miércoles, 23 de abril de 2014

ARS AMANDI

"Le bel été au Luxembourg" (Francine van Hove)


Os amo. A todos sin distinción. Libros famélicos de una improbable cuesta de Moyano, intemporales casetas en la carrera del Genil o Bibarrambla, ediciones vírgenes de las tragedias griegas en los sótanos de la Biblioteca Pública del Salón, novelas ejemplares y versos pecaminosos, Cervantes, Lope, qué se yo, turgentes opera omnia de Balzac, complicidad reconfortante en cuentos de Borges felizmente reencontrados en una cafetería de Tarragona (cuando eso era todavía posible), Galdós irredento y condenado a sombras, Flaubert, Tolstoi, Stendhal, Dumas (sí, he dicho Dumas), tomos voluptuosos de Baudelaire, muerte embotellada con preciosa caligrafía de Poe, libros untuosos como lomo de gato en celo, poetas antiguos y nuevos y novísimos, malditos todos, cabrones adorables. Os amo.

sábado, 19 de abril de 2014

19 DE ABRIL

"El sueño del caballero II" (Mikel Olazábal)


Postrimerías, rancios gabinetes abandonados a la hora incierta de las brujas en alguna calleja del Barrio de las Letras. Deberíamos ser ahí, en el sentido más profundamente heideggeriano del término, ser y estar (yacer) arrojados en (olvidados por) el mundo. El resto es prosa prescindible. Y predecible. Excepto Lope y los fantasmas del Prado con los que intimamos a ratos. Y los ecos de Galdós y Valle. Poco más. Excepto tú (desnuda y apremiante) en los laberintos abisales de la siesta. Tú (irreverente) profanando minuciosamente los oficios de tinieblas. (Amor, hazlo de una jodida vez y para siempre.)

Dado el día de la fecha en este año de gracia, lejos de la villa y corte.

viernes, 18 de abril de 2014

UN MUNDO POR NOMBRAR

Gabriel García Márquez


Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces. No lo advirtió porque en aquel momento estaba descubriendo los primeros indicios de su ser, en un abuelo concupiscente que se dejaba arrastrar por la frivolidad a través de un páramo alucinado, en busca de una mujer hermosa a quien no haría feliz. Aureliano lo reconoció, persiguió los caminos ocultos de su descendencia, y encontró el instante de su propia concepción entre los alacranes y las mariposas amarillas de un baño crepuscular, donde un menestral saciaba su lujuria con una mujer que se le entregaba por rebeldía. Estaba tan absorto, que no sintió tampoco la segunda arremetida del viento, cuya potencia ciclónica arrancó de los quicios las puertas y las ventanas, descuajó el techo de la galería oriental y desarraigó los cimientos. Sólo entonces descubrió que Amaranta Úrsula no era su hermana, sino su tía, y que Francis Drake había asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la estirpe. Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra. 

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez