque lo que uno estudia son cosas sabidas, muertas, frías; porque las páginas de los libros de clase tienen todas la misma temperatura, lo dejan elegir a uno, nunca hacen daño ni uno puede hacerles daño a ellas… Pero se abstuvo.

La soledad de los números primos, Paolo Giordano