lunes, 31 de marzo de 2014

CEREMONIAL DE LA OSCURA CONFUSIÓN

"La liseuse" (Marie-Augustin Zwiller)


Escribe cartas a ninguna parte en un papel ajado porque los días no perdonan o acaso en pergamino amasado con flores de loto tan venenosas para la memoria como aquella copa ¿recuerdas? deliciosa y fatal aunque tal vez eran tus labios escribe cartas e innecesarios memoriales de cosas que nunca sucedieron o eran polvo entre los dedos pero no faltan recursos literarios rasgados sobre las hojas de papiro o sobre un órgano vivo y palpitante aún tal vez mío o suyo quién sabe y el cielo tan azul que aún no se ha percatado de que ya nada es que tú no lees y él no escribe

domingo, 9 de marzo de 2014

EPIFANÍAS DEMASIADO PROFANAS

"El beso de la Esfinge", detalle (Franz von Stuck)


Y sí, mi pequeña loquita,
eres tú quien mueve los planetas,
tú quien pone a los dioses a la hora infame de la ambrosía,
tú quien deconstruye la poesía
si te corres como una loca sobre un oxímoron,
pongo por caso.
Yo afirmo que son tus muslos los que corrompen los cuartetos de Beethoven
y los desfallecidos argumentos de los escolásticos,
tu sexo quien profanó los cimientos del sacro imperio romano germánico.
Y de ello doy fe a los efectos que procedan
en la ciudad de la locura
bajo el imperio de tus labios.
Firmado, yo.


jueves, 6 de marzo de 2014

NO OLVIDES ESCRIBIR CUANDO LLEGUES

Leopoldo María Panero


Seguramente te debemos la locura. La tierra te sea leve.


EL LOCO

He vivido entre los arrabales, pareciendo
un mono, he vivido en la alcantarilla
transportando las heces,
he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas
y aprendido a nutrirme de lo que suelto.
Fui una culebra deslizándose
por la ruina del hombre, gritando
aforismos en pie sobre los muertos,
atravesando mares de carne desconocida
con mis logaritmos.
Y sólo pude pensar que de niño me secuestraron para una alucinante batalla
y que  mis padres me sedujeron para
ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos.
He enseñado a moverse a las larvas
sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír
cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran.
Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,
y decían con los ojos «fuera de la vida», o bien «no hay nada que pueda
ser menos todavía que tu alma», o bien «cómo te llamas»
y «qué oscuro es tu nombre».
He vivido los blancos de la vida,
sus equivocaciones, sus olvidos, su
torpeza incesante y recuerdo su
misterio brutal, y el tentáculo
suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies
frenéticos de huida.
He vivido su tentación, y he vivido el pecado
del que nadie cabe nunca nos absuelva.

Leopoldo María Panero